El bicentenario que nadie quiere celebrar

Ninguna serie de televisión sería tan trepidante y dramática como esta. Fíjense simplemente en el menú de la Primera Temporada.

Episodio primero: La Arenga.- El coronel Riego, un joven lampiño de armoniosas facciones, arenga a una selva de barbas y mostachos, montado sobre su caballo blanco, con un sable curvo pendiente de sus tirantes blancos de charol. A su lado hay un perro de lanas blanco. Su adjunto, el capitán Rabadán, ve en él a "un hombre enviado del cielo para romper las cadenas de la Patria".

Es el 1 de enero de 1820 en la encalada plaza de Las Cabezas de San Juan. El regimiento Asturias se subleva. Un "¡Viva la Constitución!", seguido de un "¡Abajo la tiranía!", brota de todas las gargantas. Un comerciante larguirucho, llamado Mendizábal, y apodado "Juan y Medio" por su altura, prepara la expedición para levantar en armas Andalucía. Un militar bajito y miope de aire intelectual, Evaristo San Miguel, escribe los versos que cantarán durante la marcha: "Soldados, la patria/ nos llama a la lid/ juremos por ella/ prefiero vencer o morir".

Episodio segundo: Los Mártires.- Mientras se dirigen hacia Cádiz, los sublevados rememoran las desdichas de quienes lo intentaron antes. Un soldado desvela que fue miembro de la partida de "El Marquesito" en la guerra contra los franceses y narra la forma en que fue traicionado cuando, ya convertido en general Díaz Porlier, proclamó la Constitución en La Coruña. "Vi cómo lo llevaban vestido de verde y montado en un asno hasta el Campo de la Leña. Lo ahorcaron a los 27 años".

Otro soldado cuenta, orgulloso, que formó parte de la Conspiración del Triángulo y recuerda cómo le tocó vigilar el portal de Pepa "La Malagueña", en el barrio de La Latina, cuando barajaron asesinar a Fernando VII -él le llama "Narizotas"-, a la salida de una de sus citas amorosas. Un tercer militar dice que tuvo la desdicha de ser parte del pelotón que fusiló al general Lacy en Mallorca, tras su pronunciamiento en Barcelona. Y que luego, para más inri, le tocó vivir en Valencia, la sangrienta represión del general Elío, cuando fusilaba por la espalda a los jóvenes liberales y colgaba sus cadáveres vestidos con sudarios negros.

Episodio tercero: El Sexo en Palacio.- En el Palacio Real de Madrid, Fernando VII recibe la noticia de la sublevación con la misma indiferencia con que afrontó las anteriores. Lo único que le inquieta es que pueda impedir la salida de la flota que debe combatir la independencia de las colonias americanas. Habla de ello con su amigacho Ugarte que ve peligrar el negocio del suministro de los barcos rusos, podridos por la carcoma, que él mismo ha contratado con el embajador del Zar.

La obsesión del Rey es alternar las aventuras con las cortesanas más famosas de Madrid con la actividad sexual con su tercera esposa, la dulce María Amalia de Sajonia. Su priapismo coincide con la razón de Estado. Necesita un heredero. Llevan cuatro meses casados y nada. La noche de bodas dejó traumatizada a María Amalia. Por eso han viajado al balneario de Sacedón, pero durante el polvoriento trayecto ha exclamado: "De este viaje salimos todos preñados menos la Reina". Su problema está en el confesor de palacio al que considera culpable de la resistencia y frigidez de María Amalia. Habla de escribir al papa y quitárselo de encima.

Su hermano, Carlos María Isidro, intriga en favor de una política aún más represiva y alineada con la Inquisición. Le secunda su cejijunta esposa portuguesa, María Teresa de Braganza, a quien llaman la "mujer tigre". El único contrapunto liberal es la sensual y fértil napolitana Luisa Carlota, casada con el otro hermano del Rey, Francisco de Paula, a quien se considera hijo de Godoy y no de Carlos IV. Fernando encarga a Enrique O'Donnell, conde de la Bisbal, que se dirija a Andalucía con un contingente militar para sofocar la rebelión.

Episodio cuarto: Cuando Todo Parecía Perdido.- Pese a su coordinación con las logias masónicas y el dinero vertido por Mendizábal, fracasa el intento de Riego de sumar a la guarnición de Cádiz a la sublevación. Cuando un grupo de paisanos intenta proclamar la Constitución en la Plaza de San Antonio son acribillados por las tropas adictas al absolutismo. La columna de Riego, ya conocida como Ejército de la Isla (de San Fernando), vaga de un punto a otro de Andalucía.

