El baile de las patrias

Muchos en Europa somos hoy ciudadanos de una nación que no existe. Creo que algo de esto ocurre en Catalunya. Pero también pasa en Portugal: las viejas fronteras lusitanas ya no configuran un castillo de soledades donde se pueda ser feliz. Casi todos los países europeos, incluso los mayores, son casas antiguas con muchas goteras. Por ello, a lo largo de los próximos años, se intuye que habrá una reforma de nuestro hogar continental: se tirarán paredes y se alzarán nuevos tabiques. El baile de las patrias ya ha ocurrido en Europa oriental: ahora nos toca a nosotros, en occidente.

Europa es un continente frágil: una península de Asia transformada en un laberinto a causa del surrealismo de las culturas y de la geografía. Durante siglos, nos hemos defendido de nuestra debilidad conquistando el mundo. En 1572, el mayor poeta portugués, Luís de Camões, publicó Os Lusíadas. Se trataba de una epopeya, como las de Homero o Virgilio. Pero había una gran novedad: los héroes eran modernos, navegaban por el Atlántico y el Índico, de forma que Troya estaba en África e Ítaca en India. El mensaje era claro: los nuevos Aquiles y Eneas tenían que conquistar la Tierra y olvidarse del saloncito del Mediterráneo. El libro de este portugués se leyó con atención en Europa y cundieron los imperios. Durante siglos, los europeos nos hemos defendido atacando. Hasta que todo terminó en el siglo XX con la implosión de dos guerras mundiales. No obstante, mientras perdía gradualmente sus colonias, nuestro continente se transformó en padre espiritual de dos nuevos imperialismos: el soviético y el norteamericano. Y, en el caso de Europa occidental, las cosas nos fueron bien porque nuestros hijos yanquis nos trataron con mesura, concediéndonos una jubilación dorada. En eso estábamos cuando nació la nieta de este cuento: la globalización. China ascendió con una jugada genial: tumbaron su muralla de toda la vida e invadieron silenciosamente el mundo, con un ejército de tiendas de todo a cien. Los chinos no son familia nuestra, algo que estamos notando mucho.

Vivimos, pues, en la Europa actual con una sensación de peligro. Probablemente la misma que cundía en la Península cuando venían los almorávides; la misma que sentían en los Balcanes cuando avanzaban los otomanos. Hoy es el capital el que viene, cuando hemos empobrecido, y se va, cuando empezamos a vivir bien. Eso que llamamos inversores constituye una armada temible que flota en el aire, como el barco de Peter Pan. ¿Cómo podemos defendernos? Hay dos caminos: el primero es encerrarnos en nuestros viejos países; el segundo es la unión europea. En la actualidad, Hamlet dice: ser o no ser europeos, esa es la cuestión. Por primera vez en nuestra historia, se contestará a esta pregunta en las urnas y en las reuniones políticas. No habrá campos de batalla.

Todo esto cuando acaba de renunciar el Papa de Europa. Juan Pablo II fue el pontífice al que se le encargó cristianizar de nuevo el este, tumbando el comunismo. El trabajo de Benedicto XVI era volver a cristianizar el occidente: sobre todo el continente europeo. Y este Papa se va. Subrayando una de sus mayores cualidades: la independencia intelectual. ¿Persistirá la Iglesia en su proyecto de apuntalar a Europa o girará hacia otros continentes? En nuestros países, todo serán preguntas en los próximos tiempos. Todos seremos, de un modo u otro, caminantes ante un desfiladero.

Estoy leyendo un magnífico libro de Jordi Pujol, precisamente El caminante frente al desfiladero. Se trata de una obra escrita con una claridad de mediodía solar y una honradez de notario escrupuloso de la historia, sobre todo reciente, de Catalunya y España. Entiendo perfectamente la desilusión que flota en sus páginas: no ignoro cómo se ningunea a los catalanes en el ruedo hispánico. No obstante, mi impresión es que el independentismo puro y duro, aunque sea una reacción natural de la dignidad herida, puede bloquear el proceso de afirmación que busca la sociedad catalana. Me explico: España es una de esas casas europeas con muchas goteras. Muchísimas: se escucha por todas partes el tintineo del agua en las palanganas. Dentro de algún tiempo, los españoles tendrán que votar entre la balsa de Medusa de sí mismos o un nuevo modelo europeo, en el cual Catalunya encontraría su lugar. Por ello, la reacción catalana quizá funcionaría mejor si se se presentara, no como una propuesta contra España, sino como una solución para España. El partido catalán de Europa tendría más recorrido si también hubiera un partido equivalente español.

En Extremadura, ha salido el número 2 de la revista Sudoeste, dirigida por Antonio Sáez Delgado. Excelente publicación, de gran apertura hacia las nacionalidades peninsulares, incluyendo la catalana. Todavía hay puentes. Tal vez el problema sea sobre todo la clase política actual, no la ciudadanía. Si barriéramos a los titiriteros mediáticos que ocupan cargos de responsabilidad, quizá fuéramos capaces de construir la nación europea que ya es una de las patrias de nuestros corazones.

Gabriel Magalhães, escritor portugués.

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