El asedio a la democracia (y 2)

En la primera parte de esta reflexión publicada el paso día 5 advertíamos que una parte sustancial de las decisiones que afectan a la calidad de vida de los ciudadanos y, más concretamente, a las condiciones de su supervivencia económica, se han ido desligando de los poderes públicos democráticos para desplazarse a manos de instancias privadas que ejercen su poder atendiendo solamente a su estricta esfera de intereses y sobre la base de criterios y procesos de decisión completamente opacos.

Es importante tomar conciencia de que la situación descrita, lejos de reflejar una victoria o supremacía del sistema de economía de mercado, origina una profunda crisis del capitalismo, en la que los intereses de la especulación han tomado al asalto los poderes democráticos, garantes en última instancia de un correcto funcionamiento de los mercados y de la creación equitativa de riqueza a través de los mismos.

Se trata por otra parte de un ataque en el que se ha subestimado la capacidad de resistencia de quienes son las auténticas víctimas: ¿realmente creemos que los ciudadanos aguantarán estoicamente recorte social tras otro, sin esperanza de mejora ni alivio en el futuro inmediato, por causa de algo que remite a unas figuras tan fantasmagóricas, por ejemplo, como las agencias de calificación de la deuda?

Nos encontramos pues ante un asedio ilegítimo a la democracia, un asedio que cuenta con el apoyo de algunos medios y empresas de alcance global las cuales, saltándose todo código mínimo de ética de la comunicación, y contestando ferozmente asimismo cualquier intento de regulación democrática destinado a proteger el pluralismo de la esfera pública, se dedican a difundir rumores infundados, a sacudir sistemáticamente y sin piedad a los poderes públicos y a esconder a los verdaderos poderes sin rostro que hoy quieren gobernar nuestra sociedades.

Lo sucedido en el Reino Unido a propósito de las actividades de uno de los apéndices de la todopoderosa News Corporation resulta particularmente ilustrativo en este sentido y muestra el grado de inversión de los valores en este terreno: un gigante mediático trasnacional, acostumbrado a condicionar y controlar las actividades y decisiones de un gran número de instancias políticas se siente ahora humillado por el mero hecho de ser obligado a rendir cuentas ante los representantes electos de la ciudadanía por la comisión de actos verdaderamente infames.

Por ello, los poderes públicos democráticos no pueden eludir su responsabilidad por más tiempo. Renunciar a intervenir en el medio plazo y por ello, a la creación de nuevas estructuras de regulación de los intercambios financieros globales es tanto como renunciar a la propia idea de democracia y servicio al ciudadano. Pensar solo en el corto plazo, evitando en el último minuto una quiebra de la economía nacional externamente orquestada, y creyendo que las políticas sociales son flexibles y pueden encogerse hasta la mínima expresión, es abrir la puerta a la rebelión ciudadana y dar alas a quienes denuestan, sin alternativa, la democracia representativa. Es abrir la puerta también a discursos autoritarios y basados en el odio al otro, al distinto venido de lejos huyendo de la pobreza, que nos disputa las migajas de las prestaciones sociales.

El modelo social de mercado sobre la base del cual hemos alcanzado las más altas cuotas de progreso y riqueza se encuentra en estos momentos al borde del colapso. A finales de la década de los ochenta asistimos al derrumbe del régimen de la Unión Soviética. El de nuestras sociedades occidentales es hoy ya un escenario posible. Si ello sucede no habrá ningún vencedor, ni siquiera quienes ahora lo asedian a través de auténticos actos de pillaje, sabiéndose inmunes a cualquier sistema internacional de justicia.

Es por lo tanto el momento de la política en mayúscula, de extender los valores de la democracia liberal social a nivel internacional, de establecer mecanismos de regulación global de los mercados, es el momento de cohesionar a los demócratas y no de dividirlos, es en definitiva, el momento de los políticos de alto nivel. ¿A qué esperamos?

Por Josep Maria Carbonell y Joan Barata, profesores de Blanquerna Comunicació.

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