Cerca de Málaga, Riego se reúne con el joven periodista, Andrés Borrego, y le cuenta cómo el temor de los soldados a embarcase en aquellos desvencijados barcos, que consideran "ataúdes flotantes", ha galvanizado la rebelión. También le explica que ha tenido que actuar por su cuenta, toda vez que uno de los generales implicados, el propio conde de la Bisbal, les traicionó a todos y descabezó el movimiento en la "jornada del Palmar".

Pasan los días, las semanas y, falto de apoyos y suministros, Riego cambia de rumbo y se dirige resignado hacia la frontera con Portugal. Al menos podrá eludir la negra suerte de Porlier o de Lacy. Todo parece perdido, cuando los levantamientos en La Coruña, Zaragoza y otros lugares inducen a Enrique O'Donnell a volver a cambiar de bando y proclama la Constitución en Ocaña. Fernando VII se inclina por el pragmatismo y, tras airadas discusiones con don Carlos, decide aceptar que una junta interina convoque elecciones y se prepara para jurar la Constitución del 12: "Marchemos todos, y yo el primero, por la senda constitucional".

Episodio quinto: Entre tanto en Paris y Londres.- Luis XVIII engorda y envejece en las Tullerías bajo el régimen de la Carta Otorgada, con un primer ministro tolerante, Decazes, que hace las veces del hijo que nunca tuvo. Su monótona viudez sólo se ve alegrada cada miércoles por la ritual visita de su última amante, Zoe Talón, más conocida como Madame Du Cayla. Pese a estar relegado a una silla para inválidos, aún intentan algunas acrobacias sexuales que obligan a intervenir al servicio cuando el Rey rueda por los suelos.

Su mundo se resquebraja, cuando su sobrino, el Duque de Berry, tercero en la línea de sucesión, es asesinado por un bonapartista a la salida de la ópera. Muchos descubren entonces que ha estado casado en secreto con una inglesa y que su esposa oficial, María Carolina de Nápoles -hermana de Luisa Carlota-, está embarazada del que será llamado "hijo del milagro". El hermano del Rey y padre de Berry, el reaccionario Duque de Artois, exige venganza. Decazes es destituido y Luis XVIII se fija en los sucesos de España para ajustar cuentas con la Revolución.

Su principal obstáculo está en la Corte de San Jaime donde Jorge IV se ha convertido de Príncipe-Regente en Rey, tras la muerte de su padre demente. Entre fiesta y fiesta en la mítica Carlton House, entre aventura amorosa y aventura amorosa -guarda en cientos de sobres mechones de pelo de otras tantas amantes-, el Rey también dedica su atención a los asuntos de España, tradicional campo de batalla para dirimir sus querellas con Francia. Mientras el duque de Wellington presenta propuestas de mediación, basadas en la reforma de la Constitución de Cádiz, el ministro de Exteriores Castlereagh presenta síntomas de desvarío y cree que una prostituta con la que se acuesta es un hombre disfrazado de mujer.

Episodio sexto: Los Presidiarios.- En los presidios africanos de Ceuta, Melilla o Vélez de la Gomera los prohombres del liberalismo español, como Martínez de la Rosa, José María Calatrava o el "divino" Argüelles reciben alborozados la noticia de que volverán a España con todos los honores. Al despedirse de quienes les han acogido en su destierro, recuerdan la ignominia de su detención en Madrid, seis años antes, en una gran redada nocturna ordenada por Fernando, tras derogar la Constitución a instancias de los firmantes del reaccionario "Manifiesto de los Persas". También repasan sus calamidades y dedican un especial recuerdo a compañeros de infortunio que no viven ya para contarlo.

En Málaga son recibidos y agasajados como héroes. Calatrava se reencuentra con su esposa y le escribe a un amigo: "Paz es una heroína. Ha sabido soportar la desgracia con la misma firmeza que la prosperidad". Llegan a tiempo de presentarse a las elecciones para constituir unas nuevas Cortes. Fernando encarga a Argüelles que forme gobierno, reservando sólo la cartera de la Guerra para el Marqués de las Amarillas. El propio Rey se burla de los demás ministros, denominándolos el "gobierno de los presidiarios".

Episodio séptimo: El Trágala de Riego.- En las tertulias políticas del Madrid de los cafés se debate acaloradamente la decisión del gobierno de disolver el Ejército de la Isla para evitar la sensación de estar bajo tutela militar. El carismático Alcalá Galiano es el ídolo de La Fontana de Oro. El atrabiliario Romero Alpuente, al que empiezan a llamar "el Marat español", clama en el café de Lorenzini para que rueden cabezas. Fernando VII no tiene más remedio que aceptar la destitución del Marqués de las Amarillas.

