El autoritarismo de Putin

Por Lilia Shevtsova, decana de la Fundación Carnegie para la Paz Internacional de Moscú (LA VANGUARDIA, 04/05/04):

Estos días circula por Moscú el siguiente chiste: dos meses después de las últimas elecciones presidenciales los americanos no sabían quién era su Presidente, pero nosotros, los rusos, dos años antes de nuestras recientes elecciones, sabíamos quién iba a ocupar el Kremlin.

La clase política de Rusia tiene razones abundantes para sentirse astuta y cínicamente orgullosa del sistema que ha inventado: garantiza los resultados que desea. Pese a su falta de dramatismo, intriga y competitividad, las elecciones no fueron importantes porque la clase política de Rusia renunciara a todos los elementos principales de unos procedimientos electorales democráticos auténticos, sino porque han cerrado el capítulo sobre el experimento democrático liberal de Rusia, con lo que han legitimado el nuevo sistema político de Putin.

¿Cuál es la naturaleza del nuevo sistema? ¿Es una democracia con adjetivos, como, por ejemplo, democracia “gestionada”, democracia “no liberal” o democracia “electoral”? Sólo unos pocos expertos se empeñan en adherirse a ese criterio. ¿O se trata simplemente del sistema de un autoritario maniobrero? Esta opinión está ya generalizada no sólo en los Estados Unidos, sino también en Europa.

En realidad, el régimen de Putin es, sin embargo, una mezcla extraña y complicada, que se basa en dos elementos importantes: el poder personal del propio Vladimir Putin y el papel en aumento de las instituciones democráticas de Rusia, que van consolidándose. La tensión entre esas dos fuerzas impulsará la dinámica política de Rusia en los cuatro próximos años. El panorama se complica aún más con el hecho de que Putin represente la fuerza más prooccidental de Rusia, mientras que el aparato estatal sigue siendo conservador, tradicional y arcaico.

Así, pues, los liberales y demócratas de Rusia afrontan una dura alternativa: o apoyar el autoritarismo personal de Putin o procurar debilitarlo y deslegitimarlo y con ello restablecer el papel de una burocracia en alza.

¿Cómo encajan en ese panorama los siloviki, los ahora tristemente famosos representantes de las estructuras de seguridad y poder de Rusia? Ese mito de los siloviki gusta a todo el mundo, porque resulta muy fácil explicar la evolución de los acontecimientos en Rusia atribuyéndolos a una “KGBización” del poder, pero no resulta convincente: los siloviki no han constituido un grupo cohesionado y coherente ni han consolidado su autoridad… al menos hasta ahora. Carecen de un dirigente, no tienen un programa y fracasaron a la hora de hacerse con el poder durante el primer mandato de Putin.

Creo que volverán a fracasar durante el segundo mandato de Putin. De hecho, en los próximos años otras fuerzas tienen muchas más posibilidades de consolidar su poder y utilizarán a los siloviki como simple guardia pretoriana propia.

Así, pues, ¿quién es el responsable de que la democracia liberal se haya acabado en Rusia? Pues Putin, naturalmente, y Yeltsin antes de él. Además, los rusos comunes y corrientes se están volviendo alérgicos a la democracia liberal, porque los tecnócratas liberales han servido sistemáticamente de escaparate para un régimen no liberal en el Kremlin. Tras haberse atado a las estructuras de poder existentes en Rusia, ahora los liberales no están en condiciones de volverse críticos convincentes.

De hecho, el autoritarismo blando de Putin probablemente sea ahora la mayor amenaza para una mayor democratización en Rusia. Paradójicamente, como la “firme” dirección de Putin cuenta con los liberales e incluso los demócratas para preservar su fachada prooccidental, no puede surgir una oposición verdaderamente liberal. En cambio, una mano de hierro genuinamente represiva tendría muchas más probabilidades de estimular una resistencia democrática más potente.

Naturalmente, Putin ha concentrado en sus manos tanta autoridad y control de las palancas del poder, que parece capaz de cualquier cosa, pero las apariencias pueden resultar engañosas, pues el legado del primer mandato de Putin es el de que está perdiendo su lucha contra el aparato estatal que heredó. Aún no es un rehén de la burocracia, pero va perdiendo periódicamente batallas importantes.

Así, pues, ¿qué ocurrirá cuando la clase política de Rusia y el propio Presidente descubran que el “autoritarismo burocrático” no es, como esperaban, la receta para la modernización al estilo de Corea del Sur? ¿Qué harán cuando adviertan que no ha logrado un crecimiento económico sostenible ni la estabilidad política?

Bajo el actual régimen autoritario blando, tan sólo veo un panorama bastante negativo para el futuro: una dictadura auténtica y con todas las de la ley. Lo que debemos preguntarnos es si será una dictadura, al estilo de la de Pinochet, inclinada a la modernización económica o una dictadura con una ideología totalitaria resucitada?

Al triunfar de forma tan decisiva, Putin se ha hecho legítimamente responsable de todo. No hay un gobierno por debajo de él al que echar la culpa del fracaso y el fracaso es la forma más fácil de perder legitimidad. Además, es probable que el fracaso vaya acompañado de un escisión en la clase política, con lo que resultará muy difícil encontrar siquiera a un candidato para sucesor de Putin. Ninguna fuerza política de Rusia sabe cómo responder a los desafíos que el “autoritarismo blando” ha acarreado.

Rusia nunca ha hecho una transformación lograda de ningún tipo en época de paz. El cambio llega mediante la guerra y el conflicto interno. Para quienes aspiran a una Rusia democrática y liberal, se trata de un dilema terrible, porque el único resultado posible de la deslegitimación de Putin sería la salida a la superficie de poderes más obscuros y arcaicos.