El bien y el mal en la escuela

Por Reyes Mate, profesor del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (EL PERIÓDICO, 26/11/06):

Sorprende levantarse una mañana y leer en el periódico, de boca del portavoz de los obispos, que “el Estado no tiene competencia para definir el bien y el mal moral”. Lo dice a propósito de la nueva asignatura llamada Educación para la ciudadanía. Y como monseñor se malicia que en la escuela se va a hablar “del bien y del mal moral”, amenaza con un motín católico, pues, en ese caso, señala, “los padres tendrían pleno derecho a ejercer su objeción para que sus hijos no tuvieran que cursar una asignatura que contradice sus convicciones morales y religiosas”.
Pero, vamos a ver: ¿desde cuándo no se puede hablar en la escuela del mal y del bien, es decir, de valores? A los obispos españoles les cuesta entender que la democracia no es solo una organización técnica de la vida social, sino también una forma de convivencia basada en valores como la libertad, la igualdad y la solidaridad. Y es lógico, por tanto, que en la Educación para la ciudadanía se tome partido por la tolerancia, la responsabilidad o la justicia.

EN LA ESCUELA democrática se instruye al alumno en técnicas o conocimiento que le servirán para ganarse la vida y, también, se le educa en valores. La escuela es instrucción y educación, por eso hay que explicar en qué se fundamenta la tolerancia o cuál es el alcance de la responsabilidad o de qué hablamos cuando predicamos los derechos humanos o por qué el antisemitismo es una tentación que sigue vigente.
¿Por qué les cuesta a los obispos españoles entender algo tan elemental? Ellos tienen en su poder los borradores de los contenidos básicos de esta asignatura en sus distintos cursos. Y en ellos se habla ciertamente de la familia, que parece ser el caballo de batalla. Ahora bien, lo que ahí se dice es lo siguiente: “Relaciones humanas. Familia y relaciones entre hombres y mujeres. Relaciones intergeneracionales. Cuidado de las personas dependientes. Valoración crítica de la división social y sexual de trabajo y de los prejuicios sexuales”. ¿En qué ofende eso a la moral? Nótese que la programación estatal no dice cómo tratar esos asuntos, sino que se traten. ¿Acaso no se puede hablar de la familia en la escuela? Sin duda temen los obispos que los profesores no hablen de la familia como ellos hablan, pero ¿desde cuándo la libertad de cátedra es una inmoralidad? El texto en cuestión es decidido a la hora de plantearse los valores sobre los que descansa la Constitución, y es prudente en los discutibles. Esta asignatura no es una religión para laicos, por eso no puede ser, como quiere Juan Antonio Martínez Campos, el portavoz episcopal, una alternativa a la clase de religión. Lo que ahí se trata afecta e importa a todos los alumnos.
El mundo al revés. Los obispos, en vez de plantearse si tiene cabida, dentro de las visiones del mundo, que se pueda presentar en la escuela la visión católica, niegan a la escuela el derecho a presentar visiones del mundo que no sean la suya. Les vendría bien leer y viajar, es decir, enterarse de cómo se han planteado estos asuntos otros episcopados más experimentados en convivencia con el sistema democrático. Por ejemplo, el alemán. Ellos sí provocaron un debate sobre la necesidad de que en la escuela se hablara a los alumnos de visiones del mundo y convencieron a la sociedad de que la visión cristiana del mundo tenía su sitio en la escuela. Pero no se les pasó por la cabeza hacerse un sitio negando el derecho a los demás. Estaban convencidos de que disponían de argumentos sólidos para defender los valores cristianos, contrastarlos con otros y salir bien librados. Es la diferencia entre un catolicismo reconciliado con la democracia y otro que recela de ella.
El recelo de la Iglesia católica española contra la democracia está alcanzando cotas alarmantes. Un día es la escuela, otro la unidad de España o la negativa a financiarse como Dios manda. No se trata, en absoluto, de cuestionar su legítimo derecho a la crítica en nombre de valores superiores. Lo que no se entiende es que cuestione reglas básicas del juego democrático en nombre de principios políticos pre o antidemocráticos, como esta idea peregrina de que la escuela no puede hablar de valores.

QUIENES estamos convencidos de que la política, sobre todo la democracia, necesita retroalimentarse de tradiciones como el cristianismo, lamentamos que la Iglesia católica gaste su capital en batallas que desacreditan su propia causa. Precisamente para consolidar los valores que defiende la asignatura Educación para la Ciudadanía es necesario la aportación del cristianismo. La humanidad ha aprendido en esa fuente algunas de sus más grandes lecciones en humanidad. Cuando Hannah Arendt desarrolla su teoría del perdón político, acude a Jesús de Nazaret; cuando los politólogos modernos, como Alain Badiou o Giorgio Agamben, quieren hablar de fraternidad humana acuden a Pablo de Tarso, el mismo que decía que “ya no hay más judío ni griego, ni esclavo ni libre, ni varón ni hembra, pues todos vosotros hacéis uno”. Es la Biblia el primer lugar en el que el extranjero deja de ser un bárbaro para convertirse en uno de casa.
Occidente es impensable sin el cristianismo: ¿por qué dilapidar esa herencia universal con peleas tan ramplonas?