Riego llega a Madrid, en medio del fervor popular, e intenta revertir la decisión del Gobierno. Sólo logra que le nombren capitán general de Galicia. La efigie del héroe aparece en abanicos, polveras y pitilleras. Asiste en el Teatro del Príncipe a una función en su honor. Al finalizar, el público no sólo entona el "Himno de Riego", sino también el "Trágala" con el que se execra a los serviles o absolutistas. Argüelles toma la decisión de destituir a Riego y le envía, sin mando alguno, a su Asturias natal.

Episodio octavo: Masones y Comuneros.- Las Cortes, reunidas en el palacio de doña María de Aragón, hoy sede del Senado, celebran una tormentosa sesión durante la cual Argüelles amenaza con "abrir todas las páginas" de una supuesta conspiración republicana. Sea por falta de pruebas o por prudencia política, todo queda en un amago. Durante el debate se perfilan por primera vez los dos bandos del Trienio constitucional: los doceañistas o liberales históricos que apoyan al Gobierno, con Martínez de la Rosa y el conde de Toreno a la cabeza, y los veinteañistas que toman partido por Riego, con Romero Alpuente y Moreno Guerra como figuras destacadas.

Esta bifurcación se plasma en las sociedades secretas. Los moderados se encuadran en la Masonería y los radicales en la Comunería. Gran parte de los agitadores de la Fontana y el Lorenzini pasan por el ritual iniciático de la Comunería, velando sus armas en el "patio" del local habilitado como "castillo", al modo de los comuneros de Castilla cuando se rebelaron contra Carlos V.

Episodio noveno: La Crisis de la Coletilla.- Tras varios meses de tensión entre el Rey y su "gobierno de presidiarios", a propósito de algunas leyes avanzadas o nombramientos militares, la crisis estalla en la apertura del nuevo periodo de sesiones en las Cortes. Tras leer dócilmente el discurso que le ha preparado Argüelles, Fernando VII se salta el guión y añade una áspera "coletilla" de su propio cuño, reprochando a los ministros no proteger adecuadamente al trono y al altar de la subversión. Acto seguido, los destituye a todos y pide consejo a las Cortes para sustituirlos por otros.

Calatrava lidera la posición dominante entre los diputados que consiste en darle la callada por respuesta. Fernando forma un ministerio de figuras de tercera fila mientras crece su descrédito entre la población. Surge la sociedad secreta del Anillo como partidaria de una tercera vía, la de la reforma constitucional, que evite el choque frontal entre los radicales y el Rey.

Episodio décimo: Del Trapense al Cura de Tamajón. Las partidas absolutistas empiezan a asolar diversos lugares de España, a modo de preámbulo de lo que serán las guerras carlistas. La figura del cura trabucaire, heredada de la guerra contra los franceses, vuelve a estar a la orden del día. El más notorio de todos ellos es Antonio Marañón "El Trapense" que moviliza a los campesinos con su mística reaccionaria. Pronto surge la leyenda de que es inmune a la pólvora del ejército liberal. Él mismo la fomenta, amañando que le disparen balas de fogueo ante sus fieles.

La trama ultramontana ha prendido, entretanto, en Palacio, al amparo de don Carlos y la "mujer tigre". El capellán de honor Matías Vinuesa, cura del pueblo de Tamajón, es detenido con un documento titulado "Plan para conseguir nuestra libertad". Propone que el Rey convoque a los ministros para que su hermano irrumpa con una fuerza armada y los detenga. Vinuesa es condenado a diez años de prisión, pero en los cafés patrióticos se reclama la pena de muerte. Los más exaltados asaltan la Cárcel de la Corona, sin resistencia gubernamental alguna. Encuentran la celda abierta y liquidan al cura de Tamajón a martillazos y puñaladas.

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La Segunda Temporada incluiría la revolución dentro de la revolución, con la sublevación comunera en Andalucía; la “batalla de las Platerías”, a costa de una manifestación encabezada por un retrato de Riego; el debate parlamentario del “misterio del sobre cerrado”, en el que Calatrava pidió apoyar al Gobierno para que pudiera ser destituido a continuación; el fallido autogolpe de Estado de Fernando VII, con la sangre corriendo por las calles de Madrid; y el Congreso de Verona, en el que se dio luz verde a la intervención en España, entre intrigas diplomáticas y chichisbeos amorosos.

