El belén de los tartufos

Por Pedro J. Ramírez, director de El Mundo (EL MUNDO, 23/12/07):

Por muy acostumbrados que estemos al desparpajo, la caradura y la falta de escrúpulos intelectuales de nuestros políticos, todo debería tener un límite. Ya que el reglamento no habilita al presidente del Congreso para hacerlo, la Asociación de Periodistas Parlamentarios tendría que crear algún tipo de sanción moral para casos verdaderamente extremos, reabriendo una cárcel de papel como la de La Codorniz o, mejor aún, imponiendo mordazas virtuales durante un tiempo determinado, en homenaje a la que al final de cada episodio silencia al insoportable bardo de Asterix. De hecho el debate del jueves sobre el canon digital no debió concluir sin que alguna autoridad competente castigara al portavoz socialista López Garrido a permanecer un par de semanas colgado de un árbol con la boca herméticamente sellada por haber llegado a alegar que «la derecha defiende la propiedad inmobiliaria pero no la propiedad intelectual» y rematado la faena presentando tan inaudita tasa sobre las hipotéticas intenciones del hombre corriente nada menos que como prueba de que esta ha sido -toma del frasco- la «legislatura de la ampliación de los derechos». Bonita manera de defender la «propiedad intelectual» ésta que se basa en sacarle la pasta al ciudadano raso por si acaso se le ocurre algún día hacer una «copia privada» de una canción y almacenarla en su móvil; para ipso facto entregar la recaudación a una autoconstituida Sociedad de Golfos Apandadores -sigo con mi inocente homenaje al cómic del siglo XX- que por una vez no sienten empacho en apellidarse Españoles.

Incluso en el caso de que ni siquiera se te haya pasado por la imaginación darle jamás tal uso a tu aparato -mire usted, es que yo sólo lo utilizo para hablar por teléfono… perdone, pero es que jamás escucharía música en un chisme así… oiga, es que antes abrirme las venas que someterme a la tortura de reproducir las canciones de los autores que ustedes representan…- tendrás que pasar por las horcas caudinas del canon digital. Y sirva lo de digital tanto por la graciosa y discrecional adjudicación de la sinecura, como por la perpetua presunción gubernamental de que, haga lo que haga el poder, los ciudadanos siempre nos chupamos el dedo.

Apurando el descacharre de la demagógica antinomia de López Garrido, esto es como si todas las comunidades de propietarios de fincas urbanas declararan de interés cultural los portales de sus inmuebles, pusieran precio a visitarlos y lograran gravar a todos los viandantes en previsión de que un buen día se les ocurriera entrar gratis a echar una ojeada en ausencia del portero. O como si los editores de periódicos cargáramos con una gavela equivalente los billetes de metro y autobús para compensarnos del lucro cesante que nos ocasionan todos los viajeros que leen de gorra los titulares de portada, el chiste de Ricardo y la columna de Raúl del Pozo en el ejemplar de su vecino de asiento.

Claro que si los propios émulos de aquella banda de cacos empeñada en hacerle el butrón al Tío Gilito han insertado anuncios bajo el rótulo de «En defensa de la copia privada», omitiendo la aclaración de que es previo paso por caja, tampoco podemos extrañarnos de que en esta neolengua más zapateril -lo digo por la rechifla- que orwelliana se le llame «ampliación de derechos» a la obligación de aflojar la mosca a cambio de un servicio que no quieres consumir. Cuando el Duque de la Rochefoucould proclamó en el siglo del barroco que «la hipocresía es un homenaje que el vicio le rinde a la virtud», no podía imaginar el largo trecho que aún quedaba por recorrer antes de que los derechos de autor encontraran tan sofisticadas «soluciones habitacionales».

