El arte, misteriosa industria

Uno de los cien grandes empresarios españoles del siglo XX, elegidos por la publicación de LID, dirigida por Eugenio Torres, contaba, en versión que verifiqué, su visita a la sede recién inaugurada de una importante industria de la que fue cofundador.

El negocio crecía con brillantez (la Gran Guerra despertó una avidez extrema en el mercado), así que tanto el solar de producción como el edificio administrativo, impropiamente fundido al de representación, debieron actualizar sus escenarios. A ritmo parejo se planteó una cuantiosa ampliación de capital. Y él, de personalidad singular, fue a cumplimentar al presidente en su despacho recién inaugurado, para oficializar su fundamental contribución. Al verse rodeado de tapices y pinturas de gran calidad, ya en el vestíbulo, se volvió por donde había venido y retiró su anunciada participación.

Creía saber, como creador independiente, arquitecto, que los espacios donde se desarrollan el trabajo de producción y el administrativo deben rendir culto generoso a la eficacia, pero de ningún modo vestirse con las prendas del muy costeado Arte adquiridas gracias al éxito económico derivado del tecnológico y del comercial (la molicie ambiental, precisamente allí, solo estaba justificada por la codicia social, germen implacable de los grandes ocasos empresariales). Cuando su emplazamiento apropiado estaba en los hogares de quienes habían arriesgado, y en su debida proporción.
Consideraciones que no desautorizaban el placer que afloraba en su expresión cuando mostraba la colección —en gran parte heredada— de joyas escultóricas, pictóricas y paisajísticas primorosamente presentadas en su casa. Es decir, era partidario de ubicar al Arte allí donde se disfruta y no donde de él se ufana quien lo ignora. Europa es un gran museo reunido a lo largo de milenios por quienes lo alimentaron con su trabajo. El goce visual y auditivo resultante ha creado un mercado —el turístico— de rendimiento superior a cualquier negocio funcional.

Él, entonces, analizaba los escenarios creativos: «La influencia del clima en la acción justifica los aprovechamientos laborales noreuropeos superiores a los meridionales. En sentido contrario, la inspiración artística —histórica— del Sur culto es gloriosa en su soleada fertilidad de bellezas luminosas y distintas. Hoy, las Galerías Nacionales del Norte las exhiben pródigas y orgullosas, mientras las Colecciones mediterráneas se saben básicamente autoabastecidas».

Él, arquitecto, recordaba su período universitario a finales del XIX, cuando dedicaba el invierno frío y grisáceo a preparar las asignaturas matemáticas y geométricas —ciencias— para, al llegar el buen tiempo, volcarse en dibujos, presentaciones y proyectos que se inspiraban y lucían al sol. Brillo que alegraba las solanas y convertía en sobresalientes sus calificaciones. El ambiente resultaba capital en el tipo de producción.

Ya metido en años, le interesaba desentrañar los enigmas estéticos que orientaban la creatividad. Sus tertulianos más sabios, los que valoraban las Artes como inversión de rendimiento máximo, se referían exclusivamente a aquellas cuyo objetivo autosuficiente es la belleza visual, táctil o auditiva, aclaración hoy necesaria, ya que en cualquier tiempo anterior hubiera sonado gratuita, por supuesta y sabida. Descalificaban cualquier otra que se enmascarara tras una utilidad justificadora o se apoyara en una pura sorpresa inesperada. La fealdad, si extravagante, se estaba poniendo de moda, y la indumentaria ajada o rota, provocadora, se oponía a la elegancia. Despistes de Occidente.

En este punto me incorporo a nuestro tiempo para comentar la teoría concurrente que expone Ricardo Aroca en su trabajo «La historia secreta de los edificios». En él aboga por la eficiencia en la Arquitectura como herramienta vividera, para describir después, laudatorio, entre obras respaldo de sus tesis, otras cuyo prestigio histórico se debe a la grandiosidad en su génesis —Cueva de Menga— o a la exquisitez visual —La Alhambra— y sus tesoros. Celebra en estas las sensaciones telúricas, estéticas o místicas que surgen, admiradas por su singularidad. Aroca, inevitablemente artista —«La Arquitectura es Arte Mayor»— señala, precisamente en ellas, sus valores, arqueológico y estético, más emocionales que industriosos, más artísticos que escuetamente útiles (los mocárabes de La Alhambra puramente decorativos, no estructurales, persiguen con descaro el maquillaje de arcos clásicos, no de herradura, y de bóvedas occidentales). Es decir, su inteligente análisis pone las cosas en «su sitio»: el Arte es lo más. Y debe dejarse ver allí donde no hay distracciones ocupacionales.

Hoy Europa, muy guapa y lujosa, sirve como escaparate donde se exhibe la recreación artística de su vieja y propia riqueza patrimonial. Todo el continente es sede, más museo que industria rompedora.

Los EE.UU., inmensa fábrica, nos han superado en eficacia administrada en sus oficinas verticales; sus potentados vienen a disfrutar de nuestro gran salón, a comprar la inmortalidad de sus bellezas acumuladas cuando éramos los mejores.

Tanto la China como la India se aprestan para el relevo. Les va a llevar un tiempo.

Europa, en cambio, pasiva, sumida en su hedonismo, torna en descreída; sustituye el acercamiento al Ser Supremo imán activador —y suple su bendición— por el contacto con el poder eurótico. Sus habitantes quieren ser ricos. A Giscard, como europeo, arrugado y encogido, no le gusta rezar. La Madeleine está silenciosa y vacía. Obama, en cambio, cada vez que asoma invoca a Dios, sí, al Dios inspirador.

Hoy, los creadores de una idea lúcida, capaz de acercar a los hombres entre sí (sea en la comunicación física por tierra, mar y aire; visual, televisiva; auditiva, telefónica o correo-electrónica) obtienen una retribución dineraria menor que los gestores comerciales, expertos en «contactos situados», y solo los materializadores virtuosos del chispazo —la ideación— consiguen una sustancia líquida —la pasta— considerable. Es decir, la creación no está convenientemente apreciada.

De ahí que las sucesivas generaciones afluentes se especialicen en vender, jugando el papel de políticos, comisionistas o comerciantes en lugar de idear, descubrir, inventar o conocer.

Resulta ilustrador asistir a coloquios de altura donde los filósofos son los que arrollan porque, informados y baqueteados por la vida, exponen lo que de ellos aflora con sabor propio. En contraste, los que, fieles a su formación académica, no se han autoexigido genuina aportación se duelen cuando alguna de las ofertas frescas y espontáneas de sus interlocutores contradice algo que ellos —como profesores— consideran parte de su asignatura, la que no saben defender. El pensamiento joven que ha saltado a escena, por original, ha resultado seductor y ganador.

Quizás Europa deba darse cuenta de que el Maybach y el Rolls son mejores que el Cadillac y el Lincoln, aunque son solo joyas del pasado. Si aspira a seguir puntera debe aislar los espacios industriales y competitivos de su impresionante salón cultural. Los diseñadores italianos carrozan el Audi, R8, cuyo motor es alemán. Pero Klimt y Schiele siguen en los museos.

Los americanos mandan a sus hombres a la Luna, pero los que pueden compran el Lamborghini, de motor germano. Nuestro continente, tan vario en su milenaria ambientación, especializa cada día más sus espacios creativos para extraer el máximo de sus cerebros consecuentemente diferenciados. ¿Puede, si se atreve a creer, recuperar la gloria?

La producción y la belleza podrían entonces convivir.

Por Miguel de Oriol e Ybarra, doctort artquitecto y académico de número de la Real de Bellas Artes.

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