El asesinato del dictador

Hace dos meses, desde esta misma tribuna y como de pasada -la cosa iba de noticias estivales-, trataba de argumentar que el ofrecimiento de un millón y medio de euros por la cabeza de Muamar Gadafi me parecía siniestro y estremecedor. En vista de la aceptación y consumación de la oferta, hasta el punto de que, según dicen, la suma será abonada por algunos empresarios libios, pido licencia para insistir ahora sobre aquella breve nota.

Aun admitiendo, supuesto que rechazo de plano, que un tribunal pueda condenar a un hombre a morir en la silla eléctrica o mediante una venenosa inyección letal, todavía encuentro peor que se ponga precio al pellejo de nadie. De la pena de muerte he hablado ya bastante y deseo suponer que el lector conoce mi intransigente posición en relación con el asunto. Hoy, sin embargo, más que hablar del crimen legal que constituye quitar la vida a un semejante -tesis frecuentemente despreciada-, voy a ocuparme del terrible suceso histórico de la muerte de Gadafi a manos de los llamados soldados rebeldes del ejército de Libia.

Que sobre Gadafi pesaban numerosas sospechas e incluso indicios de responsabilidad criminal por hechos atroces, es algo tan evidente como lamentable. Las crónicas cuentan que estuvo implicado en los atentados, en 1985, de los aeropuertos de Viena y Roma y en los de la discoteca La Belle de Berlín, en 1986 y hasta quien fue su ministro de Justicia, Mustafa Abdel Jalil, le acusó de estar detrás del atentado de Lockerbie, en 1988, con 259 muertos y del perpetrado un año después contra el vuelo 772 de la compañía UTA, en el que fallecieron 170 pasajeros. Todo esto es execrable, como lo son las torturas a los adversarios políticos detenidos durante su cruel régimen de 42 años.

Ahora bien, lo que me parece inadmisible es que al tirano, por criminal que haya sido, se le liquide a sangre fría, después de ser capturado malherido. Si importante, por grave y repudiable, es lo que el ajusticiado -al parecer, también sodomizado- Gadafi hizo o pudo hacer, igualmente lo son las barbaridades cometidas con él, sin olvidar, desde luego, la conducta, por omisión, o comisión por omisión, no sólo de los responsables del Consejo Nacional de Transición libio, sino también de aquellos dirigentes del mundo que en su día le trataron con los mayores honores y parabienes.

Cualquier Tratado o Convenio sobre derechos humanos incluyen en su letra, o al menos en su espíritu, las disposiciones necesarias para evitar que ningún hombre o mujer, bajo ninguna circunstancia, sea privado de sus derechos básicos, entre los que figura el tener un proceso con todas las garantías. De ahí que en septiembre el Tribunal Penal Internacional de La Haya (TPI) dictara orden de detención de Gadafi por delitos de lesa humanidad contra el pueblo libio. Al aprobar los magistrados esa solicitud, todos los países de la comunidad internacional, incluida Libia, estaban obligados a llevar a efecto el arresto y, una vez producido, a poner al coronel Gadafi a disposición del TPI que, por cierto, en su resolución precisaba que la orden de detención no implicaba prejuzgar la culpabilidad del requisitoriado, que su presunción de inocencia se mantenía indemne hasta la celebración del juicio y que una sentencia condenatoria sólo se pronunciaría si se aportaban pruebas lícitas y suficientes que demostrasen que era culpable.

Es evidente que la decisión del TPI ha sido pisoteada, al igual que lo han sido las tradicionales leyes de la guerra. Un juicio justo exige abandonar la idea de represalia. Lo que se ha hecho con Gadafi está en las antípodas de la Justicia, pese a los muy graves delitos de los que podía ser acusado. Como Antonio Lucas escribía en Crónica, «Gadafi, lleno de tinieblas y de crímenes y excesos, valía más con voz”, pues podría habernos contado «cuáles fueron sus muchos negocios con los gobiernos occidentales que primero le dieron oro y después estopa». Me agrada, por tanto, saber que Amnistía Internacional y la Oficina de Derechos Humanos de la ONU hayan exigido que se abra una investigación. Para la organización Human Rights Watch, el asesinato de Gadafi detenido es una seria violación de las leyes de la guerra y un delito que debe ser perseguido por el Tribunal Penal Internacional. «Capturar y asesinar a alguien de forma deliberada es un asunto muy grave», declaró el portavoz de esta última entidad, Rupert Colville. Distinto, digo yo, es que el dictador se hubiera suicidado, pegándose un tiro antes o al tiempo de ser apresado en el aliviadero del puente situado en el Distrito 2 de la ciudad de Sirte. De paso, habría dado lugar a una buena historia literaria, aunque no tanto como Crimen y castigo, la novela que, por lo que decían sus allegados, Gadafi leía a menudo. Espero que lo ocurrido con él no suceda con Saif el Islam, su hijo, dispuesto a entregarse al TPI y a quien el fiscal Luis Moreno Ocampo ha asegurado que, como cualquier otro sospechoso, será escuchado y tendrá un proceso equitativo.

Durante varios días los periódicos y las televisiones sirvieron las imágenes macabras de la captura y muerte de Gadafi, tomadas para placer de mirones y pudiera ser que igualmente para gubernamentales deleites. También las del cadáver semidesnudo del sátrapa encima de un colchón mugriento dentro de la cámara frigorífica de un mercado de Misrata. Lo mismo que hicieron con él, lo hicieron con su hijo Mutasin, a quien primero se ve con heridas leves y bebiendo agua y, a continuación, ya muerto con un disparo en el cuello. En los videos, los matarifes de Gadafi parecen hienas y fuera ya de tan siniestro tanatorio, cientos de personas se congregaron al grito de «¡queremos ver al perro!», mientras que otros pedían a voces que se colgara el cadáver en la Plaza Verde «para que todo el mundo que pasara pudiera escupir a su cuerpo».

