El arte del tiro al pie

La verdad es que el comportamiento de los partidos políticos en esta fase poselectoral es de lo más desconcertante si nos atenemos a una supuesta racionalidad entre fines y medios. Dejemos a un lado, por el momento, al PP, que ha ganado, como tal se percibe a sí mismo y así le perciben todos los demás partidos, aunque sea a regañadientes. Además, la opinión pública esta vez (comparado con hace seis meses) tiene la clara sensación de que Rajoy ha ganado y va a gobernar. Ante esta tesitura muestra una actitud bastante razonable el conglomerado de Podemos, pues ha verbalizado explícitamente que ha perdido, que ha caído sustancialmente por debajo de sus expectativas y que ahora toca aprender a hacer oposición y a hacer política en las instituciones. Sin prisas. Es decir, que Podemos sabe dónde le han puesto los electores, sobre todo ese millón que se le ha esfumado. Pero sabe muy bien que tiene una cierta ventaja: nadie les espera en la quiniela de si abstenerse en la investidura o no, y pueden instalarse con calma en el rol de oposición frontal en el hemiciclo.

Ciudadanos, de modo relativamente parecido, parece consciente de que sus resultados no son buenos, no son los esperados, y ello se debe a un factor: tenía que ser el partido de acogida de los desengañados del PP, pero esa cosecha se ha quedado más corta que la del 20 de diciembre. Su retroceso en diputados plantea una cierta correlación con la recuperación del PP. Pero está de pleno en el ojo del huracán de la investidura, porque se espera de ellos que no obstaculicen el nombramiento de Rajoy como presidente del Gobierno, y la verdad es que visto desde fuera tiene su lógica.

Las minorías canaria y vasca, en particular, son las fuerzas mejor situadas en el terreno de la paradoja, porque la verdad es que sus escasos votos tendrán contrapartidas muy visibles. El tamaño importa, pero no tanto, y su contribución a la responsabilidad institucional será agradecida como se merece. Como en los viejos tiempos, cuando las minorías vasca y catalana jugaban un papel de partido bisagra parecido al de algunos partidos liberales minoritarios en algunas democracias europeas.

Sin embargo, aquí algunos tienen principios, no sabemos si muchos, pero muy poco flexibles. Se entiende que el líder del PSOE se haya tomado unos días de merecido descanso en Mojácar para a la vuelta pasar por ese extraño calvario de reunirse (¡de uno en uno!) con los llamados barones, que lo que suelen hacer es reconvenirle de inmediato en público y en tiempo real. A veces con un lenguaje tan claro como impropio, si es que el líder merece un respeto por parte de sus comandantes de campo, y a veces con un lenguaje de un Maquiavelo todo a cien, como la señora Díaz, que dice que no quiere hacer leña del árbol caído, y pone cara de que los pésimos resultados de su partido en su territorio no tienen nada que ver con ella. Es decir, que el PSOE se descose por varias costuras y lo único que se les ocurre a sus líderes actuales es atrincherarse en el no a todo con argumentos tan peregrinos como frágiles. Podrían hacer algo tan simple como, por un lado, separar políticamente la cuestión de la investidura de los debates políticos durante el resto de la legislatura, y por otro poner a Rajoy, una vez investido, en la tesitura de tener que negociar diversos temas estructurales, estratégicos... Luego, a lo largo de la legislatura, con una política parlamentaria de geometría variable, negociar, votar a favor, en contra o abstenerse en todos los temas de la agenda: presupuestos, políticas sociales, política europea, la cuestión de Catalunya y todo tipo de etcéteras. Pero no, como tienen principios, los socialistas parece que solo pueden hacer una cosa: nada.

¿Creen de verdad que con esta táctica van a debilitar a Rajoy? ¿Creen que con esta estrategia (si es que tienen una, cosa que ahora se nos escapa) van a volver al Gobierno, a una cierta hegemonía social? Cuesta creer que no vean que, visto desde fuera, ofrecen un espectáculo fratricida de líderes provinciales cuya preocupación única es, por citar un famoso cómic francés, «ser califa en lugar del califa». Lucha fratricida punteada de frases tan luminosas como «apoyaré a Sánchez… hasta el congreso» o la ya citada de «no hacer leña del árbol caído». Lucha fratricida que tiene más de patio de colegio que de Juego de Tronos. El problema de fondo es otro: a Sánchez le falta liderazgo y capacidad de decidir poniendo lo que haga falta en la balanza, pero los que compiten con él no le llegan a la suela del zapato. ¿Barones de qué y de dónde? Por mucho menos (1979: había que decidir si el partido era «marxista y de clase» o «socialdemócrata»), Felipe González convocó un congreso extraordinario, dimitió de su cargo de secretario general y puso las luces largas.

Pere Vilanova, Catedrático de Ciencia Política (UB).

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