El Barça en Marruecos

No soy lo que se dice un aficionado al fútbol. A lo largo de mi vida he puesto tan sólo tres veces los pies en un campo. La primera, a comienzos de los años cuarenta del pasado siglo en el de Las Corts, adonde me llevó consigo mi hermano mayor: el partido no me interesó, pero aproveché mi presencia en el lugar para memorizar -en aquellos tiempos de niño memorión recitaba de carrerilla tanto los establecimientos coloniales franceses en la India como los volcanes andinos de Ecuador-, el nombre de los jugadores del Fútbol Club Barcelona, desde el portero y defensas (Miró, Anguera, Benito) hasta los delanteros (Sospedra, Gracia, Martín, Escolá y Bravo). La segunda vez, unas cuatro décadas después, en un enfrentamiento en Estambul de los eternos rivales Besiktas y Galatasaray: estaba con un amigo en una zona del graderío intermedia de la ocupada por los forofos de los dos bandos y los gritos e insultos y luego los cortes de manga e índices empalmados que apuntaban menos al cielo que a las nalgas del adversario, cedieron paso a una tentativa de lucha cuerpo a cuerpo. Situados en el centro previsible de la lid, no tuvimos más remedio que escabullirnos con poca gloria pero con el alivio de haber escapado de aquel embrollo y desbordamiento. La tercera ocasión, en la ciudad en donde escribo estas líneas, unos 10 años más tarde. Se enfrentaban las alineaciones de Marraquech y Casablanca y no hubo violencia, pero sí manifestaciones de agresivo humor callejero. El público visitante increpaba a los jugadores locales con el término guerraba (así se denomina al aguador de la Plaza, vestido con prendas campesinas y tocado con un gran sombrero de paja, que campanillea para atraer la atención de los turistas); en respuesta, los seguidores del equipo marrakchí coreaban “um-mú Bidawiya; b-bá, saudí” (tu madre es de Casablanca; tu padre, saudí), un eufemismo que en realidad no era tal. Con todo, la sangre no llegó al graderío y las fuerzas del orden se encargaron de canalizar a la salida, por puertas distintas, a los increpadores autóctonos y foráneos.

En lo que va de siglo, la afición marroquí se ha hispanizado. Poco o muy poco se habla en la calle de la Liga francesa, italiana o inglesa, pese a que se transmiten en directo a través de las parabólicas. Muy significativamente, y como reflejo de la globalización del espectáculo, el prestigio de España en Marruecos obedece menos a los grandes cambios operados en ella desde el fin de la dictadura que al impacto del fútbol peninsular en una gran parte de la población. La alineación de los equipos del Real Madrid y del Barça es conocida por la juventud urbana, dividida entre forofos de uno u otro bando. En las ciudades del norte y en Casablanca, Marraquech y Rabat florecen peñas y asociaciones madridistaso del Barça, a veces promovidas por las juntas directivas de los dos clubes, cuyo poder de imantación supera con creces al de los partidos políticos, desacreditados e incapaces de renovarse.

En los barrios populares, las calles se vacían durante la retransmisión de sus partidos. Hay telespectadores con camisetas del Real Madrid y, en número mucho mayor, de su rival barcelonés. Cuando tenía cinco o seis años, el menor de mis tres ahijados poseía las dos. Si ganaba el Madrid, lucía la blanca. Si el vencedor era el Barça, la azulgrana.

En fecha no lejana tuve la prueba concreta del magnetismo ejercido por el club barcelonés. Me había asomado a comprar los periódicos en la Plaza y vi a un grupo de una cincuentena de chavales que corrían desorientados de un lugar a otro. Se habían enterado, según me dijeron, de la presencia de Laporta en la Medina y trataban de localizarlo en los bazares y alcaicerías de Semarín. Otros corros, procedentes de diferentes barrios, perseguían el mismo objetivo. No sé si dieron o no con él, pero el entusiasmo suscitado por el presidente del Barça sobrepasaba el de cualquier figura del mundo político nacional o europeo. De ello tuve una prueba concreta unos días después: de nuevo en la Plaza, vi avanzar una comitiva de limusinas escoltadas por motoristas y precedidas por un vehículo policial. Se detuvieron a una cincuentena de metros de donde yo estaba y al abrirse la puerta situada en el centro, apareció el presidente francés, Jacques Chirac. Los paseantes y habituales del lugar le contemplaron con curiosidad cortés, pero sin emoción alguna: “Mira, es Chirac”. La comparación con Laporta se imponía y me hizo sonreír.

Hoy, la admiración por el equipo de Guardiola se extiende del norte al sur del país y un artículo del semanario independiente y crítico Nichan da cuenta de esta identificación colectiva. Las pintadas de ¡visca el Barça! adornan muchas paredes y muros de la Medina. La enseña azulgrana figura en automóviles, camiones, furgonetas, taxis, ómnibus, motos y bicicletas; en parabrisas y remolques; colgada en el retrovisor interior de los coches, junto al nombre de Alá y la mano de Fátima. Tanto porteadores y limpiabotas como muchachos de aspecto deportivo y estudiantes de secundaria visten sus camisetas con el nombre del jugador favorito.

El día de la final de Copa de Europa entre el club barcelonés y el de Manchester, la vía que va de mi barrio a la Plaza parecía un autobús de transporte público en las horas punta. Los peatones aglomerados en ella asistían gratis al partido frente a las tiendas de electrodomésticos y de televisores conectados en directo con el estadio romano en el que se dirimía el encuentro. Quienes disponían de unos dírhams se apiñaban en los cafés que lo retransmitían o llenaban las dos salas de cine en donde se proyectaba en la gran pantalla.

Yo seguí mi camino hasta la terraza de la que soy asiduo para comprobar que la clientela era escasa y me instalé en ella para leer la prensa, como el día en que, informado de la visita privada a la ciudad del entonces presidente del Gobierno José María Aznar, escondí mi larga nariz tras los periódicos mientras el pequeño séquito que le acompañaba se detenía a escasos metros de mi escondrijo y oía decir al cronista que oficiaba de guía que yo solía estar allí a aquellas horas (mi rápida maniobra ocultativa me salvó de la foto con el futuro comparsa del Trío de las Azores y heroico conquistador del islote de Perejil). El cortejo dio media vuelta y seguí mi lectura con la sonrisa intacta.

Aunque los pocos clientes del café, tanto turistas como nativos, no mostrábamos excesivo interés por la final de la Eurocopa, nos enterábamos de la marcha del partido por las ovaciones que acogían los goles del Barça. Concluido el encuentro, los jóvenes manifestaron su júbilo con una pequeña, pero ruidosa marcha. Según me dijeron después, en las avenidas y calles del centro y de la periferia, tanto en Marraquech, como en Tánger, Rabat y Casablanca, los automovilistas hacían sonar los cláxones y el jolgorio se prolongó hasta la madrugada. Nadie había dictado consigna alguna: el bullicio se producía en las principales ciudades del país de forma espontánea. Mis dos ahijados mayores, gozosos y exultantes, se fueron a jugar al fútbol en un campo de las afueras con otros camaradas forofos del equipo azulgrana.

Me acuerdo al escribir estas líneas de un joven veinteañero entrevistado por unos periodistas de la tele de algún canal árabe, que a la pregunta de por qué candidatura votaría en las elecciones municipales del pasado 12 de junio, respondió con toda naturalidad: “¿Yo? ¡A la del Barça!”.

Juan Goytisolo, escritor.