El bueno de Jean Paul Iglesias

Me rindo: yo también opinaré hoy sobre Podemos.

Y es que no puedo dejar de darme por aludido cuando en el revelador pasaje de su libro en el que reclama «mecanismos de control público» en los medios de comunicación, Pablo Iglesias invoca, para echar su cuarto a espadas, lo que «ha pasado recientemente en un periódico de tirada nacional» y lo que «el ex director ha reconocido o sugerido».

Y no puedo dejar de hacerlo cuando precisamente mañana se cumple un año de la portada que en cualquier democracia hubiera puesto fin a la presidencia de Rajoy (aquel «Luis, lo entiendo. Sé fuerte. Mañana te llamaré» tecleado desde la Moncloa a las 48 horas de que se descubriera el botín de Bárcenas en Suiza) y en la España partitocrática lo único que desencadenó fue mi propia destitución.

Debo reconocer además que mi diagnóstico de lo sucedido -y de lo que puede suceder- con el que inauguré el curso de El Escorial dedicado a los 25 años de nuestro periódico corrobora algunas de las premisas del líder de Podemos. Por ejemplo que «la gestión de la información no puede depender únicamente de hombres de negocios y de su voluntad por permitir la libertad de expresión». Por ejemplo que «si el derecho a la información es un derecho democrático, la concentración de la propiedad es incompatible con ese derecho». O por ejemplo que «si todos los medios están en manos de la Coca-Cola -o de una teleco vía convenios publicitarios o de un banco que entra en el accionariado de un grupo y coloca al presidente del otro- es difícil que se hable de si hay una mosca muerta dentro de una botella».

No son elucubraciones teóricas sino explicaciones del por qué en España se vive un retroceso palmario del pluralismo periodístico y por ende del derecho a la información de los ciudadanos. El último invento diseñado en los despachos del poder es lo que yo llamo el modelo Hong Kong o sea la absorción de un medio con vocación de independencia por un gran conglomerado como la República Popular China bajo la tranquilizante premisa del «one country, two sistems». Se alega que eso es lo que ya funciona en la televisión tras haberse zampado Lara y Berlusconi a la Sexta y la Cuatro; pero mientras en la pequeña pantalla domina el entretenimiento y el zapeo -nadie se identifica con una cadena- todo periódico tiene detrás un proyecto intelectual que requiere armonía entre la propiedad y la redacción. Sólo un férreo blindaje de la autonomía del absorbido podría paliar el daño a sus lectores y aun así ya vemos cuán vertiginosa está siendo la erosión de las libertades en la antigua colonia británica.

Es verdad que la legislación anti trust es parte de la panoplia de opciones -o más bien de obligaciones- de todo Estado democrático y de hecho ni las autoridades de la Competencia ni los gobiernos de Zapatero y Rajoy debieron haber aceptado el establecimiento del actual duopolio televisivo. Pero tampoco puede soslayarse que la crisis del sector, agravada por el inmovilismo de muchos de sus protagonistas, ha constreñido sus márgenes de rentabilidad y por lo tanto de subsistencia.

Es innegable que Pablo Iglesias hace un buen diagnóstico de la enfermedad pero, como le ocurre con los demás problemas cruciales de España, a continuación prescribe el más contraproducente de los remedios. Las restricciones a la libertad se corrigen con más libertad, las insuficiencias del mercado con más y mejor mercado. Su propuesta de introducir «mecanismos de control público» para obligar a los «medios privados» a comportarse con criterios de «utilidad social» siempre se ha traducido en una escalada represiva que hubiera implicado, en un caso como el mío, que no sólo hubiera sido destituido sino que habría tenido que optar entre la cárcel y el exilio.

No puedo por menos que evocar la tensa entrevista que mantuve con su idolatrado Hugo Chávez como portavoz de una misión de la Asociación Mundial de Periódicos que viajó a Caracas para protestar por el acoso gubernamental a la prensa. El comandante, que nos hizo esperar casi una hora con la excusa de que venía de «trotar» («Ah, ¿le gusta a usted montar, señor presidente?». «No, el caballo soy yo…»), no vaciló en dar la vuelta a nuestras denuncias contra las turbas bolivarianas y presentarse como víctima:

– ¿Ven este vaso de agua? Pues comparar el comportamiento amoral y violento de pequeños grupos que yo condeno con el a-tro-pe-llo (lo dijo así, con tres paradinhas) de gran parte de los medios contra el pueblo de Venezuela, es como comparar este vaso con todo el inmenso mar Caribe.

Claro, el «pueblo» era él:

– Yo amo a ese pueblo y soy capaz de morir por él. Y ese pueblo me ama y es capaz de morir por mí.

Enseguida hizo la misma distinción que hace ahora Pablo Iglesias:

– La culpa no es del camarógrafo, la culpa no es del periodista, la culpa es de los dueños de los medios.

Recuerdo muy bien que los dos casus belli de la discusión, antes de que nos echara de su despacho con cajas destempladas, fueron sus acusaciones contra Globovisión («A mí me estaban dando un golpe de Estado y ellos sólo emitían comiquitas. ¡Sí, películas cómicas!») y mi empeño por defender aEl Universal:

– Con todo respeto, es inaceptable que usted diga en la televisión que los columnistas de El Universal son enemigos del pueblo y que su editor Andrés Mata no parece venezolano y habla como Tarzán…

– Ese es un asunto interno venezolano y ustedes no tienen derecho a intervenir.