Claro que si César Alierta pudo arrancarse con nobleza baturra para proponer a Javier de Paz como consejero de Telefónica, sin que a la primera repetición del estribillo en que necesariamente tuvo que convertirse la presentación en clave de jota de su currículo -«porque es amigo de Zapateroooo… porque de Zapatero es amigoooo»- le entrara la risa floja y todos los presentes estallaran en sonoras y chispeantes carcajadas, no va a ser un curtido bucanero como López Garrido quien se ruborice por hacer de recaudador de la troupe que tantas veces ha actuado gratis et amore bajo la carpa de los festivales de coros y danzas del partido.

La España de hoy ha batido tanto sus propias marcas de doblez y aturdimiento que celebramos con el sentido de la trascendencia que la ocasión requiere la eliminación en el Código Civil de la cobertura legal de los cachetes, capones y pellizcos paternales como prólogo de una escolarización feliz basada en la abolición de los suspensos y síntoma inequívoco del arraigo entre nosotros de los valores pacifistas fruto de la Alianza de Civilizaciones, sin apenas reparar en incertidumbres tan triviales de la misma jornada madrileña como si el hacha que esgrimía el encapuchado albanokosovar número uno llegó a rebanar los sesos del productor José Luis Moreno cuando impactó contra su cráneo en lógica respuesta a su resistencia a facilitar la combinación de la caja fuerte de su domicilio, si el destornillador del encapuchado albanokosovar número dos alcanzó a perforarle el globo ocular cuando ya su voluntad se iba ablandando o si las sádicas patadas que, una vez saqueado el domicilio, le propinó el encapuchado albanokosovar número tres con sus botas paramilitares fueron proporcionales a la demora con que su contumacia entorpeció aquel acto de justicia redistributiva.

Lo que sucede a nuestro alrededor en muchos lugares de Madrid se parece cada día más a las peores escenas de Reservoir Dogs, pero la narrativa oficial continúa anclada entre Shangri-La y la aldea de Heidi. Aún hoy ni Caldera, ni Rubalcaba, ni el propio Zapatero han admitido el calamitoso «efecto llamada» y sus daños colaterales en el auge y endurecimiento de la delincuencia de todos los colores que sigue provocando la atropellada regularización masiva de inmigrantes de hace tres años.

Y si pasamos de la Babel del crimen organizado a la Barcelona estatutaria, nada más coherente con el resto del paisaje que esa escena del pasado miércoles en el Parlament cuando los mismos diputados que en nombre de un pueblo abstracto o incluso inventado exigen ampulosamente «el derecho a decidir», abandonaron el Hemiciclo con hierático desdén en el singular momento en que un profesor universitario -Francisco Caja- se presentó con 50.000 firmas de catalanes con nombre y apellido reclamando una «decisión» tan concreta como el restablecimiento del bilingüismo en la escuela. Y, por supuesto, al día siguiente el interfecto fue displicentemente vapuleado en el patio que pastorean los kapos del patético Collegi de Periodistas -siempre prestos a hacerles el trabajo sucio a las autoridades-, por haber osado preguntar ante los escaños vacíos del partido de Carod si en la Cataluña del tripartito hace falta ser «terrorista» para conseguir que tan siquiera te escuchen.

Claro que en el País Vasco, mientras preparan el partido con el que la selección de Euskadi logrará prevalecer frente a la negra conjura opresora de Manolo el del Bombo, la Guardia Civil y el renegado antiguo medio centro del Athletic Angel María Villar, a los terroristas no sólo les escuchan sino que desde las instituciones públicas se sale directamente en su defensa. Así acaba de ocurrir con la infame reacción del lehendakari Ibarretxe y su consejero de Justicia Azkarraga, acusando a la Audiencia Nacional nada menos que de «encarcelar ideas» por su histórica condena a medio centenar de los que la sentencia -apoyándose en la elocuente ilustración de un Zutabe- presenta atinadamente como remeros de ETA.

