El buen cine español

Francisco Ayala fue uno de los miembros de la Generación del 27 que vislumbraron el cine como el arte del siglo XX, y así lo reflejan las impecables y actualísimas páginas de Indagación del cinema (1929): «Yo he pensado el cine, mi coetáneo, con amor, con encanto, y hasta con cierto desenfreno. El cine –no el circo– es el espectáculo que primero me sobrecogió… el cine era la nueva cosa estupenda». El cine construye en imágenes lo insólito, lo asombroso, el desenlace de perspectivas insospechadas, la realidad soñada y la vivida, tramas misteriosas, técnicas inverosímiles que pasarán –así fue el siglo XX– a desarrollarse después en la literatura y en la propia vida de verdad. En pocos autores como Ayala la presencia del cine conforma un elemento vertebral, a su lado están los ejemplos tempranos de sus compañeros de generación, Rafael Alberti y Federico García Lorca. El cine puede llegar al mismo tiempo a ser un arte de elites (en la línea anhelada por Ortega) y un arte de masas (en la línea de la profunda democratización de usos y costumbres actual). El cine es el presente de un siglo que vive en el futuro. El cine se define por la velocidad, el vértigo, la fragmentación y la interioridad, el discurso íntimo y el baño de masas. El cine muestra la realidad sin necesidad de un manual para descodificar los contenidos, se dirige a todos y a cada uno en particular.

El cine español gozó, desde los albores de su presencia ante los espectadores, de una mayoritaria audiencia, con el deslumbrante Segundo de Chomón, el «Mélies español». Ya fueran las primeras adaptaciones de zarzuelas en el cine mudo (lo que no deja de tener su gracia), como del costumbrismo más enraizado en el sentir de las gentes. El formidable éxito, ya en sonoro, de Morena Clara (1936) de Florián Rey, protagonizado por la primera star-system hispana, Imperio Argentina, llegó a tal estado que, una vez comenzada la Guerra Civil, la película se había estrenado en los primeros meses de ese nefasto año, se programó en las salas de los dos bandos en conflicto, aun cuando tanto el director como la protagonista se habían pasado al lado de los franquistas. El buen cine español es impermeable a los conflictos civiles. Buenas películas de derechas, buenas películas de izquierdas, y buenas películas de los denominados integrantes de la Tercera España. Más allá de los hechos conocidos: los Oscar alcanzados, los reconocimientos internacionales, cabría entender la afición al cine en España como un fenómeno social (y cultural) que trasciende las generaciones. Y esa afición se transforma en devoción cuando los directores españoles aciertan en sus propuestas.

Después de unos años de penurias, o mejor, de vaivenes y ocasionales éxitos, 2014 ha sido el año de la resurrección, el año de las luces. 123 millones de recaudación y una cuota de pantalla superior al 25 por ciento. Si la cosa se mide en dinero –que sería un equívoco– Ocho apellidos vascos, del renacido Emilio Martínez Lázaro, se ha llevado la palma (56 millones), pero el cine, por mucho que el dinero sea la clave de la industria, es también, y sobre todo, un arte, el séptimo, y así El niño, la impactante película de Daniel Monzón, ha recaudado 16,2 millones, y lo que es más grato, con una realización cinematográfica extraordinaria en la línea de las más poderosas cintas de género internacionales. Torrente 5: Operación Eurovegas, del incombustible Santiago Segura, se ha quedado –y es menos de lo que el fenómeno de la serie auguraba– en poco más de 10 millones; sin embargo, irrumpe, inmediatamente después, una obra maestra que ha cautivado al espectador medio, La isla mínima (seis millones, que para los tiempos mediocres que corren y el plano argumento de muchas producciones es una cifra espléndida), de Alberto Rodríguez. Le sigue la maravillosamente desconcertante y genial Relatos salvajes (cuatro millones), del argentino Damián Szifrón, el mejor ejemplo de cómo el cine en español comienza a dar síntomas de una fortaleza internacional memorable, o el gozoso ejercicio de dirección que significa Mortadelo y Filemón contra Jimmy el cachondo de Javier Freser. Todo ello indica que se dan por terminados los años oscuros del cine español. Los años en que todo se resumía en garbanzos y guerra civil o yuppies progresistas en pelotas, unos y otras, cuando no la puesta en escena de un onanismo inane protagonizado por un ser atormentado por patéticos y unamunianos problemas existenciales.

Todo lo contrario de los filmes nominados a los Goya como mejor película. Junto a las ya citadas, La isla mínima, El niño, Relatos salvajes, se suman la formidable Magical Girl, de Carlos Vermut, y Loreak (en euskera, por cierto), de Jon Garañao y José María Goneaga. Todas de una calidad excepcional. Hay en ellos una extraordinaria variedad de géneros, de audaces propuestas, de excelentes intérpretes, de inteligentes argumentos. Un caudal esperanzado de asimilar lo mejor de otras cinematografías y recuperar los elementos esenciales de un rica tradición que va de Buñuel a Berlanga, de Bardem (el bueno, Juan Antonio) a Saura, de Rafael Gil a José Luis Sáenz de Heredia, Edgar Neville, José María Forqué, Víctor Erice, Gonzalo Suárez, José Luis Garci, Jaime Chávarri, Manuel Gutíerrez Aragón, José Luis Borau, los Trueba (Fernando y David), el zigzagueante Aménabar, el desaparecido Almodóvar o los que nunca debieron ser olvidados como Mario Camus, por ejemplo, y tantos otros nombres relevantes, incluidos «los malditos» como José Val de Omar, Iván Zulueta, Basilio Martín Patino, Francisco Regueiro, Pere Portabella o Agustín Villaronga. Ahora ya, por fin, caben todos. Y, además, de este año 2014 quedan otras películas, con menos recaudación, sí, pero no con menos calidad, como es el caso de Carmina y amén (el mejor Almodóvar sin serlo), de Paco León, Hermosa juventud, de Jaime Rosales, y Vivir es fácil con los ojos abiertos, de David Trueba. Todas enaltecen ese concepto de arte e industria que es la base hegemónica y la razón de ser de la creación cinematográfica, sea española, norteamericana, francesa o de la Conchinchina. Es cierto que en materia tal no hay arte sin industria, pero también, bueno es recordarlo, poco es esa industria sin arte. El venturoso día en que alguien, más allá de la efímera y cambiante verborrea institucional, descubra que el cine español, y en español, es una plataforma formidable de la denominada Marca España esta industria será la proa de otras. Mientras tanto, disfrute el espectador español de haberse reconciliado con lo que siempre añoró, el buen cine español.

Fernando R. Lafuente, director de ABC Cultural.

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