El Barça y el Madrid

Hace ya muchos años, décadas incluso, cuando empezaba a notarse la última oleada de desafección de Cataluña hacia España, un catalán universal que había pasado buena parte de su vida en el extranjero me dijo medio en serio medio en broma: «Esto se arregla con una victoria por 5 a 0 del Barça sobre el Madrid, en el Bernabéu». Desde entonces, creo que el Barcelona ha goleado al Madrid más de una vez –no sé si en el Bernabéu– sin que se haya producido ese efecto taumatúrgico. Al revés, el «problema catalán» se ha agravado, lo que advierte de que no se trata solo de la típica rivalidad futbolística, sino de algo más profundo y, por lo tanto, más complicado. Si lo hemos complicado nosotros o nuestros políticos, pues nosotros tenemos bastante poco que decir en el asunto, no lo sé. Lo único que sé es que el problema no se solucionará acariciando el ego de los catalanes con una aplastante victoria del que es algo «mes que un club» sobre el Madrid y alcanza desde las fibras sentimentales a las faltriqueras de los catalanes. Aparte de que tampoco está el Barça para ese tipo de proezas. Ni el Madrid para dejarse golear por fervor patriótico, tras los enormes desembolsos que ha hecho en el fichaje de estrellas futbolísticas.

¿Qué le pasa al Barça?, es la pregunta del momento en los corrillos deportivos. ¿Se trata de la lógica decadencia de unos jugadores extraordinarios, que han pasado la cima de su carrera y ya no pueden rendir tanto, o es que los rivales le han cogido el tranquillo a su juego –el famoso tiquitaca– y ya no puede practicarlo con la aplastante superioridad de antes? ¿O es la marcha de Guardiola, alma del mismo? ¿O, como dicen los malpensados, que Guardiola se ha marchado por saber mejor que nadie que el Barça ha sobrepasado la cumbre de su juego y, al menos en la próxima etapa, no podrá ser el de antes? Es posible que el partido de hoy nos aclare alguna de estas dudas, aunque me temo que no todas.

Pues que los acontecimientos de esta naturaleza no obedecen a una sola causa, sino a varias, está también demostrado, y este puede ser uno de los casos. La mejor prueba es que el Madrid, con su equipo de estrellas rutilantes, tampoco está rindiendo lo que se esperaba y le pegan cada susto, no ya otros rivales poderosos, sino equipos modestos que teóricamente eran pan comido. La única explicación es que lo que ha cambiado es el fútbol. Como los coches, que hoy todos son buenos –dependiendo su rendimiento del trato que se les dé–, todos los equipos españoles, reforzados por jugadores hispanoamericanos, africanos e incluso asiáticos, son de temer y ni los más poderosos pueden descuidarse porque, a la menor que se descuiden, se encuentran recogiendo el balón del fondo de su portería. Ello ha hecho la Liga mucho más competitiva y la lucha es a muerte tanto en la cabeza como en la cola, sin que tampoco haya tregua en las zonas medias de la clasificación.

Tenemos el mejor ejemplo esta temporada, en la que el campeonato ya no es cosa de dos, sino de tres, y puede que pronto sea de cuatro o de cinco. Eso es bueno, eso trae emoción, espectáculo, y obliga a los equipos punteros a no dormirse y hace que el problema catalán no pueda solucionarse con un 0-5 en el Bernabéu, porque el Barça puede descarrilar el domingo siguiente en Granada o en donde sea.

Con lo que, sin darnos cuenta, podemos estar dando con una de las claves tanto de las dificultades que están teniendo los equipos consagrados como de los problemas que está encontrando la organización territorial de nuestro país. Que no es el retroceso de los grandes, sino el avance de los pequeños. Hasta hace relativamente poco, en términos históricos, todo lo importante en España ocurría en Barcelona y Madrid. Bilbao, Valencia, Zaragoza, Sevilla tenían prestigio, personalidad, reconocimiento. Pero las decisiones, las tendencias, los acontecimientos ocurrían y se marcaban en la capital de España y en la capital de Cataluña. Esto, sin embargo, ha cambiado, diría decisivamente, en las últimas décadas. Lo que Ortega llamó «la redención de las provincias» se ha producido con suerte varia, pues si unas veces ha ido demasiado lejos –con la construcción de aeropuertos sin aviones, palacios de la cultura vacíos y obras monumentales sin uso–, otras se ha mostrado como un promotor de la cultura de verdad y no pura exhibición o espectáculo. Resultando innegable que todas ellas han experimentado un avance notable en la inmensa mayoría de los campos, con el añadido de que, dado su tamaño, eso que ha dado en llamarse «calidad de vida» es muy superior al de las metrópolis, congestionadas por el tráfico y en buena parte aplastadas por su rápido y desordenado crecimiento. Madrid, por su estómago de avestruz y por continuar siendo la capital del Estado, ha conseguido digerirlo hasta cierto punto, aunque haya perdido aquel aire castizo y simpático que tenía, sustituido por hostilidad de los peatones y agresividad de los conductores. Mientras, Barcelona sufre más la pérdida de la «capitalidad de la cultura», que se ha dispersado por todo el país, así como del lugar de referencia industrial y comercial que tenía, que hoy le disputan ciudades como Bilbao, Valencia, Sevilla e incluso La Coruña, sede de la firma española más conocida en el mundo, Zara.

Únanle el dispararse del nacionalismo, que es inevitablemente provinciano, y tendrán la tormenta perfecta. Los catalanes se resienten de no ser ya los primeros en una serie de sectores donde venían siéndolo desde el siglo XIX. Y siendo este un país de envidiosos, sienten lo que se conoce como envidia negativa: la del que está arriba hacia el que está abajo que se le acerca. En otras palabras: el no sentirse ya los mejores, admirados por el resto de los españoles como antes. La mejor forma de combatir este ruin y autodestructivo sentimiento, como todas las envidias, es hacerlo aún mejor que antes para mantener la distancia. Pero la más fácil y frecuente es echar la culpa a los perseguidores y separarse para continuar en cabeza, aunque ya solos.

Admito que he ido demasiado lejos en mis elucubraciones, pero cuando veo a los expertos sopesar el papel de la psicología, incluso en la economía, me digo ¿por qué no también en la política? ¿Por qué la fórmula futbolística que me propuso mi amigo del problema catalán ya no funciona? ¿O es que, sencilla y fatalmente, no tiene solución?

Pese a los hechos, sigo resistiéndome a ello.

José María Carrascal, periodista.

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