El Asad y el Estado autoritario

Es probable que la estructura del Estado autoritario en Siria se mantenga en su lugar independientemente del momento y circunstancias de la partida del presidente Bashar el Asad. Los Asad han pasado más de cuatro décadas asegurándose la solidez de su estructura de poder basada en el autoritarismo político y asimilando en su provecho todo un abanico de comunidades sociales y políticas pertenecientes a diversas facciones, tendencias y grupos étnicos.

Los alauíes, comunidad minoritaria en el seno del islam, son la punta de lanza y la base de poder, sobre todo en lo referente al aparato de seguridad, del Gobierno de El Asad y conforman su asabiya o espíritu de cuerpo (lazo fundamental de solidaridad tribal). No obstante, otros grupos de interés desempeñan un papel legitimador fundamental, tales como los cristianos, los drusos y un segmento importante de la clase comerciante suní y de la nueva burguesía, todos los cuales se beneficiaron de las políticas económicas neoliberales de El Asad en la última década.

La dilatada y tenaz trayectoria del régimen de El Asad ha dependido no sólo de la coerción y de su mando hegemónico, sino también de la asimilación de grupos y tendencias y del equilibrio entre intereses y comunidades diversas. Por ejemplo, el padre del actual presidente, Hafez el Asad, reservó cargos importantes a suníes como Mustafá Tlass (cuyo hijo, el general de brigada Manaf Tlass recientemente ha desertado a las filas rebeldes), que fue ministro de Defensa durante más de tres décadas y figura clave a la hora de despejar la vía a la presidencia de Bashar el Asad después de la muerte de su padre. Tanto el padre como el hijo cultivaron las relaciones con empresarios suníes y fomentaron las redes financieras y de negocios intracomunitarias, especialmente en Damasco y Alepo, núcleos sirios de la vida política y económica y hogar de más de un tercio de los 23 millones de habitantes del país.

Para legitimar su gobierno, los Asad invistieron al Estado autoritario de una identidad e ideología propias del nacionalismo panárabe y la oposición a Israel, mentalidad que encontró eco en numerosos sirios y árabes. Al presentar a Siria como vanguardia de desafío y oposición a la dominación de Estados Unidos e Israel en la región, los Asad ganaron un precioso capital político en el país y en los países árabes vecinos. No es de extrañar que después de la caída de los presidentes de Túnez y Egipto, Bashar el Asad se jactara de ser inmune al contagio, ya que los sirios aprobaban las políticas antihegemónicas de su país en el ámbito regional e internacional.

La valoración adecuada de la longevidad del régimen –así como la posibilidad de su caída– sólo es posible si se entiende la naturaleza y circunstancias de los segmentos de población aceptados o rechazados por parte del Estado autoritario en Siria. La coalición laboriosamente construida por los Asad parece estar deshilachándose y debilitándose bajo los golpes de un levantamiento armado tenaz y dinámico. Las pruebas crecientes apuntan a las grietas del sistema y a la pérdida de confianza en la viabilidad del régimen de El Asad, incluyendo las deserciones de oficiales suníes veteranos y jóvenes y la huida de las clases medias y profesionales, su base de apoyo social. Las sanciones punitivas por parte de las potencias occidentales han representado un elevado coste sobre las espaldas de la economía siria y han debilitado la capacidad del régimen para comprar influencia entre amigos y enemigos.

El brazo armado de la oposición ha desestabilizado la posición de Al Asad mediante un súbito y estratégico golpe de mano, matando a cuatro de sus principales generales y llevando la batalla hasta el mismo corazón de Damasco y Alepo. La fatídica explosión en la sede de la Seguridad Nacional que acabó con el círculo íntimo que dirigía la represión de El Asad contra los rebeldes ha sacudido su régimen hasta sus cimientos, propinando un golpe psicológico devastador a su autoridad y su aura de invencibilidad. La pérdida de control de muchos pueblos y ciudades, incluyendo los cruces fronterizos esenciales con Turquía e Iraq, socava la legitimidad de El Asad aún más en el propio país y en el extranjero.

Aunque Asad se desangra, asediado tanto interna como externamente haciendo frente a lo que parece ser el momento de la verdad, puede ser demasiado pronto para escribir su obituario o el del Estado autoritario. El Asad sigue contando con el apoyo de un núcleo fiel de seguidores, incluidos no alauíes. El aparato de seguridad sigue en condiciones de desplegar una fuerza a gran escala para aplastar a los rebeldes, como se vio en Damasco y Alepo durante la semana pasada. La estructura de las fuerzas de seguridad del Estado parece funcionar, aunque menos incólume y eficaz que antes. A medida que la lucha feroz evolucione según las tendencias y posición de las distintas comunidades del país, el régimen recurrirá a su asabiya para resistir y prolongar su supervivencia.

El Asad también se ha beneficiado de la crisis, inmerso como está en una intensa lucha regional entre Irán y sus aliados por una parte y Arabia Saudí y los estados del Golfo por otra. Irán proporciona apoyo económico y militar esencial para el régimen de Asad. Rusia ha impedido que las potencias occidentales aprueben una resolución del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas que amenaza con una intervención militar en Siria. Pero Irán es un protagonista de la situación más importante, como ha reconocido Kofi Annan, el enviado de las Naciones Unidas a Siria. Aunque El Asad está aislado a nivel internacional y regional, el apoyo de Irán, el Hizbulah de Líbano e Iraq ha representado un salvavidas.

La pregunta no estriba en por cuánto tiempo El Asad puede aferrarse al poder, sino en si la estructura autoritaria le sobrevivirá. Resulta una ironía que la diplomacia internacional se haya centrado principalmente en obligar a El Asad a irse sin tocar entre tanto al régimen. La idea es evitar un vacío en materia de seguridad (como el de Iraq tras la invasión y ocupación liderada por Estados Unidos en el 2003) y una guerra civil total que podría destruir el variado tejido social de Siria y amenazar a países vecinos. Se da por supuesto que, una vez El Asad abandone el poder, el Estado autoritario, un régimen basado en el núcleo familiar, se vendrá abajo como un castillo de naipes. Es una hipótesis de trabajo sin fundamento empírico, como demuestra el caso de Yemen.

Esto significa que el periodo post-El Asad de Siria estará erizado de graves problemas susceptibles de agravar y prolongar su transición desde el autoritarismo político al pluralismo.

Fawaz A. Gerges, profesor de Relaciones Internacionales y director del Centro de Oriente Medio en la London School of Economics. Traducción: José María Puig de la Bellacasa.

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