El barrio francés

Se llama el barrio francés quartier français o french quarter en el inglés que ya predomina en esta ciudad-. Pero en cada esquina del casco antiguo, en las fachadas estucadas de las casa decimonónicas, bajo balcones de hierro, hay azulejos delicadamente pintados del escudo real española, con un medallón de tres pequeñas flores de lis, indicando en castellano el nombre que llevaba la calle relevante entre 1762 y 1803. Entonces la ciudad -según rezan los textos pintados- «era la capital de la provincia española de Luisiana». Lo que hoy es Royal Street se llamaba calle Real. «Iberville Street» solía ser calle de la Aduana. Jackson Square era la Plaza de Armas. La catedral y el cabildo, cuyo aspecto español se modifica por sus abundantes arquitrabes barrocos franceses, siguen allí. Estoy en Nueva Orleans, la ciudad emocionante y romántica del Golfo de México, en el sureste de lo que hoy es Estados Unidos.

No sé si a los demás visitantes, pero a mí las placas me recuerdan el hecho de que la historia de la América Latina no se para en el Río Grande, sino que abraza a gran parte de Estados Unidos. La inmensa mayoría del actual territorio nacional se colonizó por España desde 1505, cuando los primeros colonos europeos -tres cerdos y unas cabras y ovejas- llegaron en lo que hoy es suelo estadounidense, en la isla de Puerto Rico. La práctica imperial española de entonces era siempre iniciar un proceso de asentamiento introduciendo a cuadrúpedos comestibles para asegurar una fuente de alimentación adaptada al gusto español. Los primeros pobladores siguieron en 1509, aproximadamente un siglo antes de que se estableciese una colonia permanente de anglosajones en lo que hoy es Estados Unidos. Mientras tanto se lanzaron colonias españolas en Nuevo México y Florida.

En su momento de máxima extensión, hacia 1790, la Monarquía española contaba con las cuencas de los ríos Mississippi y Missouri, y, hacia el oeste, los actuales estados de Texas, Nuevo México, Colorado, Arizona, y California. En el resto del oeste norteamericano, hacia el río Mackenzie, y los límites de la Canadá británica, sus rivales imperiales no eran ni los franceses ni los ingleses sino los imperios indígenas de los comanches y los sioux.

Luego, en los siglos XIX y XX, la historia hispánica de los Estados Unidos se interrumpió. El Imperio español se hundió. México perdió sus inmensas provincias norteñas. Sucedió un episodio de preponderancia anglosajona. Ahora esa etapa está tocando hacia su fin. Parece haber sido un parpadeo breve en la normalidad hispánica de las Américas. Norteamérica se está hispanizando de nuevo. La gente hispanoparlante ya constituye la minoría más numerosa del país. En algunas zonas son la mayoría. Los ciudadanos que se califican de «hispánicos» en el censo oficial son más de 50 millones y siguen multiplicándose. Es más: son una minoría que cuenta en el mercado y en los comicios. En las elecciones a la Presidencia de 2012, más del 70% de los hispanos votaron al presidente Obama. En los estados de Colorado y Nuevo México, ese consenso hispano resultó ser decisivo. Los hispanoparlantes de EEUU han venido a ser, de repente, una comunidad que los políticos de ambos partidos de importancia nacional toman en serio.

Al ser políticamente relevantes, estos hechos ya se conocen y se comentan a menudo en los medios de comunicación. Pero casi nadie en este país – ni, a lo mejor, en España tampoco – se da cuenta de la influencia profunda y continua de la tradición hispánica en la cultura de los EEUU. El concepto de ser un país anglosajón y protestante forma parte de la educación de la gran mayoría de los ciudadanos. La nación, según el concepto rutinario, se construyó mediante una serie de migraciones que salieron de la orilla atlántica hacia el oeste, rellenando el valle del río Ohio en el siglo XVIII, y extendiéndose hasta el océano Pacífico en el XIX. Mientras, otra serie de migraciones desde el sur hacia el norte iba forjando el país, queda sin apreciarse.

Para comprender a una nación, hay que estudiar sus mitos -los cuentos fabulosos que expresan sus valores y que, a pesar de ser falsos, son parte paradójica y esencial de la realidad histórica. En Estados Unidos el mito más potente, por su popularidad, no es el del «sueño americano» ni el de la «tierra de los libres» ni el del «hogar de la democracia», aunque todos éstos tienen su peso, sino el del «héroe americano- el tipo modélico que cada varón, y más de alguna mujer, aspira a imitar. Gracias al cine y los cómics, todos conocemos avatares y manifestaciones de esos héroes -Superman, Batman, Spiderman, Capitán América,- que son, al fin y al cabo, clavaditos: tipos solitarios, que se disfrazan y ocultan su valor bajo un exterior modesto, y que son, en cierto, sentido ajenos a la sociedad a que se dedican como defensores o guardianes.

En Hollywood en los estudios Disney, que son los grandes productores de versiones comerciales de los grandes mitos norteamericanos, se está rodando una película cuyo héroe es el supuesto patrón y origen de todos -el Lone Ranger-, el «llanero solitario» que cabalgaba disfrazado por el oeste en los años heroicos de la frontera norteamericana, como caballero errante: un quijote eficaz que protegía a los buenos y vencía a los malos. Ese personaje ficticio fue inventado en1933 por Fran Striker, un escritor de guiones de radio, y se convirtió en el protagonista de innumerables representaciones en novelas, películas y series de televisión. Las aventuras escritas por Striker son ridículas y, supongo, implícitamente irónicas. Pero su público respondió entusiasmado y el Ranger vino a ser modélico para varias generaciones de norteamericanos.

Es evidente, empero, que el modelo tuvo su propio patrón y que Striker se inspiró en un héroe anterior. El Ranger no era ni más ni menos que una versión anglosajona del Zorro, el personaje inventado por el periodista Johnston McCulley en una serie de romances de la California decimonónica, que empezaron a salir en 1919.

McCulley no reveló nunca sus propias fuentes de inspiración, y los estudiosos e investigadores de la cultura popular han gastado bastante tiempo buscándolas. Según el consenso entre los eruditos del tema, el prototipo más fehaciente es un individuo – tal vez legendario por la falta de pruebas definitivas de su propia existencia – de la California de los años 40 y 50 del siglo XIX. Joaquín Murieta, o Murrieta, se celebraba en los corridos, esos romances cantados en español por juglares y coplistas populares de la época, como el jefe de un bando de proscritos que practicaba su bandolerismo a favor de los pobres y de las víctimas de la conquista de California por Estados Unidos. Sus sentimientos se expresaban perfectamente en las coplas.

De México es California

Porque Dios lo quiso

Y en mi sarape cosido

Traigo fe de bautismo.

Murieta ha venido a ser el representante de una tradición insurgente, de la venganza de los pobres y desdichados, del rechazo del capitalismo, del desafío al imperialismo norteamericano. Es el «jinete atrevido» cantado por Neruda. Así que la ironía es deliciosa e irresistible. Cuando se le quita la máscara, el patrón y prototipo de todos los héroes míticos estadounidenses se desvela como un líder de la resistencia hispana ante la tiranía anglosajona. Si continúan las actuales tendencias demográficas en EEUU y el país viene a ser cada vez más hispano, no será un caso de ruptura histórica, sino de reversión al tipo.

Felipe Fernández-Armesto es historiador y titular de la Cátedra William P. Reynolds de Artes y Letras de la Universidad de Notre Dame (Indiana).

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