La sintonía en la manera de entender la libertad de prensa entre el líder de Podemos y su mentor espiritual no tendría demasiada trascendencia si no fuera porque una década después tanto Globovisión como El Universal han caído en garras del chavismo y a la primera de cambio Iglesias ya trata de empitonar a Esperanza Aguirre y Eduardo Inda en los tribunales por haberle cantado algunas verdades.

Sólo si le toca en suerte un juez del estilo del ponente de la absolución de los vándalos que bloquearon el Parlamento catalán, con su misma tirria hacia los «medios de comunicación privados», conseguirá ponerles en apuros; pero mucho más preocupante es el fondo del asunto, es decir la similar condescendencia del chavismo y los fundadores de Podemos en relación al terrorismo etarra. Mientras Venezuela sigue siendo un santuario para De Juana y otros carniceros similares, Pablo Iglesias ha puesto hace unos días el énfasis en las «explicaciones políticas» de la «violencia» de ETA. Es cierto que luego ha aclarado que «explicar» algo no significa justificarlo pero dos de sus intervenciones anteriores permiten interpretarle.

Me refiero por un lado a la famosa charla de la herriko taberna en la que tras denunciar que nuestra Constitución supone la continuidad del franquismo e impide «ejercer determinados derechos» añade: «Me gusta contar esto aquí porque quien se dio cuenta desde el principio fue la izquierda vasca y ETA». Y por el otro al vídeo en el que elogia la guillotina con palabras de Robespierre: «Castigar a los opresores es clemencia, perdonarles es barbarie». O sea que si alguien se arroga la capacidad de identificar a esos «opresores» -como los jacobinos durante el Terror o ETA durante su medio siglo de actividad- tiene barra libre. Como dice Monedero «la lucha armada va a ser leída en función de a quien mates».

Por eso Marat predicaba de forma explícita que había que «apuñalar», «empalar», «colgar» «quemar» y «degollar» a los «enemigos del pueblo». Sin embargo en ese vídeo Pablo Iglesias habla del «bueno de Jean Paul Marat» como si se tratara de Juan XXIII, la Madre Teresa de Calcuta o el Peter Sellers de Bienvenido míster Chance. Tengo tres mil libros sobre la Revolución -el que yo he escrito se va a publicar este otoño en Francia- y no ignoro que hasta Marat cuenta con partidarios pero desde luego es la primera vez que oigo a alguien llamarle «bueno».

Al comienzo de la Revolución «el bueno de Jean Paul Marat» sostenía que para evitar que corrieran «los ríos de sangre» era preciso verter «algunas gotas». Pero mientras en 1789 creía que bastarían «quinientas o seiscientas cabezas», en 1790 ya reclamaba «diez mil», en 1791 pedía colgar a todos los diputados, en 1792 se regodeaba en lo «maravilloso» que sería que los «patriotas» cortaran «cien mil cuellos» y en 1793, poco antes de que Carlota Corday irrumpiera en su bañera, estimaba necesario que hubiera «quinientas o seiscientas mil» víctimas.

Es verdad, como alega Pablo Iglesias, que la Revolución Francesa alumbró la modernidad política y la democracia representativa pero también el totalitarismo y el terrorismo del siglo XX. ¿Son disociables los «sueños de la razón» de los «monstruos» que a menudo generan? Mientras los liberales creemos que sí, los fanáticos de uno u otro signo han encontrado siempre su coartada en esa ecuación.

Aunque él preferiría verse equiparado al atildado, virtuoso e incorruptible Robespierre -«¿Dónde va ese cura siempre rodeado de mujeres?», se preguntaba Condorcet- la irrupción del líder de Podemos en la política española recuerda a un célebre grabado de la época en el que se ve a Marat emergiendo del sótano en el que se escondía para recoger el candil providencial que le tiende Diógenes. La catacumba de la que Pablo Iglesias ha surgido para tomar el testigo luminoso que el caudillo bolivariano parece haberle entregado desde el más allá es el piélago de miseria y desesperación engendrado por la incompetencia, corrupción y egoísmo de esa «casta» endogámica que es en efecto, y con pocas excepciones, nuestra clase política. Quienes acuñaron el término fueron los periodistas italianos Antonio Stella y Giuseppe Rizzo y EL MUNDO quien les premió en España cuando apareció su libro.

¿Cuál será el recorrido de Podemos? Sin duda que a corto plazo ascendente pero, a juzgar por la facilidad con que su líder se está metiendo en todos los charcos y va dejando un rastro delator del barrizal de sus querencias, todo sugiere que pronto terminará apuntalando lo que dice combatir. Por algo Camille Desmoulins, una de las cabezas más lúcidas del momento hasta que su padrino de boda Robespierre se la cortó por aquello que tanto le gusta a Pablo Iglesias de que «el perdón es barbarie», alegaba que el radicalismo macabro de Marat era el mejor aliado de los enemigos de la Revolución.

Y si a alguien le pareció exagerado que el domingo pasado concluyera endosando al PP el nuevo lema electoral de «In Fear We Trust» que se pregunte por qué la Escuela de Verano del partido gubernamental se ha transformado esta semana en un seminario sobre los peligros de Podemos. La respuesta está en la página 186 del muy recomendable instant-book Deconstruyendo a Pablo Iglesias: «Podemos es lo mejor que nos podía ocurrir», le dice a John Muller un arriolista -perdón, «analista»- de Génova 13.

Pedro J. Ramírez, exdirector de El Mundo.

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