El arte no está en mis genes

La niña, pequeña, morena, sube a la mesa, se levanta la falda plisada y empieza a bailar. Los familiares y amigos congregados a su alrededor la animan y aplauden. Desde el fondo, un tío suyo grita: «¡Tiene el arte en sus genes!».

No. No necesariamente. ¿Qué son los genes? Es la unidad funcional de nuestro genoma. Los ladrillos que constituyen nuestra herencia. Estos ladrillos están hechos en los humanos por una pasta llamada ADN. Ácido desoxirribonucleico, que siempre va bien para llenar las casillas grandes de los crucigramas. Nosotros, los humanos, todos los primates, todos los mamíferos y las aves y los insectos y las plantas, la mayoría de los seres vivos tienen como material genético el ADN. Pero esto no es universal: por ejemplo, ciertos virus tienen como material genético un primo hermano del ADN, el ARN. Ácido ribonucleico, no tan bueno para llenar los crucigramas. La vida tal como la conocemos en nuestro planeta está basada en estos materiales derivados del carbono y del nitrógeno.

En realidad, tenemos dos genomas diferentes que cohabitan en nuestro cuerpo: uno situado en el centro de la célula, dentro de una cajita (núcleo celular), que es el más grande y el que aporta más información; y otro más pequeño localizado en pequeños granitos que flotan en el líquido celular, el ADN mitocondrial. Este último parece que lo adquirimos mucho tiempo atrás, cuando una célula nuestra se comió una bacteria. Una vez deglutida, en lugar de destruirla (o escupirla), la incorporamos a nuestra maquinaria y lleva millones de años con nosotros. El ADN mitocondrial tiene muchos puntos de interés. Uno de ellos es que lo heredamos solamente de la madre. En realidad se cree que hubo siete Evas, siete grandes madres que originaron toda la población mundial. La naturaleza, que no siempre es políticamente correcta, hace en este caso justicia a los hombres también: todos los cromosomas Y que tenemos vienen de nuestro padre. No hay más remedio.

Pero fijémonos con más detalle en este ADN nuclear, el largo, el que contiene la mayoría de los genes. Este ADN de una célula mide alrededor de unos dos metros, más o menos como mis compañeros samboyanos Pau y Marc Gasol. Pero tiene que caber en un espacio minúsculo y para lograrlo se aprieta mucho, pero de forma extremadamente ordenada. Una especie de mezcla entre origami y un molde flexible. ¿Qué contiene el ADN? Un 10% lo forman los genes clásicos, los de Mendel, los que originan proteínas como la hemoglobina, la insulina, los receptores hormonales, etcétera. De hecho, cuando nos miramos unos a otros en el metro o en la playa lo que hacemos es mirarnos mutuamente nuestras proteínas. Bueno, quizá también un poco de grasa y de silicona en algunos casos. Entonces ¿qué hace el 90% restante del genoma? La mitad de este es ADN repetitivo. Muchas fotocopias del mismo, muchas de ellas adquiridas a partir de otros organismos durante muchos y muchos años de evolución. Por ejemplo, en estas zonas residen con nosotros virus. Algunos están muertos y enterrados en nuestro ADN, otros solo están dormidos, y otros, bien despiertos. Incluso las dos primeras categorías pueden convertirse en zombie o sonámbulo ADN y originar enfermedades al activarse. Bueno, ya tenemos explicado el 55% del genoma. ¿Qué hace el restante 45%? No estamos del todo seguros. Una función descubierta recientemente es la de producir ARN no codificante. ¡Qué palabrota! Lo que quiero decir es que produce ARN que no origina proteínas, pero controla múltiples funciones del organismo. Una especie de guardias urbanos que controlan el tráfico.

Todo este material genético es el que ponemos en nuestros hijos y el que nos viene dado de nuestros padres. Se pueden introducir cambios en cada generación por varios mecanismos (recombinación, epigenéticos, etcétera), pero son nuestros cimientos. A la descendencia hay rasgos que se le pasan de forma muy poderosa, como, por ejemplo, el color de los ojos o los grupos sanguíneos ABO. Después hay rasgos más complejos que se deben a la suma de múltiples factores genéticos y ambientales: la predisposición a ser más o menos tímido, arriesgado, empático, inteligente, adicto, depresivo, etcétera. O quizá tener más o menos tendencias artísticas. Pero una herencia fuerte, determinista, para tener estos rasgos representa menos de un 10% de los casos. Por ejemplo, hay unas pocas familias que se pasan genes asociados a un comportamiento violento o a tener más tendencia a usar palabras malsonantes. Pero el 90% de nosotros no tenemos una fuerte predisposición a ser una cosa u otra.

Ya les gustaría a algunos que genéticamente estuviéramos programados para no movernos de nuestro nicho o clase social. Siempre debemos estar atentos a estos nuevos eugenésicos. No somos robots completamente preprogramados genéticamente. Hay un margen de opciones. El ser humano tiene muchas capacidades de decisión que marcan su destino. O así me gusta creerlo: es mi elección.

Por Manel Esteller, Médico. Institut d’Investigació Biomèdica de Bellvitge.

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