El Brexit es el infierno

El presidente del Consejo Europeo, Donald Tusk, recientemente generó una polémica al decir que hay “un lugar especial en el infierno” para quienes defendieron el Brexit “sin un plan”. Para los defensores furiosos del Brexit, la declaración epitomiza la actitud insensible y moralista de la tecnocracia de la Unión Europea en Bruselas. La primera ministra británica, Theresa May, emitió oportunamente un comunicado reprendiendo a Tusk por su comentario.

Pero la respuesta de May poco importa. Ella ya ha extendido su plazo límite para llevar a cabo un “voto significativo” sobre un acuerdo de salida de la UE, confirmando efectivamente que seguirá sin tener un plan hasta último momento. A este ritmo, las demoras y extensiones de los plazos límite del Brexit bien podrían continuar indefinidamente.

La gran ofensa de Tusk fue ofrecer una verdad trivial y universal. No importa si uno está en Londres, Washington o cualquier otra parte, nunca es aconsejable entrar en una negociación sin objetivos claros y una sensación de cómo responderá la otra parte. Por lo tanto, a lo largo de la historia, estadistas como Otto von Bismarck han considerado a la diplomacia como un juego de ajedrez. Como bien sabía Bismarck, no basta solamente con mover las piezas; también hay que anticipar lo que vendrá a continuación.

En cuanto al lenguaje teológico en la acusación de Tusk, uno podría alegar que es perfectamente apropiado que los políticos en una Europa ampliamente secularizada hablen del infierno. Después de todo, inclusive muchos clérigos cristianos han pasado más allá de creer en una vida eterna de condena perpetua. Y la Iglesia Anglicana abandonó la idea del purgatorio en el siglo XVI, con la Reforma.

En la clásica obra de Christopher Marlowe Doctor Fausto (1592), el personaje del título le pregunta a Mefistófeles qué hace un demonio en su cuarto y no en el infierno. “Cómo, si aquí lo es”, responde Mefistófeles, “no estoy fuera de él”. Igual de abarcadora era la propia concepción del ateísta Jean-Paul Sartre: “El infierno son los otros”.

Lo que implica el infierno en un contexto político moderno está abierto a debate, al menos hasta que tengamos un Dante del siglo XXI que ofrezca una escatología integral y un nuevo mapa al Inferno. En vista de la defensa de la fallida candidatura presidencial de Hillary Clinton en 2016 por parte de la ex secretaria de Estado norteamericana Madeleine Albright, por ejemplo, el infierno es el destino final para “las mujeres que no se ayudan mutuamente”. Presuntamente, Albright no quiso decir que el 42% de las votantes mujeres que apoyaron a Trump tienen un futuro feroz por delante.

Mientras tanto, algunos periodistas italianos han dicho, erróneamente, que hasta el Papa Francisco ha prescindido de la noción de infierno. En realidad, él ha puesto al infierno en el centro de su visión de la humanidad. Francisco nos recuerda que el infierno originariamente surgió de la arrogancia de un ángel rebelde, o superbia. La arrogancia, un vicio profundamente arraigado en la psiquis humana, es el acto de decirle a Dios “Ocúpate de ti mismo porque yo me ocuparé de mí mismo”, explicó Francisco en 2015. En consecuencia, “No te mandan al infierno, tú vas allí porque eliges estar allí”.

El Brexit representa precisamente este curso. Si el infierno es pensar que no se necesita a los demás, y que uno sólo necesita cuidarse a sí mismo, entonces los defensores del Brexit ya están allí. Quienes creen únicamente en sí mismos no ven ninguna necesidad de negociar, porque suponen que la otra parte simplemente acatará su voluntad.

Pero en las relaciones internacionales, la suposición de que uno puede regular todo por sí mismo crea un infierno en el que también tienen que vivir los otros. El infierno, en este sentido, es lo que sucede cuando la gente sucumbe al atractivo de la autodeterminación y la “soberanía”, creando un ciclo que se autoperpetúa de relaciones tirantes y unilateralismo mutuamente destructivo. Esta versión del invierno tiende a durar mucho tiempo, por cierto, porque cada parte tiene su propia memoria selectiva y quiere castigar al otro.

Si bien la aseveración de soberanía parece conjurar posibilidades nuevas e infinitas, como claramente les pasó a los defensores del Brexit, en verdad limita las elecciones propias. Quienes renuncian a los tratados, por ejemplo, invitan a otros a hacer lo mismo, tras lo cual se vuelve muy difícil forjar algún tipo de acuerdo. Y quienes se han convencido a sí mismos de que pueden elegir libremente entre infinitas oportunidades no cumplidas tienden a vivir en un lamento constante sobre lo que podría haber sido. Esa es la trampa que nos tiende la arrogancia.

Por lo tanto, como Tántalo que cada vez que intenta tomar una fruta ésta se retira de su alcance, el Reino Unido quiere implementar acuerdos comerciales que su pertenencia a la UE le impide. Lo que no se menciona es lo que eso significaría en la práctica. El Reino Unido podría apuntar a maximizar la prosperidad llevando la desregulación lo más lejos posible. Sin embargo, para comercial rentablemente con otros países o con la UE, tendría que seguir cumpliendo con sus estándares regulatorios en torno de la seguridad y la calidad, entre otras cosas. Es más, fuera del marco regulatorio de la UE, la nueva libertad de Gran Bretaña también implicaría nuevas responsabilidades en cuanto a introducir regulaciones que protejan a los residentes del Reino Unido.

El verdadero interrogante, entonces, es si el escape es incluso posible. Si May quisiera ser franca, podría emitir el siguiente comunicado: “El Brexit es un terrible error. La decisión se tomó después de una campaña de mentiras y de una influencia externa maligna, y resulta evidente que sus costos exceden en mucho sus beneficios. En estas circunstancias, mi gobierno ha decidido ya no seguir adelante con el Brexit. Por el contrario, nos comprometeremos a trabajar con la UE para encarar los temores británicos y prepararnos para un futuro impredecible”.

Un comunicado de esas características, por supuesto, es imposible, porque May ya le ha pagado al barquero con sus elecciones previas. Lo que le aguarda a ella y al Reino Unido es más castigo. Primero, quedará expuesta la realidad sombría en el terreno, y resaltará en un marcado contraste con lo que podría haber sido. Luego, alguien tendrá que hacerse responsable. Pero atribuir la culpa es un castigo en sí mismo. En el relato de Dante, la adúltera Francesca da Rimini pasa el resto de la eternidad culpando por sus acciones a todos y a todo excepto a ella.

El Brexit augura un destino nacional similar. Los debates en Westminster y Whitehall no dan señales de que alguna vez vayan a terminar, y se está volviendo cada vez más obvio por qué: el Brexit es una condena eterna.

Harold James is Professor of History and International Affairs at Princeton University and a senior fellow at the Center for International Governance Innovation. A specialist on German economic history and on globalization, he is a co-author of the new book The Euro and The Battle of Ideas, and the author of The Creation and Destruction of Value: The Globalization Cycle, Krupp: A History of the Legendary German Firm, and Making the European Monetary Union.

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