El burka y el pasamontañas

¿Ha intentado usted entrar en unos grandes almacenes, en un banco o un organismo público con un casco de moto integral o con un pasamontañas cubriéndole la cara? Mejor que no lo intente porque los vigilantes de seguridad le impedirán el paso y, con cara de pocos amigos, le rogarán que se lo quite y, si no hay vigilantes, los empleados activarán sus protocolos de seguridad. No lo prohíbe ninguna ley, pero lo regulan las normas de seguridad de estos establecimientos. Y si entramos con la cara cubierta en un centro de salud o en una biblioteca, el profesional que nos atenderá, nos pedirá que nos descubramos para cerciorarse de que somos el usuario de la tarjeta a quien se va a atender o el titular del carnet que toma prestados unos libros. Por ello, pienso que se está planteando muy mal el debate sobre el burka y el niqab, y su prohibición en edificios públicos que están proponiendo ciertos ayuntamientos catalanes y que la senadora y alcaldesa socialista de Cunit, Judith Alberich, quería trasladar al Senado.

El problema del burka y del niqab no existe en Catalunya, y la mayoría de las escasas mujeres musulmanas que circulan por las calles con la cara cubierta son turistas árabes. Pero si se deseaba abordar la cuestión de manera preventiva, podría haberse planteado de otro modo. No prohibiendo el burka y el niqab en edificios públicos, sino regulando, como han hecho la mayoría de entidades bancarias y centros comerciales, la prohibición de entrar con la cara tapada. Así no se mostraría como un rechazo a una u otra concepción del islam; se plantearía como una cuestión de sentido común. Por seguridad y por la necesidad de comprobar la identidad del usuario. Otra cosa más compleja es en la calle, algo que se ha intentado prohibir en algunos lugares. Si parece lógico que se lleve por la calle en Puig-cerdà pasamontañas u otra prenda que cubre cara y cabeza o en Moià, a 4 grados bajo cero, ¿a partir de qué temperatura prohibimos el burka? Y si sancionamos a quien lleva niqab por la calle, ¿no acabaremos consiguiendo algo peor: que esas mujeres ya no salgan de casa?

Si repasamos los municipios que han sido noticia por la voluntad del equipo de gobierno o de la oposición de prohibir el uso del burka y el niqab, vemos que son Lleida, Reus, Tarragona, Cunit, El Vendrell, Tàrrega y Cervera. En estos tres últimos, Plataforma per Catalunya, o su escisión, Partit per Catalunya, tiene representación. Y quienes gobiernan sufren una constante presión de los concejales xenófobos. Cunit vive con preocupación la simpatía que muchos ciudadanos muestran ante los argumentos del concejal de Plataforma per Catalunya del municipio vecino de El Vendrell, August Armengol. Armengol, que ya fue concejal en el 2003 con el 6% de los votos, obtuvo el 17,7 % en las del 2007 y cuatro concejales que, en numerosas ocasiones, han apoyado al alcalde de CiU, Benet Jané, que gobierna en minoría al tener solo siete de los 21 concejales del consistorio. Además, August Armengol, pediatra de profesión, que ciertamente militó en el PP y encabezó las listas del Grupo Inpendiente Liberal de Jesús Gil, no tiene el pasado franquista de Josep Anglada y argumenta su islamofobia y su no a la inmigración con un discurso más educado, lo cual lo hace más peligroso al ser más difícil descalificarle. Por ello es más que posible que la alcaldesa de Cunit, al ver lo que ocurre en su municipio vecino y el auge mediático que tiene Armengol en la comarca, haya querido hacer una huida hacia adelante como hizo Josep Maria Vila d’Abadal en Vic, con su intención de impedir empadronar a los irregulares y así hacer callar a Josep Anglada, que le acusaba de blando.

Si en lugar de plantear que se prohíba el burka en edificios públicos, se recuerda o se regula que no se puede entrar con la cara tapada por motivos de seguridad e identificación, evitamos herir la sensibilidad de muchos musulmanes a los que no les gusta ver cómo políticos cristianos o agnósticos debaten sobre qué islam gusta o no gusta. Y prohibir llevar la cara tapada con burka en la vía pública es absurdo si se puede ir con un pasamontañas. Y lo más lamentable de este debate sobre el velo, el niqab y el burka, y sobre cuántos centímetros de la cara deberán ir descubiertos para considerarlo velo y no niqab, es que siempre consigue un efecto contrario, generándose un sentimiento identitario defensivo. Así, cada vez que, en un contexto de rechazo hacia la inmigración musulmana, sale el debate del velo en los institutos o el niqab en la calle, jóvenes musulmanas que nunca habían llevado el pañuelo, deciden ponérselo. Quiero dejar claro que a mí ni me gusta el velo ni el niqab, y lo considero un retroceso. Pero tampoco me gusta ver a una mujer con 15 piercings en la boca y lo considero una agresión a su cuerpo. Por cierto, hace unos años conocí a una monja nicaragüense que estudiaba Magisterio y le asignaron hacer prácticas en una escuela pública de L’Hospitalet. Vestía con hábito y velo. ¿Le hubieran permitido hacer las prácticas en el instituto madrileño que expulsó a una chica hace dos meses por llevar velo?

Xavier Rius Sant, periodista.