El AVE, pesadilla maravillosa

En el AVE se respira aire de cercanías. Es tan veloz, que con él todo parece quedar muy cerca. El desplazamiento, en apariencia corto, no acaba de ser un viaje. En los años 50, se tardaba dos días en ir de Barcelona a Madrid por carretera. Convenía pernoctar en Zaragoza, tras parar en Igualada para desayunar y en Lleida para almorzar. Parece mentira, pero escalar los Brucs o la Panadella detrás de un camión impedía superar los 40 kilómetros por hora. Hoy, con el AVE, el trayecto Barcelona-Madrid se hace en tres horas cortas en un vagón ingrávido. El tiempo pasa volando, como el paisaje. No hace falta esfuerzo alguno, nadie se marea, no hace frío ni calor. La única molestia es el inevitable mal educado que chilla hablando por el móvil como si no tuviera teléfono (y también la horrible dicción catalana o inglesa que masculla la megafonía). Ir de Sant Vicenç de Calders a Maçanet-Massanes en la R2 es más cansado.

En tiempos de las locomotoras de vapor, la inminente llegada de un túnel conllevaba agitación general. En verano, todo el mundo corría a subir los cristales de aquellas ventanillas practicables. Inútil: una insidiosa humareda penetraba por cierres y rendijas. Tos, lagrimeo y maldiciones se adueñaban por entero del ambiente. Uno llegaba a Madrid desencajado, sucio y queriendo olvidar aquel tormento de 15 o 20 horas, acribillado de paradas: que si cambio de máquina, que si esperas por la vía única (sigue habiéndolas entre Tarragona y Vandellòs, una vergüenza). La distancia, que se mide en tiempo, ha perdido consistencia. Madrid está ferroviariamente cerca de Barcelona; Lleida y Zaragoza, una al lado de la otra. Los kilómetros son más cortos hoy. Ya no tienen mil segundos, como los de antes, sino poco más de una docena. Por eso el AVE parece un moderno tren de cercanías.

Alguno de los AVE que van de Barcelona a Madrid paran en Guadalajara-Yebes. Es un modesto apeadero ceñido por quejigos y carrascas que convive con una adocenada urbanización de nueva planta y un mar de secanos que se pierden en el horizonte. Sube pasaje con periódicos de otro siglo, de esos que tanto gustan en Madrid (en AVE se llega antes, pero la distancia sigue siendo enorme…). En todo caso, el paisaje mesetario surcado por el tren es precioso, adehesado: suaves ondulaciones de trigal laxamente consteladas de achaparradas encinas, mucho cielo por encima del horizonte. Recuerdo la emoción que me causó, de jovencito, atravesarlo en coche por vez primera, a media tarde del segundo de los dos días en que entonces duraba viaje, cuando baja la luz y se acera el aire.

De Barcelona a Madrid se despliega la geografía ibérica, en efecto. Una parte, al menos: la Catalunya miscelánea, el Segrià irrigado, las almohadillas yeserías de los áridos Monegros, las fértiles terrazas del Ebro, los adustos encinares del altiplano castellano¿ Pero la indiferencia es general. La gente mira con desgana la película de rigor, lee la prensa, charla con el vecino o se vuelca en su portátil. Nadie presta atención al verdadero espectáculo, generosamente variado, que regalan los luminosos ventanales, abiertos a maravillosos paisajes renovados a cada segundo. Pero ignorados por todo el mundo. No me explico tanto desinterés. Hemos perdido curiosidad. Lo extraordinario nos parece banal. No nos concierne el entorno. Cortamos el paso al paisaje sonoro calándonos auriculares que impiden la audición. Empequeñecemos, porque el interior solo alcanza hasta donde te llegan los sentidos. Somos cuanto transportamos con los ojos y nos entra por los oídos. El mundo está ahí fuera: los colores, los olores, los sonidos y el paisaje. El AVE nos lleva en volandas a Madrid para resolver este asunto o cerrar aquel trato. Fantástico. Pero perderse el camino es una necedad inmensa.

Acabo de hacer el trayecto Seúl-Changwon en KTX, el Ave coreano (el TGV coreano, habría que decir, su tecnología de base es francesa). He constatado la misma indiferencia, si bien atravesando un paisaje más monótono. Ya de vuelta, descubro que el Gobierno se propone privatizar el AVE. No los tramos deficitarios, que son la mayoría, sino el Barcelona-Madrid, que es el único más o menos rentable (no demasiado: 2,5 millones de pasajeros al año, bien poco ante los 14 millones del TGV París-Tours o los 35 millones del Seúl-Busan). Penoso. Porque, paisajes a un lado, la mayoría de los AVE españoles son un disparate, están completamente fuera de escala. Pero el Gobierno no para de proyectar nuevas líneas, a cual más imposible de amortizar en la vida. Y ahora quiere privatizar la única que tal vez debería conservar. La frivolidad de la anterior izquierda y la incoherencia de la derecha recalcitrante en este periodo tardodesarrolista son majestuosas. En términos de buena administración pública, de los que ambas levantan el estandarte, habría que detener de inmediato los proyectos pendientes y cerrar las líneas ultradeficitarias. Proceden a la inversa. Ni la belleza del paisaje, ni la comodidad del viaje legitiman según qué despropósitos. Y menos en plena crisis.

Ramon Folch, socioecólogo. Director general de ERF.

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