El Bin Laden que conozco (1)

Por Fawaz. A. Gerges, autor de Journey of the jihadist: inside muslim militancy (Orlando, Harcourt Press, 2006), catedrático de Oriente Próximo y asuntos internacionales del Sarah Lawrence College (LA VANGUARDIA, 10/09/06):

En noviembre de 1996, cinco meses después del atentado que cometió Al Qaeda en las torres Khobar de Arabia Saudí, y cuando faltaban menos de cinco años para que perpetrara los atentados de Nueva York y Washington, el embajador de Bin Laden en Gran Bretaña se puso en contacto con el subdirector del periódico en lengua árabe y publicado en Londres, Al Quds al Arabi.Tras intercambiar las cortesías de rigor, Jaled al Fauaz fue al grano. ¿Su oferta? Un viaje a Afganistán para reunirse y entrevistar a Osama bin Laden, que desde hacía poco estaba en paradero desconocido.

Para el director, Abdel Bari Atuan, un influyente crítico de los regímenes autoritarios árabes así como de la política exterior estadounidense, la propuesta resultaba interesante y, al mismo tiempo, extraña: por lo general, acostumbra a ser el periodista quien pide una entrevista. Aun así, Atuan no quería que los protocolos habituales se interpusieran en su camino. Aceptó la oferta de Al Fauaz y, al cabo de unas semanas, se pasó dos días entrevistando, hablando, observando y durmiendo junto al jefe terrorista buscado internacionalmente.

El resultado es el nuevo libro de Atuan, The secret history of al Qa´ida,en el que relata por qué se pusieron en contacto con él para reunirse con el hombre del que “sin lugar a dudas creía… que iba a desempeñar un papel muy importante en la historia de su tierra natal, Arabia Saudí, y del mundo musulmán en general”. Bin Laden “desarrolló un gran sentido sobre cómo utilizar a los medios de comunicación, y cuando decidió declararle la guerra a Estados Unidos, quiso que todo el mundo lo supiera”. Con anterioridad, Osama bin Laden reconoció que la guerra de los medios de comunicación era tan importante, si no más, que la de verdad. Invitó a una serie de periodistas extranjeros, no sólo a Atuan, a los que consideraba simpatizantes de las causas musulmanas.

Atuan no es el primero que detalla la maestría del famoso jefe de Al Qaeda para manejar a los medios de comunicación. En el verano del 2005, el periódico en lengua árabe Asharq al Awsat publicó las memorias de Abu al Ualid al Masri, un miembro de alto rango de Al Qaeda. Abu al Ualid fue uno de los árabes afganos (muyahidines) más importantes que rompieron con Bin Laden a causa de los atentados del 11-S y que expresó sus quejas en público. Pintó un retrato oscuro de Bin Laden, en el que lo describía como un autócrata que dirigía Al Qaeda como si se tratara de un feudo tribal.

La parte más reveladora de las memorias de Abu al Ualid es su descripción del “inmenso encaprichamiento” de Bin Laden con los medios de comunicación internacionales. Le regocijaba ser el centro de atención, y ni tan siquiera el jefe de los talibanes, el mulá Omar, podía refrenarlo. Bin Laden estaba dispuesto a sacrificar Afganistán y al mulá Omar en el altar de su campaña de relaciones públicas.

Tan preocupado estaba por su imagen Bin Laden que se negó a que Atuan le grabara la voz durante la entrevista. ¿Por qué? El consejero de prensa de Bin Laden le explicó a Atuan (extraoficialmente, por supuesto) que el “jeque” tenía miedo de cometer errores gramaticales o teológicos que, en caso de quedar grabados, podrían empañar su imagen pública. “Me di cuenta de lo consciente que debía de ser de su imagen en el mundo islámico – comenta Atwan- y de que deseaba ser un muftí (una autoridad experta en la charia, capaz de dictar fetuas)”.

A diferencia de Abu al Ualid, el retrato que Atuan hace de Bin Laden encaja a la perfección con la imagen que el jefe de Al Qaeda y sus hombres querían transmitir al mundo: virtuosa, carismática, humilde, no autoritaria, valiente y venerada por sus seguidores. El autor dice que cuando se reunió con Bin Laden, se quedó paralizado: “Me abrazó afectuosamente y me preguntó sobre el viaje. Me sentí como un invitado de honor, y me trató con el mayor respeto”. El encanto de Bin Laden funcionó con Atuan, que dice que se sintió muy cómodo en su presencia y que tuvo la sensación de que se trataba de alguien muy próximo a él, aunque era la primera vez que lo veía: “Tal vez ésa es la esencia de su carisma”, escribe Atuan. También da por sentada la afirmación de Ossama bin Laden de que no posee ambiciones políticas personales y que sólo aspira a alcanzar el paraíso mediante el martirio, más temprano que tarde.

Sin embargo, Bin Laden es un animal político más complejo de lo que Atuan cree. Ha trabajado duro para forjar una imagen pública de sí mismo como líder moral dispuesto a sustituir a los gobernantes árabes sumisos y corruptos. Se describe como la vanguardia de una nueva generación desinteresada y sacrificada. Desde luego, es muy fácil recordar al Bin Laden anterior al 11-S como una figura militante y casi pintoresca, y Atuan admite sin reparos que ni tan siquiera él pudo predecir que las manos de Bin Laden estarían tan manchadas de sangre al cabo de tan pocos años. Pero si el objetivo de Bin Laden al invitar a Atuan (y a otros importantes periodistas) a su escondite de Afganistán era el de difundir una imagen de sí mismo en los grandes medios de comunicación como un defensor pío del pueblo árabe, lo consiguió.