El arte del superávit

Aunque el alto y persistente superávit de cuenta corriente de Alemania no figure en la agenda oficial de la cumbre del G20 que se celebra esta semana en Hamburgo, es seguro que provocará tensiones entre los líderes allí reunidos. Dicho superávit es desde hace tiempo fuente de disputas con muchos de los socios comerciales de Alemania, y el año pasado llegó a la cifra récord del 8,3% del PIB nominal (de la que la mayor parte corresponde al comercio con Estados Unidos).

Es indudable que diversas medidas que beneficiarían a la economía alemana traerían aparejada una reducción del superávit de cuenta corriente. Pero introducir esos ajustes sólo tiene sentido cuando han sido fríamente razonados (y por líderes que aceptan la naturaleza mutuamente ventajosa del comercio internacional, dan tiempo a los ajustes económicos y rechazan la creencia ilusoria de que la economía es algo así como una empresa grande).

El comercio internacional no es un juego de suma cero. Un déficit de cuenta corriente no es señal indiscutible de un “mal negocio”, así como un superávit no es necesariamente causa de celebración. En vez de eso, ambas situaciones son los resultados de una infinidad de acuerdos privados en los que las partes involucradas esperan obtener beneficios.

Pero el gobierno del presidente estadounidense Donald Trump y (no tan agresivamente) la Comisión Europea siguen promoviendo la idea de que el alto superávit alemán sólo puede ser señal de un desequilibrio macroeconómico causado por falta de demanda agregada en relación con la oferta. Trump, en una muestra de su incomprensión de los conceptos económicos implicados en la medición de los desequilibrios de cuenta corriente, llegó al extremo de decir que “los alemanes son malos, muy malos”, debido a “los millones de autos que venden a Estados Unidos”.

La realidad es que para que haya un desequilibrio macroeconómico, tiene que haber una diferencia considerable entre la demanda agregada y la oferta agregada para un determinado nivel de precios. El exceso de oferta se manifestará en una de dos formas: una gran subutilización de la capacidad productiva o drásticas caídas de los precios y de las expectativas de precios. Nada de lo cual se ve hoy en Alemania.

Por el contrario, la capacidad de producción alemana está sobreutilizada. Los niveles de empleo son altos y el desempleo está en disminución. Los precios están subiendo un poco, y las tasas de inflación núcleo llevan años en territorio positivo. En este contexto, cualquier intervención que busque estimular la demanda (el remedio obvio según la explicación de Trump) tiene muy poco sentido.

La teoría simplista que impulsan los socios occidentales de Alemania conlleva otros problemas, ya que suele interpretar el superávit de cuenta corriente como señal de una moneda intencionalmente devaluada, barreras comerciales o aplicación de dumping a los bienes exportados. Pero la economía alemana se caracteriza por la relativa falta de barreras comerciales; la fijación de salarios es en gran medida independiente de la política; y la política monetaria la fija el Banco Central Europeo, no el gobierno alemán.

Buena parte del superávit de cuenta corriente alemán podría atribuirse (más que a los factores persistentes citados) a fuerzas temporales, entre las que destaca la política monetaria expansiva del BCE. Aunque tal vez indispensable para ahuyentar la crisis del euro, esta política provocó una desvalorización de la moneda común europea; y la consiguiente mejora de la competitividad de precios desde mediados de 2014 explica al menos un punto porcentual del superávit de cuenta corriente alemán en 2016. El enorme abaratamiento del petróleo entre 2014 y 2016 explica dos puntos porcentuales más, y otro tanto es atribuible a cambios demográficos.

Un examen de la posición financiera neta de los diversos sectores económicos alemanes permite todavía otra explicación del alto superávit externo. El sector corporativo alemán registra un aumento de ratios de capital, que se debe sobre todo a factores tributarios y a la implementación de medidas precautorias en respuesta a la crisis financiera global de 2008 y a la crisis de la eurozona que estalló dos años después. Previsiblemente, este aumento del ahorro corporativo fue acompañado por un incremento de la inversión en el extranjero.

Además, estos últimos años las finanzas públicas alemanas han mejorado, y hubo mucha consolidación de las onerosas deudas familiares heredadas de la burbuja inmobiliaria de fines de los noventa. La mayoría de estas influencias y su aporte al superávit de cuenta corriente están destinados a desaparecer con el tiempo.

La verdad económica final que Trump, en particular, debe entender es que las economías nacionales no pueden gestionarse a la manera de grandes empresas. El alto nivel de abstracción del análisis macroeconómico lleva a olvidar el hecho de que las variables agregadas son resultado de una enorme cantidad de decisiones discrecionales tomadas por actores independientes. Los gobiernos no pueden manipular esas variables a voluntad; sólo pueden definir el entorno en el que actúan los tomadores de decisiones, en un intento de guiar los agregados macroeconómicos, con la menor cantidad posible de efectos secundarios no deseados.

En última instancia, el superávit de cuenta corriente debería entenderse como síntoma de procesos subyacentes, no como objetivo de política económica. En el caso de Alemania, el objetivo no debería ser resolver el desequilibrio de cuenta corriente como fin en sí mismo, sino aumentar la rentabilidad de las inversiones dentro de Alemania.

Algunas medidas posibles incluyen una transición energética guiada por principios económicos, la reforma del impuesto de sociedades según el principio de neutralidad financiera y la desregulación del sobreprotegido sector servicios. También puede ayudar un aumento de la inversión pública, aunque financiado sobre todo con una reducción del gasto público.

Semejante paquete de políticas puede impulsar el crecimiento potencial de Alemania y al mismo tiempo reducir el superávit de cuenta corriente. Es un negocio que hasta Trump aprobaría.

Christoph M. Schmidt is Chairman of the German Council of Economic Experts and President of the RWI – Leibniz Institute for Economic Research, one of Germany’s leading economic research institutes. Traducción: Esteban Flamini.

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