El banquero bonachón

Por Rafael Argullol, escritor (EL PAÍS, 05/10/08):

Hace un par de años conocí en Londres a un tipo que trabajaba para uno de esos bancos norteamericanos que ahora salen tanto en los periódicos (el Freddie Mac, el Lehmann, el Fannie Mae o alguno similar cuyo nombre no recuerdo). Fue un encuentro fugaz y circunstancial dado que era el marido de una amiga de la infancia a la que no había visto en años y no he vuelto a ver desde entonces.

Me invitaron a cenar en su casa de Chelsea y durante la cena salió a relucir lo caro que era el alquiler de aquella vivienda de cinco niveles y jardín trasero aunque algo angosta, como acostumbran a ser muchas casas londinenses en las que uno se pasa el tiempo subiendo y bajando escaleras. Mis anfitriones añoraban su casa de Park Avenue en Nueva York, una auténtica mansión idílica según deduje. De todos modos, Robert, o Bob, no pagaba el alquiler de su vivienda de Chelsea ya que éste iba a cargo del banco para el que trabajaba. La cifra era considerable: algo así como 10.000 libras esterlinas al mes.

Creo que fue a partir de esta cifra que surgieron de la boca de Robert -Bob más allá del Atlántico- muchas otras cifras. Al contrario de tantos banqueros reticentes a hablar de dinero, me dio la impresión de que él disfrutaba exponiendo números. No lo hacía con arrogancia sino con gran naturalidad y a través de ellos dibujaba su propia biografía. Así me enteré de que antes de ser banquero y broker en Nueva York Robert había ejercido diversos oficios en Liverpool, su ciudad natal, siempre vinculados a negocios más o menos rentables. De la infancia procedía su amor futbolístico por el Liverpool, lo que le hacía odiar al Chelsea, el club de su barrio londinense propiedad de Abramovich.

En cuanto a los números, Robert no me contó lo que ganaba él al servicio del banco pero me dio suficientes pistas para deducirlo mediante los salarios de sus colegas: con lo que cobraba en un año hubiera podido vivir como un rico el resto de su vida. Claro que a Robert esto no le importaba demasiado porque, según era fácil de averiguar, lo que le apasionaba verdaderamente era el juego que había tras las asombrosas cantidades que se podían ganar o perder en una sola operación. Cuando me habló de las cantidades obtenidas por su banco en el último ejercicio, y a las que él había contribuido esforzadamente, mi capacidad de calcular se vio desbordada por el mismo mecanismo con que nos desbordan los astrónomos al hablarnos de las distancias siderales: las cifras demasiado grandes acaban siendo una pura abstracción.

En un momento determinado de la cena, ya en los postres, Robert tuvo que abandonar la mesa para atender una llamada telefónica ineludible. Su mujer, mi amiga de infancia, aprovechó la ocasión para comunicarme lo afortunada que había sido al casarse con él. Al principio su futuro marido le pareció un ejecutivo un poco simplón pero luego resultó un compañero divertido y, con el tiempo, un padrazo para sus dos hijos. Era, en definitiva, una buena persona. Sólo le reprochaba que fuera desordenado y vistiera mal.

Tras la cena fue ella la que se ausentó un rato y yo me quedé charlando a solas con Robert en el jardincito trasero, acogiéndonos ambos al inusual clima cálido de aquella noche primaveral londinense. Me fijé que, en efecto, Robert vestía no mucho mejor que un pordiosero. Tampoco aparentaba ser un sibarita en otras cuestiones y creo que el excelente burdeos que estábamos apurando suscitaba a su paladar la misma excitación que cualquier vino agrio de a 50 centavos el litro. No era un gourmet pero a aquellas alturas de su vida ya era, con toda probabilidad, un multimillonario.

Robert siguió hablando de cifras y operaciones. A mí me intrigaba, sin embargo, la naturaleza de sus negocios. Cierto que entendía que las cosas se compraban y vendían, fueran industrias, bancos, navieras o bosques amazónicos; asimismo no me costaba comprender que el entero mundo era la parcela que estaba en venta y en compra; incluso podía aceptar que todas esas compras y ventas quedaran portentosamente neutralizadas y purificadas en la pantalla del ordenador, algo así como si la carne atormentada de Rubens quedara condensada en las líneas geométricas de Mondrian. Lo intrigante de ese gran negocio no era el conjunto sino la particularidad. ¿Qué había detrás de esa monumental cascada de cifras que brotaba de la boca de mi interlocutor?

Le trasladé esta pregunta a Robert lo más educadamente que pude. Por primera vez en toda la velada me dio la impresión de que se quedaba sorprendido. Por sus ojos observé que no entendía el significado de mi pregunta. La repetí, con otras palabras. La situación no mejoró. Robert estaba azorado pero no por el contenido de mi interrogación sino simplemente porque no la entendía. El desconcierto le hacía mostrarse más desaliñado y, en medio del breve silencio, el grandullón Bob trataba torpemente de meter su camisa medio salida dentro del perímetro de un cinturón que le oprimía de manera ostensible.

Para Robert, pienso, ya no era comprensible que alguien se interesara por el detalle que alteraba aquella magnífica globalidad de su juego. Posiblemente en los lejanos días de Liverpool, cuando estaba en los inicios de su carrera de depredador, aún estaba en condiciones de pensar en el individuo que quedaba afectado por el vértigo de los beneficios y de la codicia. No obstante, en este punto del juego, tal imagen era imposible. Bob, el padrazo Bob, con su aire inofensivo y bonachón, estaba completamente incapacitado para representar en su cerebro la tragedia individual de esos seres humanos a los que él arruinaba en gigantescas e insípidas compraventas con sólo mover una tecla. Es posible que cada mes dejara sin trabajo y sin futuro a miles de personas en esas operaciones que se convertían en un lienzo abstracto desde lo alto del rascacielos donde estaba su despacho londinense. El buen Robert era, quizá sinceramente, incapaz de intuir el mal que propagaba.

Así que acabamos la noche hablando de la época dorada del Liverpool y ya no volví a hacerle preguntas. Recientemente me ha llamado mi amiga, la mujer de Robert. Han regresado a Nueva York y a la mansión de Park Avenue. Me ha invitado a visitarles cuando quiera. Me ha dicho que su marido en la actualidad trabaja por su cuenta. Dejó el banco hace seis meses y le indemnizaron con cinco millones de dólares. “Uno de esos bancos que ahora se ha hundido, ya sabes”. ¡El buenazo de Bob!