El bonito mundo de Ibarretxe

Por Joseba Arregui (EL CORREO DIGITAL, 09/02/07):

Decían los viejos marxistas que había, al menos, dos concepciones del arte. Una que veía en el arte la sublimación de la realidad, la realidad verdadera, la que ve más allá de los reflejos de la apariencia y es capaz de extraer en ese más allá la verdad de las cosas que lleva el nombre de belleza. Y otro concepto del arte que trata de representar las contradicciones de esa realidad, sin tratar de enmascararlas por medio de una estetización de la realidad problemática, y que además trata de indicar las vías por las que se puede llegar a una superación de los problemas de la realidad contradictoria.

No sé lo que dirían hoy esos marxistas si analizaran el lenguaje de algunos de nuestros políticos. Y es difícil saberlo porque un tipo de izquierda hace tiempo que hizo mutis por el foro y ya no se dedica a criticar el poder. Al menos no el cercano, el que cuenta en nuestras vidas diarias. Pero si hubiera una tal izquierda marxista, probablemente algo tendría que decir del excelente y bonito mundo que se manifiesta en las palabras de Ibarretxe: sólo un país de locos puede encausar a un lehendakari que sólo quiere hablar. Hablar con distintas sensibilidades.

Euskadi es un mundo en el que sólo hace falta hablar. Euskadi es un mundo en el que sólo existen palabras. Y sensibilidades. Somos una sociedad de sensibilidades. ¿Somos tan tiernos todos! No tenemos problemas. La economía va viento en popa, nuestra universidad produce conocimiento de forma desbordante, nuestras empresas conquistan el mundo, estamos en la avanzadilla de la economía mundial, somos los punteros en un país, España, que según su presidente ya ha alcanzado, e incluso superado, a Alemania en riqueza por persona.

Se trata sólo de hablar. De hablar con todas las sensibilidades, porque sólo así se arreglan los problemas. Además: caer nos caemos todos. Pero lo importante no es caer, sino saber levantarse una y otra vez. Imágenes de la educación juvenil de tiempos pasados, de tradición cristiana: ‘vita hominis militia est super terram’, la vida de los hombres es una lucha en la tierra. Una lucha por levantarse una y otra vez, pues todos somos pecadores -perdón, esta palabra no es del lehendakari, sino mía-. Pero una vez que hemos pecado hay que levantarse de nuevo. No se aceptan los fracasos ni los fracasados.

Palabras, sensibilidades, consejos educativos para la juventud para formar el carácter -¿ay, la formación del carácter!-. Qué bonito país. Pero resulta que es un país en el que existen terroristas que, en lugar de hablar, o además de hablar, ponen bombas, aprietan el gatillo, escriben cartas, con palabras amenazadoras, para extorsionar, amenazan, quieren imponer sus proyectos por medio de la violencia y el terror.

Y en este bonito país hay formaciones políticas que no condenan la violencia: les faltan palabras al parecer para cumplir con ese requisitio mínimo y poder así participar en la actividad política democrática. Les faltan palabras para hacerlo, pero no porque no hablen, pues hablan hasta por los codos: probablemente salen, representantes de una organización declarada fuera de la ley, a rueda de prensa diaria. Y son muy sensibles: con los derechos de Euskal Herria, con los derechos de los presos, con los derechos colectivos, con todo menos con los derechos de los asesinados.

Cuando Ibarretxe usa términos como hablar, sensibilidades, levantarse tras cada caída, todo suena muy bien, muy inocente, muy bienintencionado, como si de las virtudes de la santidad laica se tratara. Pero todos sabemos que las palabras pueden ser muy poco inocentes, como cuando alguien dice: ‘mátalo’; como cuando alguien expresa en palabras odio, al diferente, al supuestamente inferior, al extraño, a aquél con el que no se quiere identificar. Hay palabras que inducen muerte, hay palabras que inducen odio, hay palabras que excluyen, hay palabras que legitiman poder ilegítimo, hay palabras que justifican fines inaceptables.

Y hay sensibilidades peligrosas. No en vano dice el refrán que hay amores que matan. Y qué mayor sensibilidad que el amor. Se puede matar al extraño por amor al propio grupo, a aquél que da seguridad, al grupo que funciona como la propia familia, como el hogar fuera del que sólo hay tinieblas y crujir de dientes, y que por eso obliga a liquidar -física o intelectualmente, o de ambas maneras- a todo aquél que represente ese mundo exterior al propio grupo, a la propia familia, al propio hogar, a la propia tribu.

Hay palabras y palabras. Hay sensibilidades y sensibilidades. El recurso simple y supuestamente inocente a esos términos no ayuda nada. Puede ser el mejor camino para ocultar la verdad. El Pacto de Lizarra estaba lleno de palabras. Palabras que excluían a muchos ciudadanos vascos de la posbilidad de definir políticamente la sociedad vasca. El ‘plan Ibarretxe’ estaba lleno de palabras que excluían a no pocas sensibilidades de la sociedad vasca.

Hay que elegir entre las palabras. Hay que elegir entre las sensibuilidades. No todo es posible en esta vida. Y la política consiste precisamente en el arte de elegir sabiamente. No en negar la necesidad de elegir. Porque detrás de la negación de la necesidad de elegir se encuentra ya una elección que se quiere ocultar. Detrás de la negación de la necesidad de elegir que formula el lehendakari diciendo que sólo quiere hablar y hablar con todas las sensibilidades se encuentra la elección de impulsar las palabras del nacionalismo, de dar más cabida a las sensibilidades nacionalistas que a las que no lo son.

Y tambien hay fracasos y fracasos. El fracaso de la última tregua se encarna en dos asesinatos. Las dos víctimas ya no se podrán levantar más. Y es muy fácil hablar de la necesidad de levantarse tras cada fracaso cuando la consecuencia del fracaso la pagan los otros. Es muy fácil hablar de la necesidad de levantarse tras cada fracaso cuando se obvia que el fracaso, la caída, es la consecuencia de un fracaso previo, de una caída previa, consecuencia de la opción por negar el derecho a la diferencia, de la opción por negar el derecho a la palabra a los que no piensan como uno mismo, de la opción por negar el derecho a un sentimiento de pertenencia distinto, diferenciado, más complejo y rico que el simple de la exclusividad nacionalista vasca.

Una vez más ha tenido que ser el propio Arzalluz quien pusiera de manifiesto la verdad de la situación, sin tapujos ni engaños de discursos sensibleros y curiles: ojalá lo lleven a la cárcel (al lehendakari), para que toda la gente de aquí (sic) sepa de verdad cuál es el poder que tenemos (es decir, ninguno). Sí señor: de eso se trata, de poder. De eso se ha tratado siempre: de poder. Y el poder es siempre de unos sobre otros. La realidad humana más difícil de legitimar. No se trata de diálogo, de palabras, de hablar, de sensibilidades. No. Se trata de poder, pura y simplemente.

Pero precisamente porque el poder es el fenómeno humano que mayores dificultades de legitimación posee es tan importante dividirlo, limitarlo, controlarlo. Establecer mecanismos que regulen su ejercicio. Se trata de limitar la voluntad de los gobernantes. Aquí y en todas partes. Se trata de que los gobernantes no puedan actuar según su voluntad soberana, sino que actúen siempre sujetos a reglas, sujetos a leyes, sujetos a derecho, que estén limitados en sus actuaciones, en su voluntad, en el uso de la palabra, en la valoración de las sensibilidades.

Y por eso es inaceptable en democracia el recurso tan socorrido en los últimos tiempos a las virtudes personales: ¿Cómo se puede criticar algo si se actúa con el noble fin de conseguir la paz, cómo se puede criticar a alguien si actúa desde la profunda convicción de tener la obligación de alcanzar la paz! Pues la democracia significa precisamente que esas buenas voluntades, esos buenos deseos, esos nobles fines sólo se pueden perseguir dentro de las reglas establecidas, y no fuera de ellas, pues ningún fin puede justificar cualquier medio. E incluso la selección de la palabra paz para desribir esa tarea implica ya una elección que puede y debe ser discutida. Pues tan noble puede ser, y es, hablar de la necesaria desaparición de ETA, y no tomar en boca la palabra paz.

Una última palabra sobre otra palabra: se trata ahora de que Euskadi, la sociedad vasca, cautive a España. Otra palabra de connotaciones positivas. Cautivar: nos coloca en las relaciones amorosas entre varones y hembras. Suena a erotismo, a amor. Pero es preciso recordar que el problema vasco no radica en que como un todo claro y homogéneo debe cautivar a otro todo claro y homogéneo que sería España. El problema radica en la necesidad de reconocer las diferencias propias de la sociedad vasca. Es un problema de reconocimiento interno. La relación con España viene dada precisamente a partir de ese reconocimiento interno. Ése es el problema. Ése el paso debido por el nacionalismo vasco. Lo demás es de nuevo ocultar en palabras bonitas una realidad que no se quiere aceptar.