El Bach español

Al lado de la Puerta del Sol, el monasterio de las Descalzas Reales es un conjunto único, que nos acerca a la España de los Siglos de Oro con obras de arte singulares: los tapices diseñados por Rubens, los cuadros de Sánchez Coello y Antonio Moro, las tallas de Becerra y Pedro de Mena, una monumental escalera barroca a cuyo balcón real se asoman Felipe IV y Mariana de Austria...

Cerrado casi dos años por la pandemia, las Descalzas ha reabierto hace poco, después de una reorganización que permite visitar una parte del edificio (continúa siendo monasterio de clausura). Las entradas se agotan apenas salen a la venta. Todo está muy bien organizado por Patrimonio Nacional. Todo, salvo un detalle:

en la información que nos da la guía, sólo una vez cita, de pasada, el nombre de Tomás Luis de Victoria y no vemos nada que lo recuerde. Los visitantes pueden salir del monasterio sin saber que allí trabajó durante más de veinte años, hasta su muerte, el que muchos expertos consideran máximo compositor español de todos los tiempos.

Puede alegarse que no se conservan en las Descalzas objetos que fueran propiedad de Victoria. Me parece una excusa insuficiente. Si visitamos la iglesia de Santo Tomás, en Leipzig, no aceptaremos que no se nos hable de Bach, que trabajó para ella. En el Teatro Estatal de la Ópera de Praga, no omitirán que allí se estrenó el ‘Don Giovanni’, de Mozart. Cerca del puente de la Accademia, en Venecia, en el Ospedale degli Innocenti siguen sonando los violines de Vivaldi, que compuso muchas obras para las jóvenes allí acogidas.

Si pasamos a los genios de la literatura, en Stratford nos emocionamos visitando las llamadas Casas de Shakespeare. Efectivamente, allí parece que estaban situadas, pero todo lo que vemos son recreaciones modernas: copias de documentos, manuscritos o ediciones antiguas, muebles imitados, vestuario de teatro, vídeos; también, a algún actor que quizá nos recite un fragmento de ‘Hamlet’. Algo semejante puede decirse de la casa de Cervantes, en Alcalá. ¿No podría hacerse lo mismo con Tomás Luis de Victoria en las Descalzas Reales?

Me temo que se trata de un ejemplo más de la lamentable distancia que suele separar, en España, el mundo de la música del resto de la cultura. Un español que tenga ciertos estudios conoce, por lo menos de nombre, a Cervantes, Lope de Vega, Calderón de la Barca... En cambio, ¿cuántos saben la altísima categoría que tiene la música española de los Siglos de Oro? ¿A cuántos les suenan, por ejemplo, los nombres de Salinas, Guerrero, Cabezón, Mateo Flecha, Luis de Narváez o Gaspar Sanz? Con la última reforma educativa, ¿quién los conocerá?

Tomás Luis de Victoria había nacido en Ávila, añadía a su firma ‘abulensis’. Llegó a Roma hacia 1565, cuando tenía 17 años: fue alumno pensionista del Colegio Germánico y organista de la iglesia de Monserrate, la de los españoles. Sufrió la influencia de Palestrina, el llamado ‘Príncipe de la música’. Volvió a España hacia 1585. Fue capellán y maestro de música en las Descalzas, al servicio de doña María, hija de Carlos V, viuda del emperador Maximiliano. Cuando ella murió, pasó a ser organista del monasterio: tocaba en un órgano flamenco, traído por disposición de Felipe II. Estuvo vinculado a las Descalzas veinte años, hasta su muerte, y fue enterrado en el claustro inferior. (Hace poco, colocó allí una lápida la Capella Clásica de Palma). ¿No es suficiente todo esto para incluir su recuerdo en las visitas organizadas al monasterio?

Bastaría con reunir, en un espacio adecuado, reproducciones de algunos documentos y ediciones antiguas; estudios y ediciones recientes; algún panel o vídeo explicativo... El Centro de Estudios virtual ‘Tomás Luis de Victoria’ ofrece a todos información de sobra.

Afirman algunos que Victoria sigue siendo el compositor español más interpretado en el mundo entero. Han grabado su música los más prestigiosos conjuntos: La Grande Chapelle, el Collegium Vocale de Gante, The Sixteen, el Gabrielli Consort, los coros del King’s College, Monteverdi, Silos, la Capella des Ministrers...

En las Descalzas, sería bueno instalar un sistema que permitiera escuchar algún fragmento de su obra: por ejemplo, los tres minutos escasos que dura el ‘Pange Lingua’ de su ‘Oficio de Semana Santa’.

Su biografía -igual que la de Bach- no muestra rasgos llamativos ni afán de protagonismo. Antes del romanticismo, el artista se consideraba cercano a un artesano: «Il miglior fabbro» (el elogio que escribió Dante para Arnaut Daniel y, siglos después, renovó T. S. Eliot para Ezra Pound). Lo que buscó Victoria fue ser un buen sacerdote y un buen músico: las dos cosas las consiguió sobradamente.

Toda su obra es religiosa, está pensada para la liturgia: motetes, salmos, canciones... Lo explica en su dedicatoria a Felipe II: «¿A qué mejor fin debe servir la música sino a las sagradas alabanzas de aquel Dios inmortal de quien proceden el ritmo y la armonía, y cuyas obras están dispuestas en forma tan portentosa que ostentan cierta armonía y cánticos admirables?».

Destaca una obra suya absolutamente extraordinaria, al nivel de las más grandes de la historia: el ‘Officium Defunctorum’, un réquiem a seis voces, dedicado a la princesa Margarita. Va precedido por una ‘Lección’, ‘Taedet animam meam’, sobre un texto del ‘Libro de Job’ de enorme dramatismo: «Estoy hastiado de mi vida. Voy a dar curso a mis quejas, a hablar con la amargura de mi alma. Quiero decir a Dios: no me condenes, hazme entender por qué te querellas contra mí». Es éste uno de los grandes misterios, el del ‘silencio de Dios’, que ha angustiado a tantos pensadores, desde Pascal hasta los existencialistas. Sin quitarle dramatismo, Victoria lo convierte en un remanso de serena belleza y solemne hondura.

Su estilo muestra la evolución del renacimiento al barroco, refleja el espíritu de la Contrarreforma. Se ha comparado el sentido de su obra con las de El Greco, San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Jesús. Su estancia en Italia dejó en él tan gran huella como en Velázquez y en Cervantes. Simbólicamente, su ‘Officium defunctorum’ es de 1605, exactamente el mismo año de la primera parte del ‘Quijote’. En el año 2004, en la Semana de Música Religiosa de Cuenca, John Eliot Gardiner, el fundador del Coro Monteverdi y gran devoto de Bach, nos dijo a Ignacio Bayón y a mí: «Tomás Luis de Victoria es el Bach español». Nada puedo añadir a eso. Hoy mismo, sigue fascinando, en el mundo entero, la música de Victoria. Simboliza y resume lo mejor de nuestra historia. Con escasa diferencia de fechas, coincidieron en aquella España un escritor como Cervantes, un pintor como Velázquez y un músico como Tomás Luis de Victoria: pocas naciones pueden mostrar algo semejante.

Andrés Amorós es catedrático y escritor.

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