El bosque pedagógico

El sistema educativo es un tupido bosque, difícil de recorrer. La mayor parte de las opiniones que se vierten sobre él son simplistas y sesgadas. La aparición del Decreto sobre enseñanzas mínimas en Educación Secundaria Obligatoria estimula los bulos. El pasado domingo, en un debate en televisión con el profesor García de Cortázar, me decía que le habían dicho que en el currículo de Historia se hablaba de «la guerra de 1936», para evitar llamarla «guerra civil». No es verdad, el decreto textualmente dice: «La memoria democrática. Experiencias históricas dolorosas del pasado reciente y reconocimiento y reparación a las víctimas de la violencia».

La literatura pedagógica, sobre todo la oficial, es aburrida y a veces críptica. Por eso, para clarificar el debate educativo, conviene que los docentes nos empeñemos en traducírsela a la sociedad, y que intentemos movilizarla, dado el desinterés ciudadano por la educación. De la escuela, como de Santa Bárbara, nos acordamos cuando truena, es decir, cuando surge algún problema social, aparecen las calificaciones PISA o hay un cambio de ley. No estoy exagerando. Si revisan las encuestas que publica el CIS sobre las preocupaciones de los españoles, comprobarán que la educación nunca figura entre las diez primeras. Solo preocupa al siete por ciento de los encuestados. El asunto es grave, porque, aunque se diga con frecuencia que hemos entrado en la era tecnológica, del conocimiento, de la digitalización, donde hemos entrado es en la ‘era del aprendizaje’, que se rige por una implacable ley: «Toda persona, institución, empresa, o sociedad, para sobrevivir, tiene que aprender al menos a la misma velocidad a la que cambia su entorno. Y si quiere progresar, tendrá que hacerlo a más velocidad». La velocidad de cambio es acelerada, y todas las naciones se encuentran en estado de emergencia educativa. La inminente invasión de formidables sistemas de Inteligencia Artificial, por ejemplo, nos obliga a reformular los programas educativos. La presión de las STEM (science, technology, engineering, mathematics) está arrumbando las disciplinas humanísticas que, todo hay que decirlo, se defienden muy mal, convencidas de que el buen paño en el arca se vende. Y esto no funciona en educación. Por otra parte, la necesidad de aprender a lo largo de toda la vida exige una adaptación de los sistemas de formación en escuelas, universidades, empresas, instituciones políticas y jurídicas. Por eso, necesitaríamos una ‘Ley para el desarrollo de una sociedad del aprendizaje’. El premio Nobel Joseph Stiglitz expuso las razones en ‘Creating the Learning Society’. Espero que algún gobierno comprenda su necesidad.

Así las cosas, la enseñanza obligatoria alcanza una relevancia especial porque proporciona la educación básica de una nación, sobre la cual se podrán construir el resto de los aprendizajes. Es la que presenta retos más difíciles y exige mayor cualificación pedagógica, la que debería atraer a los grandes talentos educadores. En primer lugar, porque nos enfrentamos con dos objetivos contradictorios. Por una parte, debemos integrar a todos los alumnos, porque quienes salen del sistema educativo están condenados a la marginación social. Y eso nos obliga a ampliar los límites de tolerancia. Pero también tenemos que proporcionar educación de calidad, y eso nos exige restringirlos. Acertar con el justo medio es difícil. Poner los buenos con los buenos y los malos con los malos es una solución individual, pero no social. De nuevo una contradicción.

El decreto sobre enseñanzas mínimas en la Educación Secundaria Obligatoria debe interesar por ello a toda la nación. Fija el diseño de los currículos, que son la gran brújula educadora. Lo que no se incluye en ellos no tenemos seguridad de que se vaya a incluir en la enseñanza. ¿Y cómo son esos currículos? Ambiciosos, contradictorios y precipitados. Ambiciosos y contradictorios porque intentan una especie de cuadratura del círculo. Se lo explicaré. Después de la Cumbre de Lisboa de 2000, Europa decidió implantar una educación por ‘competencias’ y no por ‘asignaturas’. El término ‘competencia’ está tomado en préstamo del mundo laboral. Es el conjunto de conocimientos, destrezas y fortalezas necesarios para responder a demandas complejas de la situación. Tras una serie de estudios se seleccionaron ocho competencias básicas que se debían adquirir a través de todas las materias de los currículos. Son las siguientes: (1) Comunicación en lengua materna (2) Comunicación en lengua extranjera (3) Competencia matemática, científica y técnica (4) Competencia digital (5) Aprender a aprender (6) Competencia cívica y ciudadana (7) Sentido emprendedor (8) Sentido y expresión cultural. En esta mezcolanza no figuraba la filosofía. Es un programa de un solo nivel, en el que no se fomenta la reflexión crítica sobre lo aprendido. Cuando la UE publicó esa lista de competencias, comencé una campaña reclamando una ‘novena competencia’ -la filosófica-, sin ningún éxito.

Esas competencias exigen una educación transversal, porque varias asignaturas deben colaborar para conseguirlas, pero exigen una formación distinta de los docentes, a quienes la Universidad ha preparado para impartir asignaturas. Por eso, además de ambiciosos y contradictorios este decreto me parece precipitado. Para impartir una ‘educación por competencias’ nuestros docentes necesitan una formación diferente. Las enseñanzas mínimas (que por su ambición se convierten en máximas) necesitan una programación didáctica muy detallada para ser aplicables. Y eso no se improvisa. Son precipitados, además, porque se los quiere implantar en el curso próximo, cuando el decreto se acaba de publicar y ahora las Comunidades autónomas tienen que completarlo. Teniendo en cuenta que de estas depende el 50% del horario (en las comunidades con lengua oficial propia) y el 40% en las restantes, significa que la posibilidad de preparar libros de texto o programaciones didácticas va a resultar casi imposible.

Si se quiere que la educación por competencias tenga éxito, y no se acabe haciendo una acomodación cosmética, para cumplir el expediente, creo que su aplicación debería demorarse un año, que debería emplearse para el perfeccionamiento del proyecto. De lo contrario, corremos el riesgo de tomar lo peor de los dos sistemas, del competencial y del de asignaturas. Uno por otro, la casa quedará sin barrer. Como decían los latinos, ‘corruptio optimi pessima’, lo pésimo puede ser simplemente la corrupción de lo óptimo, o dicho en castellano, «de buenas intenciones está empedrado el camino del infierno». Los currículos publicados están muy verdes.

José Antonio Marina es filósofo, pedagogo y escritor.

1 comentario


  1. El éxito de toda reforma educativa radica en el saber hacer de los docentes y para ello resulta imprescindible hacerles saber el espíritu de la misma, contar con ellos y hacerles participes del cambio de módelo pedagógico. No puedo estar más de acuerdo con Marina.

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