El asesinato de Juan de Escobedo

A las 9 de la noche del 31 de marz o de 1578 , Juan de Escobedo, emisario confidencial de don Juan de Austria a su hermano Felipe II, cabalgaba por lo que hoy es la calle de la Almudena de Madrid cuando un grupo de seis asaltantes surgió de la oscuridad, y uno de ellos «le mató de una sola estocada» con «una espada ligera, de la marca de Castilla». Escobedo cayó de su caballo y se desangró antes de tener siquiera tiempo para confesarse. Los presentes trataron de apresar a los atacantes, pero todos ellos escaparon disolviéndose en las sombras.

Escobedo ya había sido el objetivo de otros intentos de asesinato, con veneno, empezando (de acuerdo con uno de los asesinos) «por la Navidad del año de 77», y después del último una esclava morisca de su servicio doméstico fue juzgada y ejecutada. Su hado hizo aún más sorprendente el hecho de que nadie fuera acusado, ni castigado, por haberlo asesinado en plena calle, y un embajador en Madrid anotó con asombro que dos semanas de pesquisas habían «fracasado en el intento de desvelar» la última pista de los malhechores, a pesar de que «sería casi imposible para un criminal ocultarse, especialmente cuando tanta gente estuvo implicada».

El asesinato de Juan de EscobedoEl embajador tenía razón: era «imposible», y de hecho cuando escribió esa frase los seis asesinos habían escapado de Madrid, gracias a la ayuda del secretario de Estado Antonio Pérez, quien remuneró a dos de los asesinos a razón de 100 escudos cada uno, y a otros tres con «una cédula y carta firmada de Su Majestad, de 20 escudos de entretenimiento, con título de alférez» en los Tercios españoles en Italia. De modo que Felipe había aprobado tanto la huida como la tentativa de matar a Escobedo.

¿Por qué debía morir Escobedo? Felipe insistió tiempo después en que Pérez «sabe muy bien la noticia que yo tengo de haber él hecho matar a Escobedo, y las causas que me dijo que había para ello», y por eso instruyó a sus jueces que «a mi satisfaçión y a la de mi conçiençia, conviene saber si estas causas fueron bastantes o no». Tras ocho vueltas del cordel, Pérez declaró que en 1577 Escobedo le había confiado que él y don Juan de Austria «vendrían a ganar a España y a echar a Su Majestad de ella». Pérez también presentó una carta que (insistía) le había enviado Escobedo, en la que anunciaba que don Juan planeaba dejar Flandes, y «aunque aquí y en cualquier parte servirá [don Juan] mucho, en ninguna tanto como cerca de Su Magestad para desde allí gobernarlo todo».

Solo una versión de esta extraordinaria carta ha sobrevivido: una copia que Pérez transcribió como parte del volumen de su correspondencia con Felipe, don Juan y Escobedo, que preparó en prisión mientras era juzgado a vida o muerte. Ocurre que los originales de algunas otras cartas del volumen preparado por Pérez sí han sobrevivido y revelan que falsificó sus versiones (presumiblemente para exculparse). ¿Quizás hizo lo mismo que esta que tratamos? Tantas incertidumbres llevaron a Fernand Braudel, el más grande hispanista del siglo XX, a concluir que «en este misterioso asunto nadie tendrá nunca la última palabra».

Pocas veces ocurre que el descubrimiento de un solo documento transforme el modo en el que los historiadores comprenden los hechos del pasado, pero un billete hológrafo, previamente desconocido, escrito por el III duque de Alba en 1577 y hallado en 2012 entre los manuscritos de la Hispanic Society of América en Nueva York ha provocado exactamente eso.

El duque, evidentemente, escribió su pequeñito billete sin datar a primeros de septiembre de 1577, cuando el Consejo de Estado debatía la petición de don Juan para que su sobrino Alexander Farnese, príncipe de Parma, se uniera a él en Flandes. Alba estaba cojo por un ataque de gota en esos momentos y por eso el mensaje que escribió a un ministro de Felipe es en extremo lacónico. Sin embargo, lo que el duque expresa es claro como el agua:

«Yo no tengo mano para poder scribir, pero con gran trabajo diré lo que me parece sobre la ida del príncipe de Parma. El Señor don Juan le quiere para en viendo el agujero –y aun quiera dios no sea antes– dexarle allí en su lugar y venirse. Y es consejo que de acá le an dado para venirse sin sperar licencia de Su Magestad, y que aquí es donde le conviene estar, governando los negocios de Su Magestad. Y vuestra merced me la hará [una merced] de dezir a Su Magestad que yo le digo lo que ay. Que Su [Magestad] hará lo que le conviene. Pero sepa que lo que le digo es verdad.
No puedo más. Que si pudiera, bien obiera que dezir en la materia».

Alba, por tanto, sabí a que don Juan había recibido «consejo de acá» (es decir, de Madrid) para regresar a España «sin sperar licencia de Su Magestad» a gobernar «los negocios de Su Magestad» –exactamente la situación que Pérez más tarde afirmaría que Escobedo le había comunicado.

El breve billete de Alba confirma, en consecuencia, que don Juan y Escobedo «vendrían a ganar a España y a echar a Su Magestad de ella», y Antonio Pérez, sin duda, debió de explotar el lado oscuro de su señor con el fin de asegurarse la aprobación real para el asesinato de Escobedo, primero con veneno tras «la Navidad del año de 77» y después por «una espada ligera de la marca de Castilla», en la calle de la Almudena, en Madrid, el 31 de marzo de 1578. A no ser que otro nuevo documento se descubra, el duque de Alba ha proveído «la última palabra» en «este misterioso asunto».

Geoffrey Parker, historiador.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *