El bello espectáculo de la democracia

Elección tras elección, sorprende la atención con la que el resto del mundo sigue las campañas electorales norteamericanas, sin duda el mejor y más envidiable espectáculo de la democracia. La coincidencia con las presidenciales rusas nos ha permitido presenciar el contraste entre una sociedad madura políticamente, que asume la penosa y costosa responsabilidad de participar cada dos años en el largo proceso de seleccionar a sus representantes en Washington, y otra desmovilizada y lejos todavía de entender el sentido real de la democracia, que se deja seducir por el nacionalismo autoritario. Una elección es siempre una fotografía rica de matices del estado de una sociedad. Mientras las primarias norteamericanas nos muestran una ciudadanía viva que actúa en defensa de sus valores e intereses, la rusa refleja una sociedad dividida entre el campo y la ciudad, entre la apatía política y la disposición a asumir su propio destino.

El presidente Obama no ha sido un buen gestor y además ha generado un fuerte rechazo entre gran parte de la población. Era, y en parte sigue siendo, un candidato aventajado para ser un presidente de un solo mandato. Ha logrado evitar que surgiera un contrincante entre las filas de su propio partido, que le hubiera obligado a disputar unas elecciones primarias. Tiene a su favor un cierto repunte económico, que está por ver que se consolide, el no tener que distraerse ni gastar ingentes cantidades de dinero en las primarias y una indiscutible capacidad retórica que hace de él un rival terrible en campaña electoral. Obama sabe comunicar, llegar al corazón del ciudadano, dar a entender lo que en realidad no ha dicho, o lo que dice y no está dispuesto a cumplir. Es un ejemplo modélico de lo que supone ser un político en la época de la comunicación.

Como Obama es perfectamente batible porque genera rechazo y movilización en su contra y ha perdido una parte importante de su electorado, las primarias republicanas comenzaron despertando un gran interés. Viene al caso recordar que en aquel país los partidos como tales son débiles estructuras que se limitan a dar apoyo a los políticos. Son los ciudadanos los que eligen a los candidatos mediante elecciones primarias. Son los electos los que definen la línea del partido, no oscuros aparatos que se deben a otros intereses. Cada dos años se renuevan las cámaras, en parte o en su totalidad, y, por lo tanto, cada dos años la sociedad tiene la oportunidad de reorientar a cada uno de los partidos eligiendo a un candidato u otro en primarias. Hace año y medio la sociedad norteamericana dio un claro apoyo al Partido Republicano y, en especial, a los candidatos más comprometidos con una agenda de valores. La primera interrogante sobre el actual proceso electoral reside en saber si el mandato continúa o si, por el contrario, se impondrá una línea más pragmática.

Tres elementos están caracterizando estas primarias. El primero es la concentración de la opción «pragmática» en un solo candidato, Mitt Romney, mientras que el bloque de valores se presenta disperso en un abanico de opciones, que parece ya reducido a solo dos: Newt Gingrich y Rick Santorum. Este hecho favorece a Romney, que se impone con mayor facilidad en estados que no le son propicios.
El segundo es la paradoja de que el más votado sufre un fuerte rechazo de los votantes de su propio partido. No solo Romney no es reconocido como un hombre de valores firmes, es que además es el padre intelectual de la reforma del sistema de salud que Obama parece haber sacado adelante. Tras fracasar en primera instancia con una opción más ambiciosa, el presidente tuvo que conformarse con aplicar a nivel nacional la reforma que el entonces gobernador Romney había llevado a cabo en Massachusetts. Para muchos republicanos esa reforma supone un atentado contra los principios de la Constitución y del American way of life. Algo inaceptable que justifica una movilización nacional en su contra. La movilización es una realidad y está por ver que la reforma llegue a aplicarse. A este estigma se suma su condición de mormón, lo que para muchos cristianos representa un obstáculo difícilmente salvable para depositar en él tamaña responsabilidad.

El tercero es el papel del dinero. La campaña de Romney dispone de una capacidad financiera muy superior a la de todos sus rivales juntos. Pero lo que constituye una ventaja se trasforma en inconveniente cuando sus victorias son consideradas mera consecuencia del dinero, de su riqueza personal y de los intereses económicos que le respaldan. Para las bases republicanas nos encontraríamos ante un «secuestro» de la voluntad popular, particularmente evidente cuando la mayoría republicana apuesta por el conservadurismo frente a la línea pragmática.

Tras el «supermartes» el futuro no pinta bien para los republicanos. Todo apunta a que Romney conseguirá finalmente la «nominación», pero tras una batalla de desgaste político, físico y económico. Santorum y Gingrich, sabedores de la mayoría conservadora defensora de un programa basado en valores, esperan la llegada de un vuelco, que será imposible mientras ambos se mantengan en liza. La convergencia entre los sectores pragmático y conservador habría sido posible si se hubiera encontrado el candidato idóneo. De hecho lo hubo. Rick Perry, brillante gobernador del estado más rico de la Unión, que reunía sobre el papel todas las condiciones. Buen gestor, hombre pragmático, procedente del Partido Demócrata pero bien visto por la base conservadora. Pero el texano se hundió solo. La síntesis era posible, pero no ocurrió. Hoy el republicanismo está dividido, sus candidatos tocados, y los recursos económicos mermados.

Si, como parece, Romney se hace con la victoria estará en condiciones de imponerse a Obama, pero no lo tendrá nada fácil. Deberá poner en valor el rechazo conservador para atraer el voto independiente, apoyándose en su contrastada capacidad de gestión, tanto pública como privada. Una operación que tendrá que hacer compatible con la movilización conservadora, por aquello del mal menor, así como con la desmovilización de los que se sienten traicionados por Obama, porque Romney no tendría que suponer un peligro para sus intereses a la vista de su pasado. Una estrategia más fácil de describir que de aplicar.

Las personas cuentan y los sistemas electorales influyen. Las primarias norteamericanas nos enseñan cómo incluso en los modelos más representativos la voluntad popular se distorsiona cuando pasa por el crisol de la mecánica electoral y se somete a la inevitable elección entre lo que se le ofrece. No hay un sistema perfecto, y el menos malo es aquel que está enraizado en la propia historia y cuenta con el beneplácito de los ciudadanos. Todos son mejorables y todos deben tratar de adaptarse a una realidad abocada al cambio. Pero siempre con la vista puesta en servir a la voluntad popular y evitar la dictadura de los partidos.

Por Florentino Portero, analista del Grupo de Estudios Estratégicos.

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