El bosque responde con fuego

Volvemos a sufrir episodios de grandes incendios forestales en la península. Y deberíamos intentar ver más allá e intentar comprender el problema del que el fuego no es más que un síntoma. Un problema que ya no es el mismo que hace 10 o 20 años y que se va cronificando y haciendo progresivamente más complejo. Como aquel solar abandonado en medio del pueblo y que todo el mundo utiliza para quehaceres más o menos inconfesables, del que nadie se responsabiliza y acaba originando múltiples problemas comunitarios.

El bosque sufre un problema similar. Hasta hace relativamente poco sabíamos perfectamente para qué lo queríamos y era pieza clave de una economía local. Pero eso cambió hace años y como resultado, cada vez tenemos más superficie de bosque en un estado muy joven. En la parte mediterránea de la península, son pinares o encinares que han crecido apretados y resecos en una intensa lucha por la luz y el agua, y en la parte atlántica, muy a menudo hemos sustituido los bosques por monocultivos de eucaliptos, que parecen cultivos cerealistas de la meseta castellana.

Pero, ¿cómo es posible que el fuego llegue ahora, en otoño, cuando deberíamos estar hablando de humedad y setas? El cambio climático tiene que ver, pero no es explicación suficiente; el 70% de los incendios que se producen en el norte de España, donde el fuego es una herramienta de gestión para el pasto, acontecen en invierno. Si estas actividades se realizan bajo condiciones de viento sur, altas temperaturas y un largo periodo de baja humedad, el invierno deja de ser una coartada, el fuego alcanza las dimensiones de un gran incendio y fácilmente llega a causar la pérdida de vidas.

Como no sabemos del todo para qué queremos el bosque, actuamos de manera reactiva ante los incendios, y acabamos reforzando la raíz del problema: más abandono, más plantaciones y mucha extinción. Y el bosque responde con mayores incendios incontrolables. Nuestros paisajes forestales han sufrido en los últimos 100 años las transformaciones más grandes de los últimos siglos y el cambio climático está acentuando estos cambios y sus impactos negativos. Sólo con una respuesta seria, planificada y consensuada, que esté al nivel de la magnitud del problema, podremos hacerle frente a largo plazo.

Necesitamos identificar como sociedad lo que queremos del bosque y planificar nuestros paisajes sabiendo que la realidad es incierta y que el cambio climático y el fuego están y estarán. Debemos integrar el fuego como parte del sistema, para que sea un aliado y no un enemigo. Si no lo decidimos entre todos, lo decidirán unos cuantos por libre, con las consecuencias que nos horrorizan estos días. Hay que sentarse con calma ante aquel solar en medio del pueblo y corresponsabilizarnos cada uno de nosotros; seguro que con un buen empujón podría convertirse en un parque del que todo el mundo pudiera disfrutar. ¿Sabremos hacer entre todosel esfuerzo que requiere llevar a la realidad el cambio hacia unos bosques saludables para todos?

Lluis Brotons, doctor en Ciencias Biológicas por la Universitat de Barcelona y científico titular de OPIs del CSIC.

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