Por primera vez los jueces parecen haber comprendido que los comandos de la bomba-lapa o el tiro en la nuca no ocupan sino el escaparate de la banda terrorista y que algunas de las hasta ahora consideradas como meras «organizaciones de apoyo» constituyen en realidad su «corazón» y sus «entrañas». Esto era desde hace años un secreto a voces en el País Vasco, pues como alega Tolstoi la esencia de la hipocresía consiste en que lo que aparentemente engaña a los hombres más sabios es percibido en su forma real «hasta por el menos despierto de los niños». De ahí que nada pueda agraviar tanto a las víctimas como contemplar a tales autoridades autonómicas execrando el propio Estado de Derecho del que emana su legitimidad, para continuar ejerciendo de comadronas y tutores de esa semilla del diablo que es fruto del cruce entre el nacionalismo y la mentira.

La mula y el buey de Batasuna ya saben que en el pesebre del PNV y EA nunca les faltará sustento y cobijo, pues como ha dejado bien claro Urkullu, arrumbando la efímera doctrina Imaz, los derechos históricos del Pueblo Vasco están por encima -como el yugo sobre el cuello de quien lo lleva- de los derechos humanos de los ciudadanos vascos.

Y al belén de los tartufos también llegan los Reyes Magos. Esta vez no vienen de Oriente sino de la propia Audiencia Nacional. Baltasar hace un año más de sí mismo sin necesidad de maquillaje alguno, pero el presente que le trae al niño es la llave del cajón en el que guarda los inconfesables secretos del chivatazo de El Faisán, aquel bar que servía de estafeta a la trama de extorsión de ETA y a cuya puerta quedaban retratados por las cámaras policiales los diversos artistas invitados. Como acaba de desvelar el mismo Fernando Lázaro que descubrió el pastel, en el sumario constan las fotos de todos ellos, incluido el jerifalte peneuvista Gorka Aguirre, a excepción de la de la persona que entró en el recinto con el teléfono móvil desde el que se avisó al recaudador de ETA para que pusiera pies en polvorosa.

Por la misma senda tortuosa y retorcida que en su día eligiera Baltasar cabalga ahora también su émulo Melchor del Olmo quien ya el año pasado por estas fechas hiciera méritos más que suficientes para ingresar en la cofradía de las togas tartufescas al encarcelar a los dos policías honrados, acusados sin base alguna de revelar secretos a EL MUNDO, y, con dureza de corazón propia del desalmado señor Scrooge, negarse a dejarles en libertad provisional hasta que un anónimo benefactor puso el dinero de la desorbitada fianza y escribió a su costa el final feliz de aquel insólito Cuento de Navidad.

Ahora lleva en la mano dos papeles. El primero es la solicitud al Poder Judicial de un permiso pagado para estudiar durante cuatro meses en París la instrucción de procedimientos difíciles vinculados al terrorismo islamista, en cuyo primer párrafo invoca su experiencia como responsable del sumario del 11-M. El segundo es la nota de prensa en la que asegura no haberse «aprovechado» jamás del 11-M, nos acusa de atentar contra su dignidad y revela, como quien no quiere la cosa, que ha hecho donativos a las víctimas del terrorismo. No es casualidad que la primera vez que Tartufo aparece en escena en la obra de Moliére, casi mediado ya el tercero de sus cinco actos, sea para decir que va de camino «a repartir el dinero de las limosnas». ¡Qué bien se las hubiera apañado Marsillach con las narizotas, las gafas de miope y el aire de meapilas de Del Olmo!

¿Y quién nos hubiera dicho hace un año que iba a cerrar esta cabalgata Gaspar Gómez Bermúdez, presunta antítesis por su rectitud, determinación y pericia tanto del Príncipe de la Judicatura como de la Pantera Rosa de la Audiencia y ahora pobre calcomanía de todas sus pifias y vanidades? Pues bien, sic transit gloria mundi. Así caen los imperios y ruedan con estrépito las famas y los prestigios.

