El ascenso resistible de la extrema derecha de Alemania

El ascenso resistible de la extrema derecha de Alemania
Jens Schlueter/Getty Images

Las elecciones recientes en Suecia e Italia han demostrado que el populismo de derecha sigue en ascenso en toda Europa. No es el caso de Alemania, donde el partido de extrema derecha Alternativa para Alemania (AfD) hasta ahora sólo ha obtenido logros modestos.

Una explicación posible para la resistencia de Alemania al ascenso populista es que, a diferencia de los partidos de extrema derecha que han ganado terreno en otras partes en Europa, la globalización sólo desempeñó un papel menor en el ascenso de AfD. El partido se convirtió en una fuerza electoral mucho después de que la globalización alcanzara un pico en Alemania, y sus éxitos en general han estado confinados a los estados en la ex Alemania de este.

Antes de que AfD surgiera en 2013 como un partido en contra del euro y del rescate griego, Alemania no había tenido un movimiento populista de derecha exitoso. Dado que el comercio como porcentaje del PIB ya venía estancándose desde la crisis financiera de 2008, el partido rápidamente viró su foco a la xenofobia y a las políticas antiinmigrantes.

La trayectoria política de AfD refleja su popularidad en el este de Alemania, donde el partido ganó 27,5% y 23,5% de los votos en Sajonia y Brandemburgo, respectivamente -alrededor del doble del porcentaje que obtuvo en los estados del oeste de Alemania.

Las raíces de esta disparidad residen en el período previo a la reunificación de 1990 del país, cuando el gobierno de Alemania occidental liberó el comercio con Alemania del este de la noche a la mañana.

El ostmark de Alemania del este se convirtió al marco alemán a una tasa de 1:1, lo que hizo que los salarios en el este aumentaran a 70% de los salarios de Alemania occidental, aunque la productividad en Alemania del este fuera apenas el 30% de lo que era en el oeste.

Como resultado de ello, el sector manufacturero de Alemania del este quebró casi de inmediato.

La reunificación alemana, formulada en base a un falso discurso de que los alemanes del este “no tenían nada que vender” en una economía de mercado, signó el comienzo de la desindustrialización de Alemania del este, lo que resultó no sólo en pérdidas de empleos sino también en una pérdida colectiva de autoestima. La caída de los estándares de vida, y los resentimientos que esto trajo aparejado, empoderó a la extrema derecha.

Sin embargo, la globalización per se no jugó un papel importante en el surgimiento de AfD en el este. Alemania del este se convirtió en una economía cerrada de facto después de la caída del Muro de Berlín, con escasa exposición al comercio internacional o a la inmigración. Este provincialismo puede haber contribuido al aumento del sentimiento en contra de los inmigrantes, ya que ha quedado demostrado que la poca interacción con los extranjeros alimenta la xenofobia. Un estudio de 2017, por ejemplo, determinó que una alta densidad de refugiados estaba relacionada con un porcentaje menor de votos para AfD.

Otra razón por la que Alemania no experimentó el mismo sentimiento antiglobalización que Estados Unidos y otros países de altos ingresos es que no sufrió la misma devastación económica que ellos. El “shock de China” que siguió a la incorporación de China a la Organización Mundial de Comercio en 2001 tuvo un profundo impacto en los empleos y salarios en Estados Unidos, particularmente para los trabajadores en el sector manufacturero, lo que llevó a la caída del empleo manufacturero en Estados Unidos y contribuyó a la elección del ex presidente Donald Trump en 2016. El mercado laboral alemán, por su parte, no se ha visto afectado de la misma manera por el auge de las exportaciones de China.

A la economía de Alemania le fue mejor que a otros países desarrollados porque los fabricantes domésticos enfrentaron una menor competencia de las importaciones chinas, que se incrementaron el 14% entre 2000 y 2010, comparado con el 25% en Estados Unidos.

Asimismo, las importaciones alemanas de China tendieron a ser productos que anteriormente había importado de otros mercados de bajos costos, como textiles, causando así pérdidas de empleos en países como Grecia y Turquía, pero no en Alemania. El efecto de las crecientes importaciones chinas también estuvo más que compensado por un alza de las exportaciones alemanas a Europa central y del este, lo que resultó en un incremento del empleo en la industria manufacturera.

Por último, Alemania experimentó un marcado aumento de las exportaciones a China, lo que compensó el crecimiento de las importaciones chinas. Las exportaciones alemanas a China prácticamente se duplicaron después de la crisis financiera de 2008, debido a la demanda de los fabricantes chinos y de la clase media floreciente de China de maquinaria, productos químicos y autos alemanes.

Pero los frutos de este incremento en el comercio no se distribuyeron de manera equitativa. La expansión de las redes de producción a Europa central y del este, donde la mano de obra era más barata, llevó a una caída del 30% de los costos unitarios de la mano de obra entre 1995 y 2012. Alemania fue el único país europeo en experimentar una caída de ese tipo, ya que la amenaza de reubicar la producción en sus vecinos del este alteró el equilibrio de poder entre los sindicatos y los empleadores, lo que resultó en la descentralización de la negociación salarial y en el debilitamiento de la mano de obra organizada. Si bien se ha culpado a esta restricción salarial estructural (Lohnzurückhaltung) por la reducción de los salarios alemanes, también hizo que Alemania resultara más competitiva.

La guerra en Ucrania y las alteraciones de las cadenas de suministro relacionadas con la pandemia han introducido una nueva era de desglobalización y repatriación de la producción. Suponiendo que Alemania del este logre reindustrializarse y convertirse en una usina de tecnología verde, los reclamos que han alimentado el ascenso de AfD pueden llegar a ser cosa del pasado.

Dalia Marin, Professor of International Economics at the School of Management of the Technical University of Munich, is a research fellow at the Centre for Economic Policy Research and non-resident fellow at Bruegel.

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