El bar del chino

Llevo mucho tiempo enfadándome e intentando entender esta manía del Ayuntamiento de Barcelona de maltratar nuestras terrazas con una normativa que no atiende al sentido común. Incluso colaboré en un libro del Gremio de Restauración de Barcelona donde diferentes personajes públicos apoyaban estos espacios tan característicos de nuestra ciudad.  Estaban Julia Otero, Manel Fuentes, Maruja Torres, Isabel Coixet, Josep Maria Pou o Lluís Llongueras, entre muchas otras personalidades públicas que aman Barcelona y entienden que nuestras terrazas son una bendición que hay que cuidar y proteger.

Primero fue el Cafè Pagès en la calle Torrent de l’Olla. Me quitaron mi mesa favorita. No estaba en la acera, estaba en la entrada, pero por lo visto no era legal. ¿Por qué? Sigo sin entenderlo cada vez que voy y veo ese absurdo rincón vacío donde nos hacen esperar, ahora de pie, a que nos den mesa. Luego le tocó el turno al Intrèpid de Gràcia, otro restaurante de tapas estupendo. Tiene dos mesitas en la terraza y cuatro sillas. Voy con tres amigos y no podemos cenar fuera. Por lo visto, si sacan una silla más les multan.

Y ahora le ha tocado el gordo al bar que tengo enfrente de casa. Lo lleva un matrimonio compuesto por Lin y Sophie y todos lo llamamos con cariño “el bar del chino”. Allí me encuentro cada día con los vecinos del barrio. Tenemos a Pili y Julia, que siempre pillan la mesa de la punta para poder ver si les entra una clienta en su peluquería.  A Filiberto, que siempre está al loro de mis artículos,  da de comer a mi perra Piper y me regala el periódico cuando ya lo ha leído. Las madrugadoras y las primeras en pillar mesa son Luisa y su hija Judit, con las que siempre cotilleo sobre tele, luego están las compañeras de pilates y Andrés, el chico de la ONCE que pasa cada dos por tres y siempre consigue que le compremos algo.

En fin, ¡gente del barrio! Es nuestro sitio, es nuestro bar. El bar del chino. Ese lugar solo tiene 36 metros cuadrados, un servicio y un pequeño almacén. La terraza, donde se hace vida en verano e invierno, está en una calle de más de cinco metros de ancho y tiene tres mesas con cuatro sillas cada una. Pues bien, el otro día apareció una señora del ayuntamiento diciéndole al pobre Lin que tenía que hacer otro aseo o le quitaban la terraza. Los vecinos no dábamos crédito. ¿Qué tendrá que ver la terraza con el lavabo? No lo entendemos. Primero, porque todos hacemos pipí en nuestra casa, y segundo, porque se trata de un bar de tapas y comidas, no de una discoteca. Hay algunos clubs nocturnos que sí necesitarían que alguien les obligase a poner más aseos, pero ¿un bar de barrio? Hace más de 20 años que voy a tomar mi cortado matinal allí y jamás he encontrado cola para ir al baño. Es completamente absurdo.  Pero si mi chino no quiere perder su terraza, tendrá que hacer obras, pagar otro lavabo y quedarse sin almacén.

¡Basta ya de fastidiar siempre a los mismos! A los trabajadores, a los currantes, a la gente del barrio. Sophie y Lin trabajan más de 12 horas al día y no faltan nunca. Ni Navidad, ni vacaciones de verano. Luego nadie da la cara. Que si la culpa es de la alcaldesa Colau, que no, que esto viene de la época de Trias… Como decía mi abuela: “El uno por el otro y la casa sin barrer”.

Señores políticos, ¿quieren hacer el favor de mirar hacia otro lado y poner la lupa en las cosas que realmente importan? Les voy a dar ideas. Multar a las bicicletas que no van por su carril y que se saltan los semáforos. Multar a la gente que escupe y que tira los papeles al suelo. Multar a las personas que no recogen las cacas de su perro. Poner más lavabos cerca de las playas y más ceniceros en las calles para que la gente no tire las colillas al suelo. Multar a los camiones que pasan olímpicamente de la zona de carga y descarga y ocupan un carril para descargar sin que nadie les diga nunca nada. Dejar que las personas podamos comprar la T-10 en el bus y no obligarnos a pagar el billete sencillo. Arreglar las aceras y fumigarlas. Que en algunas calles de la ciudad condal hay más cucarachas que personas.

En serio, déjennos ser felices a los que nos portamos bien. Las terrazas de barrio son muy necesarias. Tenemos la suerte de vivir en el Mediterráneo y hacer vida en la calle. Muchos países del mundo matarían por tener nuestras terrazas. Vamos a cuidarlas y a tratar bien a los que se portan bien. En serio, dejen a mi chino en paz y hagan una nueva normativa de terrazas pensada desde el sentido común. Por favor.

Imma Sust, periodista.

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