El balance del brexit

La oferta del Primer Ministro de Gran Bretaña, David Cameron, a sus ciudadanos de celebrar un referéndum sobre si salir de la Unión Europea habría podido parecer una apuesta segura hace unos años. Lo más probable es que la mayoría de la población habría votado a favor de quedarse. Eso fue antes de que la crisis griega causara estragos en la zona del euro y la llegada de centenares de miles de refugiados hiciera que la UE (aunque no el Reino Unido) perdiera el control de algunas de sus fronteras.

En realidad, Cameron podría lograr que otros dirigentes europeos accedieran a sus peticiones de reformas, sin lo cual, según ha dicho, no haría campaña a favor del mantenimiento del país en la UE. No son extremas: la garantía de que los miembros que no formen parte de la zona del euro obtengan el acceso pleno al mercado único; menos burocracia en el nivel de la UE; una exención británica respecto de una “unión más estrecha”. Su última petición –menos beneficiosa para los emigrantes de la UE– será la más difícil de aceptar para los dirigentes de la UE.

Pese a su campaña en pro de las reformas, algunos euroescépticos británicos han criticado a Cameron por mostrarse demasiado blando. La tentación de abandonar simplemente lo que parece un barco que se hunde e ir gloriosamente por libre está intensificándose en Gran Bretaña. Es comprensible. La cuestión es si el brexit sería tan glorioso como sus proponentes gustan de imaginar.

Desenganchada de las normas de Bruselas, Gran Bretaña volvería a ser –según prometen las sirenas del brexit– un faro de libertad en el mundo, respetada por China, vinculada con los Estados Unidos en la “especial relación” bilateral y sin perder los vínculos comerciales amistosos con el continente europeo. Los negocios experimentarían un auge, la City de Londres prosperaría y los británicos nunca serían esclavos ni de la UE ni de nadie más.

En realidad, podría no salir tan bien. Como el propio Cameron declaró después de una visita reciente a Islandia, la opción noruega de participar en el libre comercio con la UE sin ser miembro de ella dista de ser ideal. Noruega, como Suiza, sigue teniendo que cumplir las normas sobre el mercado único de la UE, sin tener voz ni voto en su formulación. Además, Noruega paga grandes cantidades de dinero al presupuesto de la UE y debe aceptar la libre circulación de personas (incluidos los refugiados) por sus fronteras.

Por lo que a los EE.UU. se refiere, el Presidente Barack Obama ya ha dicho que se tomaría más en serio a Gran Bretaña dentro de la UE que fuera de ella. De forma similar, el Representante Comercial de los EE.UU., Michael Froman, observó recientemente que los EE.UU. no estarían interesados en negociar por separado un acuerdo de libre comercio con Gran Bretaña.

Todo ello, por cierto, suponiendo que la Gran Bretaña post-brexit siga siendo Gran Bretaña. Los escoceses querrían sin lugar a dudas romper con Inglaterra y volver a adherirse a la UE como miembro independiente, lo que alentaría aún más (como si fuera necesario) a los separatistas de Cataluña y otras regiones frustradas de Europa. Inglaterra ya sólo podría ondear su bandera de San Jorge en Gales e Irlanda del Norte, perspectiva bastante amarga.

Pero hay más posibles partidarios del brexit: algunos unionistas europeos que han considerado la actitud del Reino Unido, con frecuencia obstruccionista, cada vez más irritante. “¡Ya era hora!”, podrían decir, una vez que al final se consumara el divorcio. “Ahora los verdaderos europeos pueden por fin unirse en paz”.

También eso me parece desacertado. Lo más probable es que un brexit fuera tan perjudicial para la UE como para la propia Gran Bretaña. Al contrario de la impresión popular, la UE no está gobernada por la Comisión Europea de Bruselas. Los gobiernos nacionales siguen adoptando las decisiones más importantes en el Consejo Europeo, donde se dedican a sus tejemanejes para hacer avanzar los intereses de sus países.

Alemania, Gran Bretaña y Francia, como las tres potencias mayores de la UE que son, constituyen un contrapeso decisivo. Sin Gran Bretaña, la UE pasaría a ser una empresa francoalemana, en la que Alemania sería en gran medida el socio predominante, y todos los Estados miembros menores quedarían estrujados entre los dos. La verdad es que nadie quiere eso, ni siquiera los alemanes, que son un hegemón reticente. Además, Gran Bretaña y Alemania son aliados naturales para equilibrar las tendencias estatistas de Francia.

En realidad, Gran Bretaña ha tenido un efecto en gran medida positivo en la UE. Europa se ha beneficiado de sus tradiciones democráticas, su apertura al resto del mundo, su intolerancia de las obstrucciones burocráticas e incluso su escepticismo sobre los planes utópicos abstractos. Si hay ahora una ciudad que parece una capital europea, no es Bruselas ni Berlín y ni siquiera París, sino Londres, que alberga a casi medio millón de ciudadanos franceses, además de millones de otros extranjeros.

Sin embargo, existe otra razón por la que el brexit sería un desastre para Europa. Se conviene en general en que los países europeos no pueden abordar por sí solos los mayores problemas de nuestro tiempo, como, por ejemplo, el cambio climático, la inmigración, los imperativos de una economía mundializada y sobre todo la seguridad.

Desde 1945, la Pax Americana ha puesto parches en la incapacidad de Europa para gestionar su propia seguridad. A los europeos les gusta hablar de los valores de la paz y la avenencia, mientras que la fuerza militar de los EE.UU. se hace cargo de su seguridad. Así se ha creado un grado de dependencia que se debería reparar, aunque sólo sea para aliviar a los americanos de su carga y dar a Europa una influencia política que esté a la par con su importancia económica.

Para lograrlo, la UE debe crear una política de seguridad común y una fuerza militar. Será un proceso largo y difícil. Alemania, por razones evidentes, no tomará la iniciativa al respecto. Sólo Francia y Gran Bretaña tienen la fuerza militar suficiente para constituir una base sólida con miras a la defensa europea. Gran Bretaña podría ser, en ese asunto decisivo, la salvadora de Europa. Sin ella, no hay esperanza.

Por desgracia, Cameron está mal preparado para aportar un argumento tan positivo. Dirige un partido que está cada vez más opuesto al proyecto europeo, excluido el comercio, y tendría que superar una posición predominante durante varias generaciones. La última vez en que Gran Bretaña contribuyó a salvar a Europa, estuvo muy sola y con mucho orgullo.

Ian Buruma is Professor of Democracy, Human Rights, and Journalism at Bard College. He is the author of numerous books, including Murder in Amsterdam: The Death of Theo Van Gogh and the Limits of Tolerance and Year Zero: A History of 1945. Traducido del inglés por Carlos Manzano.

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