El bluf federalista

Como seguro que recuerdan, Audrey Hepburn interpreta en el filme Sabrina, de Billy Wilder, a la hija del chófer de unos magnates norteamericanos, enamorada perdidamente del hijo más joven. Después de intentar suicidarse, el padre de Sabrina la envía a París a estudiar en una escuela de cocina. En una escena inolvidable por su comicidad, Sabrina intenta torpemente hacer un suflé. El chef revisa los resultados de sus aprendices (“Bajo. Blando. Duro.. Comme ci, comme ça…”) y, cuando llega a Sabrina, murmura: “¡Está crudo!”. Ella, desolada, dice que no sabe qué ha pasado, pero un compañero la saca de dudas: “Yo le diré qué es lo que ha pasado. Simplemente, que se ha olvidado de encender el horno”. Y añade una observación memorable, para justificar que Sabrina tiene mal de amores: “Está claro. Una mujer felizmente enamorada quema el suflé. Pero una mujer infeliz por amor nunca recuerda encender el horno”.

No es impertinente convocar este diálogo para evaluar la entrada en la escena política catalana del federalismo, esgrimido por Pere Navarro, primer secretario del PSC, como una propuesta política ni-ni: ni recentralización ni independencia. Navarro propone, como programa político para satisfacer, según piensa, las ambiciones nacionales de los ciudadanos catalanes, el modelo federal. Hay que dar por supuesto que Navarro no es un cínico y que, por tanto, su propuesta es sincera y además reflexionada. Sin embargo, ni su inexperiencia total en cuestiones parlamentarias excusa de conocer algunas cosas que ya son de dominio público.

En primer lugar, el federalismo no puede ser una propuesta política verosímil si, además de la intención de plantear, desde Catalunya, una reforma federal del Estado, no se cuenta con la complicidad de quien, desde el Gobierno o el Parlamento español, podría avalar un proceso como este. ¿Y qué hay de ello? La caricatura, bastante ajustada en esto a la realidad, hace tiempo que sentenció que los únicos federalistas que hay en el Estado español son algunos (y no todos) miembros del PSC. Porque es una certeza verificada que el PSOE (por supuesto, todavía menos el PP) no es partidario del federalismo. De nada vale que ahora, desmintiendo su intervención en la fiesta socialista de Castelldefels, Rubalcaba invoque a toda prisa que “hay que avanzar hacia un modelo federal”. Hace un mes y medio que repite esta letanía y todavía no se le ha podido escuchar un detalle preciso de qué es lo que entiende, él y el PSOE, por “modelo federal”, aparte de la vaga referencia a la reforma del Senado como cámara territorial (que nunca ha estado ni considerada como posibilidad durante las dos décadas que el PSOE gobernó en España).

En segundo lugar, las limitaciones del PSOE a la hora de abordar una modificación del statu quo de la ordenación constitucional del Estado ya quedaron lo bastante aclaradas, y demasiado incluso, durante la discusión sobre el Estatut y a raíz de la sentencia del Tribunal Constitucional que dejaba el texto que aprobó el Parlament, las Cortes y el pueblo de Catalunya prácticamente irreconocible. Que ahora, los que laminaron un Estatut que ni a federal llegaba, y que además se enorgullecieron de hacerlo, propongan un modelo federal no puede ser, seriamente, ni tomado en consideración.

En tercer lugar, federalismo ni es ni tiene nada que ver con descentralización. Y el PSOE, que es un partido nominalmente federal, en la práctica, de federal, no tiene nada. ¿Partido hermano, el PSOE, respecto al PSC? Por favor, no hagamos reír. Sólo hace falta repasar lo que han votado las diferentes federaciones del PSOE en más de treinta años de parlamentarismo o recordar sólo, por mencionar un caso caliente, la vergonzosa desautorización formal de la eurodiputada Maria Badia por firmar una carta que reclama lo que tendría que ser una obviedad en términos democráticos.

Navarro, pues, más que una propuesta política verosímil lo que hace es emular la receta de Sabrina: un suflé sin horno. Y no vale a ponerle voluntarismo (“convenceremos al PSOE”), porque todo el mundo lo sabe: este horno no se encenderá.

Pero hay otra cosa todavía, y es más grave. Siguiendo con la imagen, el problema es que nadie ha pedido un suflé. Lo que está en juego es una cosa que se llama respeto institucional. Y en este sentido, la propuesta de Navarro bordea la burla. El Parlament aprobó mayoritariamente, antes de ser disuelto, una resolución que insta al próximo Govern de la Generalitat a convocar “una consulta” para que “el pueblo de Catalunya pueda determinar libre y democráticamente su futuro colectivo”.

Ante ello, lo mínimo que debe exigirse es claridad, que quiere decir: saber cuál es la posición de las fuerzas políticas ante esta resolución. El PP y C’s ya han dicho que no están de acuerdo en convocar ningún tipo de consulta. El resto de las fuerzas parlamentarias ya han dicho que sí, que están de acuerdo, y que la convocarán. ¿Y el PSC? Suflé. Como en el chiste de aquel a quien, siempre que le decían alguna cosa, contestaba, fuera cual fuera la pregunta: “He olvidado el peine encima del piano”. En cualquier caso, esta salida, si no se desmiente, es una manera de decir que no, que no cumplirán la resolución parlamentaria que tan mayoritariamente fue aprobada y que debería obligar al próximo Govern. Sin duda, los electores juzgarán al respecto.

En cualquier caso, al fin y al cabo, quizás el suflé sea en el fondo sólo un bluf. O, como dice el diccionario de la RAE, pensando en el póquer, un farol.

Xavier Antich.

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