El Salomón que partió por la mitad el bebé del 11-M lleva a su reina de Saba a la grupa del camello con la tercera edición de su devocionario de hipocresías en ristre. Encima va echando humo por las orejas, pues no le basta con haber sido exonerado de la revelación de secretos gracias a la laxitud infinita del Consejo, sino que también pretende que la doble condición de cargo institucional de confianza y aventadora de chismes y miserias de la autora quede amortizada por su empleador a beneficio de inventario. So pena, dice el muy truhán, de que quien tome la decisión de ponerla de patitas en la calle se convierta en «cómplice del chantaje de un periódico». ¡Cómo van cayendo las caretas! Ni que el libro lo hubiera escrito una redactora de EL MUNDO…

Es cierto que la cuerda va a romperse por la parte más débil y que lo que clama al cielo no es que la firmante de La soledad del juzgador sea jefa de prensa del Tribunal de Madrid, sino que esté casada con el magistrado que presidió el juicio y fue ponente de la notoria causa que relata. El CGPJ hace la vista gorda en lo más -para no contradecir su anterior manga ancha con Garzón- pero no puede dejar de ceñirse a la letra de la norma en lo menos. En todo caso el problema no es de legalidad, sino de moralidad Quod non veta lex, hoc vetat fieri pudor. Espero que ahora que estamos editando nuestra colección sobre la vida y obra de los grandes filósofos no haya ningún amigo latinista que me coja en falta en la traducción de esta cita de Séneca: «Lo que las leyes no prohíben, puede prohibirlo la honestidad». ¿O hemos llegado al punto en que ni siquiera el presidente de la Sala de lo Penal de la Audiencia comprende que algo puede ser tan lícito como indecente?

Y al belén de los tartufos también llegan los falsos pastorcillos. Dale, dale a la zambomba; toca, toca el almirez. Chaves, tratando de consolarse con su mustia pandereta del ejemplar revolcón judicial que le han dado el director de EL MUNDO de Andalucía Paco Rosell y nuestra letrada Cristina Peña; Maleni, explicando a tontas y a locas que a las inauguraciones no hay que ponerles fechas; y el abuelete Solbes, dejando propinas de uno o dos céntimos para tratar de bajar el IPC. Gadafi ha instalado su jaima en el castillo de Herodes y el gobierno de la Generalitat hace cola para el casting en el que se elegirá al caganer del año 2007.

De todos los personajes de la obra más emblemática de Moliére mi favorito es el de Orgon, dueño de la casa y defensor acérrimo del impostor Tartufo, hasta que la realidad hace caer la venda de sus ojos. En la legendaria versión de Enrique Llovet, montada e interpretada por Marsillach en el 68, ese papel lo hacía José María Prada. Quién tuviera la ductilidad y el don expresivo de aquel actor de calva pronunciada, voz de terciopelo y ojos encendidos para reflejar toda la sorpresa e indignación con que, escondido debajo de las faldas de la mesa, Orgon descubre la cínica falsedad de su protegido. Como buena obra de Navidad yo invitaría a Zapatero a compartir el escondite, conejo en ristre, y escuchar con atención el pasaje en que el hipócrita trata de seducir a la joven esposa de su anfitrión con su, digamos, programa electoral:

«Puedo disipar en vos, señora, esos temores ridículos, pues conozco el arte de eliminar escrúpulos. Verdad es que el Cielo prohíbe ciertos deleites, pero siempre pueden hacerse con él ciertos apaños. Según necesidades diversas hay una ciencia para relajar las ataduras de nuestra conciencia y rectificar la maldad de los hechos con la pureza de nuestras intenciones. Seréis instruida en estos secretos, señora; basta con que os dejéis guiar, satisfaced mi deseo y no temáis nada; yo os respondo de todo y asumo sobre mí el pecado. Mucho toséis, señora».

«¡Rectificar la maldad de los hechos con la pureza de las intenciones!» ¿Le recuerda eso a alguien, señor presidente? ¿Está usted dispuesto a «responder» de algo y a «asumir» algún «pecado»? ¿Cuánto le «toserá» el electorado el próximo 9 de marzo?