El buen burgués

Mi liberada:

Hace unos días escribí a Carmen Martínez Castro, la anterior secretaria de Estado de Comunicación, porque quería tener una larga conversación con Mariano Rajoy. “Para hablar de todo, menos del PP”, le añadí. Aún no había empezado el congreso del partido y así mi pleno desinterés en el asunto podía pasar como una forma de facilitarle el asentimiento. Yo llevaba en la cabeza la notable pieza prepóstuma que Michael Wolff escribió en The Atlantic sobre Obama, porque Rajoy no era menos que Obama y yo qué decir. La exsecretaria tardó unos días y contestó que no. Se justificó con que no era el momento, esa frase que en toda circunstancia prueba hasta qué punto lo es. Y me dio una información de interés: un periódico le había ofrecido escribir una crónica diaria del Mundial de fútbol que se estaba celebrando. Es decir, que yo quería escribir una necroapología de un expresidente del Gobierno al que, nada más dejarlo, le proponían escribir de fútbol. Lo inmediato hubiera sido abrir el depósito melancólico. Hay muchas razones por las que el periodismo español es intrascendente y débil. No todas son puramente periodísticas. Si un hombre que ha estado siete años al frente de un Gobierno, en la época más difícil de la democracia española, no entiende que no debe irse sin explicarse profundamente, poco puede hacer el periodismo. Para colmo la humillante oferta del fútbol. ¡Y la sospecha de que la había rechazado para poder ver los partidos con calma!

El buen burguésPero no había razón para la melancolía. Si yo quería escribir un retrato hablado sobre Rajoy era también por su desconfianza ante las explicaciones. Y, desde luego, por sus extravagancias. La última, aún como presidente, había sido pasar la moción de censura en un bar. A mí me interesan las extravagancias, pero no los extravagantes. De ahí mi ya juvenil desinterés por el punkismo en cualquiera de sus monótonas versiones. En fin: lo que yo quería escribir era el retrato de un burgués, porque es lo que Rajoy ha sido por encima de cualquier otra cosa. Hay un pasaje en los dietarios de Pla que alude a las mismas intenciones que yo tenía. Cuenta una conversación con Manuel Ortínez, en aquel momento el hombre que gestionaba la moneda en España, en que hablan del libro que Pla quería escribir. Un gran libro monográfico sobre los burgueses catalanes: “¡Sí, señor! Todos mis propósitos han fracasado. A mí lo que me interesaba hacer era un documento observado, concreto y meditado. A mi edad, ¿qué más habría podido hacer? Conozco, naturalmente, a algunos burgueses importantes. Pero con esto no basta. Lo que nunca he desentrañado es el intríngulis económico de la clase, el significado preciso de su fraseología, los conocimientos que requiere la intuición, el razonamiento, el azar de las decisiones humanas”. Ese intríingulis aplicado a Rajoy y a su largo ejercicio del poder es, exactamente, el que yo quería describir. Lo que Pla no explica, sin embargo, es la razón añadida que impidió ese libro. El propio Ortínez quiso ayudarle a que lo hiciera y le concertó algunos almuerzos con importantes burgueses del país, entre ellos los agrupados en torno al patriarca del textil, Domingo Valls y Taberner. Alguna de esos encuentros exploratorios se produjo, pero al final los burgueses no quisieron. Pla bebía en exceso. Pontificaba. Se mostraba vulgar y desabrochado. No se fiaron.

No creo que fuera esa la causa del rechazo. Al fin y al cabo, hace años, Rajoy almorzaba frecuentemente con Umbral, que siempre bebió más y peor que yo. La fascinación del Umbral tardío por Rajoy es llamativa. Hace cinco años, cuando le escribía en este diario a otro, hice una malintencionada antología de todo lo que Umbral había escrito sobre Rajoy. Era el momento. El entonces director, Pedro J. Ramírez, estaba desplegando su considerable potencia de fuego contra Rajoy. El exceso típico de los periódicos románticos, también llamados de autor. Me divirtió recordarle a Umbral. No había muchos hombres que el director odiara y amara, respectivamente, de manera tan vehemente y acrítica. Leo ahora la carta y es impresionante comprobar lo que el tiempo ha hecho con este párrafo:

“Puede que [Rajoy] sea nuestro político más europeo, más conseguido, más habitable. Cuenta alguien muy cercano a él que un día le propuso hacer algo. Y contestó: ‘Esperemos un poco a ver qué pasa’. Su característica principal es la calma, la templanza, la espera. Aznar no le llamó porque fuera el más diligente, sino porque era y es el más paciente, el único que sabe hacer las cosas despacio. A eso se le llama el ritmo del triunfador. Cataluña se ha levantado contra él, y no solo porque tenga razón, sino porque sabe llevar su razón con paz, experiencia y esperanza. Cataluña ha desplegado, como una ola de su mar sombrío, todos los recursos políticos, sociales, personales e históricos contra Mariano Rajoy, que es una fuerza nacional, pero no un nacionalista ni un nacionalismo, que es como quisieran verle y entenderle ellos. Hoy es alarmante la peripecia de este político frente a la masa asustada, amotinada y rebelde. Mañana veremos despacio hasta qué punto el registrador no viene a registrar nada, sino solo a esperar un poco hasta que se caiga la torre”.

Umbral escribió esto en 2006, poco antes de que el Pp presentara un recurso de inconstitucionalidad contra el Estatuto de Cataluña. Yo lo reproduje en 2013, pocas semanas después de la primera gran manifestación fotogénica del independentismo que mediante una cadena humana (La Vía Catalana) unió Alcanar y Le Perthus. Pero solo hoy adquiere la dimensión debida: “Hoy es alarmante la peripecia de este político…”. Frente a los desleales nacionalistas Rajoy no solo esperó, porque Umbral lo tuviera escrito así. Lo más importante es que se comportó como un burgués. En una de sus tentativas Pla escribió: “La burguesía es el régimen del zurcido”. Me escandalizo cuando personas inteligentes aseguran que Rajoy no hizo política. ¡No hizo otra cosa! La política, la política burguesa, la única política, es el régimen del zurcido. Y el principal, que es el zurcido de los principios y los finales. A ese trabajo se dedicó. El régimen del zurcido aplicado a su gobierno adquiere pleno sentido y general acierto cuando se piensa que Rajoy encaró una Recesión, una Corrupción, una Abdicación y una Secesión. Su error mayúsculo, el único realmente grave que cometió, fue pensar que los nacionalistas estaban haciendo política y que sería posible zurcir. El marco del burgués tiene sus límites. Rajoy no pudo concebir que los nacionalistas se dedicaran puramente al ejercicio del delito. Es verdad que, gracias a su reacción, ahora están en la cárcel o huidos como sucede con cualquier delincuente. Pero perdió un tiempo precioso concediendo el beneficio de la duda a una presunta organización criminal. Les pasa a muchos honrados burgueses. Valga el ejemplo de los magistrados de Schleswig-Holstein. Esta falta de imaginación, esta autocomplacencia, tan propias de la clase que ha vencido.

Volveré a escribirte sobre Rajoy y su peripecia alarmante. Es el riesgo que corren los que no quieren hablar por sí mismos.

Y sigue ciega tu camino.

Arcadi Espada

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