Y para la Tercera Temporada quedarían el ultimátum a España; la efímera gloria parlamentaria de Argüelles y Galiano al rechazarlo; el asalto de los masones al Palacio Real, hasta la antecámara misma de la reina María Amalia; la invasión de los Cien Mil Hijos de San Luis, a las órdenes del duque de Angulema, casado con la hija del guillotinado Luis XVI; la huida de la Corte a Sevilla, pese al filibusterismo del Rey; el nombramiento del abnegado y probo Calatrava como jefe del último gobierno liberal; la fatuidad de Chateaubriand, como cerebro de la invasión, ante sus amantes; la traición de los generales encargados de detener a los franceses; la incapacitación temporal de Fernando VII y su llegada como rehén a Cádiz; la toma del Trocadero por los franceses; la baldía resistencia en Cádiz hasta la rendición de la plaza; la entrega de Fernando VII al Duque de Angulema; la felonía del Rey al incumplir las garantías dadas por escrito a los derrotados; la huida de los políticos liberales a Londres y la ejecución de Riego en la Plaza de la Cebada.

Basta leer este resumen para darse cuenta de que antes veremos a Netflix o HBO producir una serie que se llamaría Trienio, en la que la épica de la revolución liberal se mezclaría con la intriga diplomática, las hazañas bélicas, el sexo y las demás pasiones humanas, que al gobierno de Pedro Sánchez conmemorar el bicentenario de aquel primer régimen constitucional de nuestra Historia. Entre otras razones, porque tampoco hay ninguna fuerza ni aliada ni opositora que se lo pida; pese a que, con la excepción de Vox y los nacionalistas, todas son tributarias de aquella misma estirpe del primer liberalismo.

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Que este miércoles vayan a cumplirse 200 años del pronunciamiento de Riego, episodio equivalente a la caída de la Bastilla, sin que haya ni una simple exposición, ni un acto político o académico programado para evocarlo, es una vergüenza nacional que retrata a nuestros dirigentes.

También la Junta de Andalucía del PP y Ciudadanos arrastra ese baldón y, en menor medida los ayuntamientos de Madrid, Sevilla y Cádiz. Pero si hubiera que concentrar el reproche en una figura concreta esa sería, desde luego, la de la vicepresidenta Carmen Calvo que, reuniendo la condición de profesora de Derecho Constitucional, andaluza e historiadora por parte fraterna, y teniendo en sus manos todos los resortes para organizar este tipo de conmemoraciones, ha eludido su cita con la fragua de la democracia en España, como si el Trienio sólo fuera un vago recuerdo con el que abanicarse.

Una fatal combinación entre el heredado desdén del franquismo hacia todo lo que suene a liberalismo y masonería y la sustitución de la Nación constitucional por la pléyade de naciones, requeridas por el separatismo, en marcha, ha venido a asfixiar, bajo la almohada somnolienta de la negligencia, la principal de nuestras efemérides contemporáneas.

Porque de la desventura de la libertad que representó el Trienio Liberal surgió un siglo entero de porfías políticas democráticas, a través del régimen isabelino, la Restauración y las dos Repúblicas; y de proyectos intelectuales librepensadores, desde el ateneísmo hasta la Institución Libre de Enseñanza, desde el krausismo a la teosofía, desde el romanticismo al regeneracionismo.

Pobre país el nuestro. Qué clase política tan rala e ignara nos representa. Un lustro después de la mascarada de la falsificación del tricentenario del 1714, como guerra imaginaria entre España y Cataluña, desperdiciamos una oportunidad única de rememorar el combate titánico y desdichado que vinculó para siempre la forja de la Nación española con el ansia de libertad, justicia e igualdad que late en todo corazón humano.

Tal vez sea un símbolo más elocuente, de lo que podría parecer a simple vista, de la nueva felonía que están a punto de consumar quienes vuelven a considerar al Estado patrimonio no de una familia, pero sí de dos jefes de partido compinchados. Sólo así se explicará que cuando mañana lunes presente su informe, la Abogacía se erija en defensora de Junqueras y no del Estado. Así se venderá la primogenitura, fruto de 40 años de estabilidad constitucional, por el plato de lentejas de una investidura gestada bajo el chantaje.

Y, puesto que Barcelona fue la ciudad que más se distinguió en la vanguardia de aquella revolución liberal -a ver cómo encaja en el relato lineal del nacionalismo que un siglo después del supuesto trauma, la agenda política en nada sea identitaria-, a Pedro y a Pablo les dedico esta cita del órgano masónico El Indicador Catalán, instando a los comuneros la unidad constitucional:

"Los Agustinos y los Tomistas explican de manera diferente el cómo obra en nosotros la gracia; y tan cristianos son los unos como los otros. Vosotros podéis decir: "¡Viva Padilla!". Nosotros, "¡Viva la luz!". Conformándonos ambos en aclamar con preferencia y decir: "¡Viva la Patria y la libertad Española!". Las mayúsculas son suyas.

Pedro J. Ramírez, director de El Español.

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