El autoritarismo acrítico de Rajoy

La reacción de Mariano Rajoy a la debacle de su partido el 21-D ha sido escandalosamente despótica, es decir, autoritaria. La ha absorbido como si el naufragio del PP en Catalunya se tratase de un fenómeno meteorológico pasajero. En la dirección nacional del partido, reunida el día 22, nadie, salvo el propio presidente, tomó la palabra. Silencio mediocre y temeroso ante un líder con percepción de bonhomía pero que, en realidad, es un implacable político capaz, como su trayectoria nos enseña, a comportarse como un auténtico ‘killer’. No hay adversario interno que le haya sobrevivido y todos los barones de la organización lo saben, incluso aquellos que tendrían posibilidades de sucederle si se decidiesen a constatar públicamente que el rey Rajoy está desnudo.

El PP y Rajoy no se descalabraron en Catalunya por la aplicación del artículo 155. Sí por la tardanza en aplicarlo y por años de política prepotente y despectiva hacia el fenómeno social del independentismo. Frente a él, el Gobierno se apuntó al mantra del cumplimiento de la ley -condición necesaria pero no suficiente para tratar de resolver el problema- y a instar a través del Ministerio Fiscal o mediante impugnaciones ante el TC unas decisiones de las instituciones catalanas que requerían, además, el ejercicio de la política. O más exactamente que exigían acciones gubernamentales preventivas.

El Gobierno y Rajoy no son culpables del secesionismo en Catalunya, pero sí son responsables de su incremento y virulencia. Además de por la inacción política, por la torpeza de algunas decisiones que han tenido -y están teniendo- un coste histórico. Me refiero, entre otras, al comportamiento gubernamental el 1-O que se resolvió de la manera menos inteligente de todas las posibles. Solo los acontecimientos de ese día hubiesen justificado el cese inmediato del ministro de Interior que ha demostrado adicionalmente su incapacidad con las vergonzosas condiciones del desplazamiento e instalación de los efectivos de las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado en Catalunya durante la crisis.

En la misma lógica de incompetencia se halla la vicepresidenta del Gobierno, ministra de Presidencia y de Administración Territorial, responsable de unos servicios de inteligencia cuestionados, que trató de articular una denominada Operación diálogo que resultó un fiasco completo. Y que cometió en campaña electoral un error mayúsculo: atribuyó a Rajoy el «descabezamiento» de las opciones secesionistas como si los magistrados Llarena y Lamela fuesen unos mandados de la Moncloa.

Tampoco el ministro de Exteriores y Cooperación se ha lucido en el empeño internacional porque retuvo el apoyo de la comunidad de Estados, pero los medios de comunicación más influyentes se le escaparon de las manos a todos los consejeros y agregados de comunicación y prensa de las grandes embajadas occidentales.

El hecho de que las elecciones catalanas las haya ganado Ciudadanos, el socio de investidura de Rajoy, no ha provocado, en apariencia, la convulsión natural en un partido con su electorado a la huida. Ahora el PP se emplea en zaherir a Arrimadas para que intente formar gobierno en la Generalitat cuando su presidente dio la gran cantada tras las elecciones del 2015, rehusando el encargo del Rey para que negociase su investidura.

Mientras, García Albiol permanece al frente del PPC por una única razón: convertirse en saco terrero tras el que se refugia un Gobierno sin reputación, zarandeado por sus votantes que le han considerado inútil en Catalunya ante la utilidad que le han otorgado al partido de Rivera.

Rajoy sabe aprovechar la desolación en la oposición y la capitaliza en términos de continuidad personal. Se presenta como el ‘pater familias’ pero está demoliendo el partido y todos sus colaboradores no sugestionados por los mantras adormecedores del gallego lo saben y lo verbalizan. Por supuesto, en privado. Los más lúcidos, se aferran a que si Guindos logra plaza en el BCE, tendrá que haber crisis en el Gabinete. Las terminales del ‘rajoyismo’ en los medios ya adelantan que será un «reajuste técnico». No se sabe si esta cosmética convencerá a los interlocutores internacionales de Rajoy que le pedirán una explicación del 21-D defraudados por la ineficiencia del presidente y de su partido. Porque -como buen déspota- a Rajoy le importa mucho más la opinión de los dirigentes de la UE que el dictamen del cuerpo electoral que, vote como vote, no dispone de capacidad para motivarle. Simplemente, contempla el desastre y se encoge de hombros. Y a seguir.

José Antonio Zarzalejos, periodista.

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