¿A qué viene tanta dosis de crueldad y vesania? ¿Por qué tanta saña? ¿Adónde suponen algunos líderes del CNT que conduce esta particular carnicería? Ignoro cuáles son las oportunas respuestas, pero lo que sí sé es que la idea de que, puesto que se estaba en guerra contra el tirano, todo valía, es falsa. Tan falsa como el uso que algunos mandatarios han hecho del viejo lema sic semper tyrannis -pido disculpas por el latín- o así siempre ocurre a los tiranos, con olvido de que Gadafi que, en efecto, era un dictador e indiciariamente un asesino, en el momento de ser apresado estaba vencido y desarmado. El derecho de guerra fue una conquista sobre el Vae victis -¡Ay de los vencidos!- de Roma, que significaba que los derrotados no podían esperar justicia de sus vencedores, pues carecían ya de derecho alguno. Me temo que una gran mayoría considera que el pueblo libio tenía derecho a ejecutar a Gadafi hasta la eliminación física. Me opongo. Es más, a veces uno siente la vergüenza de ser hombre. La última razón para el crimen no asiste a nadie y crimen es toda acción violenta basada en la venganza.

Está claro que en Libia, al igual que en otros confines del planeta, la ley del talión no ha prescrito. Esa ley, aparte de inmoral, jamás es eficaz y únicamente sirve para calmar la sed de odio de algunas gargantas. En bien de la moral pública, Gadafi tendría que haber sido juzgado con todas las garantías. El lenguaje del derecho penal, sea nacional o internacional, no es el de la irracionalidad´, y la justicia, por muy punitiva que sea, no puede ser tan fanática como la ley que practican los fanáticos, ni conducirse con obediencia ciega por la ancestral inquina punitiva. No se trata, pues, de jugar al quien a hierro mata, a hierro muere y tampoco de practicar el pasatiempo del a cada cerdo le llega su San Martín, sino, por el camino contrario, desechar el desahogo que repugna a las conciencias de quienes, equivocadamente o no, pero de buena fe, entendemos que la sangre ha sido siempre un mal abono de la Historia.

De que la Humanidad está inmadura -o putrefacta- no caben muchas dudas, como no caben de que por la cabeza de los asesinos de Gadafi debió pasar la idea de que al enemigo había que triturarlo. Viendo el repertorio de fotografías de un Gadafi ensangrentado, arrastrado, suplicando clemencia, uno piensa que no hay reglas fijas y de unánime práctica en este triste cometido humano, es decir, inhumano. Algunos malos políticos de nuestros días y entiéndase malos como sinónimo de perversos, pueden crear normas propias de actuación para obtener los resultados que buscan o satisfacer sus aviesas inclinaciones. La guerra de Libia, como antes la de Irak, está repleta de atrocidades y autodestrucción. En el mundo, y naturalmente incluyo a España, históricamente ha habido demasiada política de muerte, pero lo que necesitamos es lo opuesto, la política de vida. De los gobernantes depende, en gran medida, que el hombre aprenda a vivir y no a matar, que es lo fácil pero no lo saludable. Siempre he creído, y no tengo intención de volverme atrás, que la guerra es más una deformidad que una virtud del hombre, una especie de espita por donde alivian los instintos más primarios. Sin duda que hay momentos en que la sangre llama a la sangre. Mas nunca puede haber razón que justifique matar a quienes matan. Kant lo advierte en La paz perpetua: la guerra es mala porque hace más hombres malos que muertos.

«A los perdedores se les asesina y a los desahuciados se les olvida y se les entierra. A la gente del montón le entusiasma, quizá también le reconforta, ¡qué reconrosa desvergüenza!». Estoy seguro de que a Camilo J. Cela le hubiera gustado que hoy utilice estas palabras que son suyas para terminar el presente artículo. Gadafi, el que en los años 70 nombró asesor económico a un hermano del presidente estadounidense Carter, el que en diciembre de 2007 visitó España, se alojó en el Palacio del Pardo, con jaima incluida, y recibió las llaves de oro de Madrid, el que en ese mismo año fue huésped de honor de Sarkozy, el que en 2009 se besaba con el primer ministro Silvio Berlusconi, en fin, al que no se sabe cuantos jefes de Estado le aplaudieron y agasajaron, ha muerto como un animal acorralado.

Está demostrado que las bestias cultas se matan por razones abstractamente políticas y las ignorantes por un hueso roído. Vultur cadaver est. Perdón, otra vez, por el latín. La leyenda dice que los buitres se nutren de cervatillos, conejos y jabatos, pero no es verdad. Se alimentan, lo mismo que la historia, de lo que pueden; de perros muertos, de ratas muertas, de fieras muertas, de derrotados muertos, de abandonados muertos. Al fin de cuentas, todos son buenos manjares y más si están aliñados con maloliente cadaverina.

«Muerto, mejor que vivo», han dicho altos e irresponsables, por elementales, cargos de la OTAN; un lema que recuerda aquél de «muerte al tirano» y que casi siempre ha servido de socorrido tópico para coartada de auténticos criminales como John Wilkes Booth que lo vociferó en el instante en que el 14 de abril de 1865, en el teatro Ford de Washington, asesinaba a Lincoln de un tiro en la cabeza.

Por Javier Gómez de Liaño, abogado y juez excedente.

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