El arte del ‘smart power’

A medida que cambian los equilibrios de poder en el mundo, Estados Unidos desarrolla una nueva gama de herramientas diplomáticas, sociales, económicas, políticas y de seguridad para solucionar los nuevos y complejos problemas geopolíticos.

A lo largo de la historia, la aparición de nuevas potencias ha sido un juego de suma cero. Por lo tanto, no sorprende que el surgimiento de países como China, India y Brasil haya suscitado dudas sobre el futuro del orden mundial que Estados Unidos, el Reino Unido y nuestros aliados han ayudado a construir y defender.

Cuando llegué a la Secretaría de Estado a principios del 2009, se cuestionaba el futuro del liderazgo global de Estados Unidos. Mucho ha cambiado en tres años. Bajo el liderazgo del presidente Obama ha terminado la guerra de Iraq y ha empezado una transición en Afganistán; se ha revitalizado la diplomacia estadounidense, se han fortalecido nuestras alianzas y se ha vuelto a contar con las instituciones multilaterales. Y aunque la recuperación económica no es tan sólida como quisiéramos, nos hemos salvado del precipicio y vamos en la dirección correcta.

Hoy nos enfrentamos a diferentes retos –sea la crisis financiera y el crecimiento de la desigualdad de ingresos o el cambio climático, la proliferación nuclear y el terrorismo internacional– que se extienden más allá de las fronteras y desafían las soluciones unilaterales. Al mismo tiempo, los cambios políticos y tecnológicos permiten como nunca hasta ahora que un gran número de personas de todo el mundo influya en los acontecimientos. Y los nuevos actores, desde las potencias económicas emergentes hasta los actores no estatales como las empresas y los cárteles, están transformando el panorama internacional. La geometría del poder global está por lo tanto cada vez más distribuida y se difumina incluso cuando los retos a los que nos enfrentamos se vuelven cada vez más complejos y transversales.

Sin embargo, entre todos estos cambios, se mantienen dos constantes. En primer lugar, a medida que el mundo se vuelve más interrelacionado e interdependiente, es necesario un orden internacional justo, abierto y sostenible para promover la paz y la prosperidad global. Y en segundo lugar, ese orden depende del liderazgo económico, militar y diplomático de EE.UU., que ha suscrito la paz y la prosperidad del mundo durante décadas.

El liderazgo norteamericano se está renovando para adaptarse a los nuevos tiempos. Es obvio que el día a día de la política exterior tiene que enfrentarse a las crisis del momento, pero también estamos trabajando para priorizar nuestras inversiones a largo plazo en las áreas de mayor oportunidad y trascendencia, así como en las áreas de mayor amenaza. Para EE.UU., nuestras alianzas históricas en Europa y Asia oriental permanecen como la base de nuestro liderazgo global. Sin embargo, por fuertes que sean estas alianzas históricas, también reconocemos la necesidad de trabajar con nuevos socios.

Nuestro objetivo es afianzar nuestras crecientes relaciones bilaterales en el contexto de un orden internacional fuerte: desarrollar y fortalecer las instituciones regionales y globales para que sean efectivas y que puedan canalizar la acción colectiva y resolver las disputas de forma pacífica; crear consenso en torno a las reglas y normas que permiten gestionar las relaciones entre la ciudadanía, los mercados y los estados; y establecer las medidas de seguridad que dan estabilidad e infunden confianza. Pero sólo trabajando mano a mano con las potencias emergentes podremos alcanzar nuestro objetivo. Y en este proceso, hay que defender los principios universales que sustentan el orden internacional: las libertades fundamentales y los derechos humanos universales; un sistema económico abierto, libre, transparente y justo; la resolución pacífica de disputas; y el respeto a la integridad territorial de los estados. Estas normas benefician a todos y ayuda a los pueblos y estados a vivir y relacionarse en paz. El sistema internacional basado en estos principios ayudó a asistir, y no a frustrar, el aumento de potencias emergentes como China e India. Estos países se han beneficiado de la seguridad que proporciona el sistema internacional, los mercados que abre y la confianza que fomenta.

Una característica que define nuestra época es que la ciudadanía –especialmente los jóvenes empoderados por las nuevas tecnologías de la comunicación– ha llegado a ser una fuerza estratégica por derecho propio. Todos los gobiernos, incluso los regímenes autoritarios, están aprendiendo que no pueden ignorar las necesidades y aspiraciones de sus ciudadanos. No es casual que muchos de los lugares donde existe mayor inestabilidad y conflictividad son los mismos donde las mujeres sufren abusos y se les niega sus derechos, a los jóvenes se les ignora, se persigue a las minorías y se minimiza la sociedad civil. Por la misma razón, tampoco es una coincidencia que muchos de nuestros aliados más cercanos adopten el pluralismo y la tolerancia, la igualdad de derechos y la igualdad de oportunidades. Estos no son valores occidentales, son valores universales. Nos interesa por lo tanto ayudar a aquellos que históricamente han sido excluidos de la vida económica y política de sus países. Y en particular, el empoderamiento de las mujeres y niñas de todo el mundo es crucial para crear a largo plazo oportunidades para promover la paz, la democracia y el desarrollo sostenible. Sabemos que cuando las mujeres tienen la oportunidad de contribuir, pueden impulsar el progreso social, político y económico no solo para ellas mismas sino también para toda la sociedad.

Nuestra capacidad de movilizar a personas y países diferentes para que trabajen juntos en la resolución de los problemas comunes y progresen en los valores y aspiraciones compartidos pondrá a prueba el futuro de nuestro liderazgo. Para ello, tenemos que diversificar nuestras herramientas de política exterior, integrar a todos los activos y socios y fundamentalmente cambiar nuestra forma de trabajar. Yo llamo a este enfoque el smart power, el poder inteligente.

Aprovechar más eficazmente las herramientas de la economía global para avanzar en nuestros objetivos estratégicos en el extranjero se ha convertido en una prioridad para Estados Unidos. Esto puede implicarla utilización de instrumentos financieros innovadores para aumentar la presión sobre el programa nuclear de Irán, o crear nuevas asociaciones entre el sector público y el privado que aúnen la experiencia y la energía de la empresa para afrontar retos como el cambio climático y la seguridad alimentaria.

Estamos buscando nuevas fórmulas para ir más allá de la tradicional relación entre gobiernos y trabajar directamente con personas de todo el mundo. Esto significa utilizar tecnologías como Twitter y SMS para establecer un diálogo con todos, desde los defensores de la sociedad civil en Rusia a los agricultores de Kenia o a los estudiantes de Colombia. Pero también conlleva promover una agenda global de apoyo a unas transiciones democráticas eficaces en lugares como Túnez, Egipto y Libia y la defensa de los derechos universales de las personas en todas partes. En el mundo de hoy, esto es un sello del liderazgo estadounidense y un imperativo estratégico. Mi experiencia como secretaria de Estado me ha confirmado que el apoyo a la dignidad humana en el extranjero garantiza la seguridad nacional en mi país. El hilo conductor de todos nuestros esfuerzos es el compromiso de adaptar el liderazgo global de Estados Unidos a las necesidades de un mundo en constante cambio.

Estados Unidos y nuestros aliados han vivido una larga década de guerra, terrorismo y recesión. Estos siguen siendo tiempos difíciles para muchos de nuestros ciudadanos. Pero viajando por el mundo compruebo que nuestro liderazgo sigue siendo respetado y considerado necesario. Sí, esto es debido a nuestra fuerza militar y poder material, pero también se debe a nuestro compromiso con la equidad, la justicia, la libertad y la democracia; no sólo para nuestro propio bien, sino para el bien común.

No existe ningún precedente en la historia del papel que desempeñamos o de la responsabilidad que hemos asumido y no hay alternativa. Esto es lo que hace que el liderazgo estadounidense sea tan excepcional y es por eso que estoy segura de que continuaremos sirviendo y defendiendo un orden mundial pacífico y próspero en los años venideros.

Hillary Rodham Clinton, secretaria de Estado de EE.UU.

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