El busto de Mercedes

Por algún misterioso designio, el rito de paso de los cambios generacionales se hace en España machacando lo que bien estaba, como si las identidades se impusieran a garrotazos y no mediante una adaptación racional de las cosas a los nuevos tiempos. Pero no creo en argumentos atávicos para justificar esta tendencia a la insensatez. Que desde las instancias que dicen representar la indignación ciudadana se pretenda empezar de cero con la Historia se debe al hecho deplorable de no haberla leído, ni siquiera la reciente, más que a razones autodestructivas basadas en nuestro ADN colectivo. Me temo que vamos a pagar muy caro haber tirado por la borda estos años propicios para haber considerado a la Cultura y la Educación, de una vez por todas, el flujo sanguíneo de una sociedad responsable, y no la pringue sobrante de una comunidad de idiotas.

Viene esto a cuento de la retirada, por el nuevo Ayuntamiento de Cádiz, del busto de Mercedes Formica situado en la plaza del Palillero, con el peregrino argumento de salvaguardarlo del vandalismo urbano, entre cuyas manifestaciones, por lo que se ve, no se contemplaba la del vandalismo institucional. La verdadera razón es que esta fascinante mujer, incansable luchadora por el feminismo a lo largo de su vida, portaba el estigma de haber sido falangista de la primera época, sin pararse a pensar que al mismo tiempo fue una aguerrida antifascista. Pero no están los tiempos como para perturbar el guiñol de la política española con las sutilezas, complejidades y contradicciones propias de la condición humana.

La gaditana Mercedes Formica, abogada y escritora de enorme sensibilidad e inteligencia, fue joseantoniana en esos momentos ideológicamente borrosos en los que el fascismo y el socialismo entrelazaban inquietudes comunes en el terreno político y en el estético. Algo de esto saben los italianos, pero, a diferencia de ellos, la confusión se resolvió aquí mediante la brutal victoria de una de las partes, dejando vibrar en el viento la pregunta de cuál hubiera sido el comportamiento de José Antonio de no haber sido ajusticiado, cuando su ideario se encontraba en ebullición. Mercedes Formica –señalando sin ambages a Franco– se atrevió a decir que quien pudo haber evitado el fusilamiento no lo hizo, y desde ese momento pasó a formar parte del contingente de españoles –intelectuales, artistas, demócratas de a pie– que sacaron adelante el país desde dentro. Pero el veredicto de las nuevas generaciones tiene la contundencia maniquea de los viejos inquisidores: eran fascistas y punto, no importa que estuvieran al margen de la represión, ni siquiera que la denunciaran. Ni importa que Mercedes integrara el exiguo grupo de mujeres que se abrieron paso por primera vez en carreras universitarias vedadas al género femenino. Ni importa que su sonoro artículo «El domicilio conyugal» (ABC 7-IX1953) diera lugar, cinco años después, nada menos que a la modificación de 66 artículos del Código Civil para no dejar a la mujer maltratada indefensa en los casos de separación matrimonial, como establecía la ley, aunque estuviera probada la culpabilidad del marido agresor. Si ahora tenemos leyes contra la violencia de género, es una indecencia no reconocer a quien dio los primeros y contundentes pasos legales para combatirla, con el mérito de hacerlo en los años de hierro de la dictadura. Pasos que fueron valorados por sus admirados compañeros de profesión, por la CNT, por Lidia Falcón, Josefina Carabias, Antonio Garrigues… Pasos que trascendieron nuestras fronteras y de los que se hicieron eco «The New York Times», «The Daily Telegraph» y la revista «Time», hasta el punto de que, como cuenta José María García de Tuñón Aza en su completa semblanza de la autora, el magacín «Holiday», dirigido entonces por Robert Capa, envió a Inge Morath para fotografiarla, en un reportaje sobre las mujeres más descollantes del mundo en ese momento.

Como es también inaudito que en la voluminosa «Antología del pensamiento feminista español» (Cátedra, 2012) no hayamos podido encontrar ni una sola referencia a su contribución, ni siquiera en el capítulo dedicado al período franquista, «Luces en la sombra» (19391975). Ninguna mención a la mujer que, en solitario, sacudió el Código Civil a favor de su género. El ostracismo al que se la quería relegar ya empezó a sufrirlo en vida, a pesar del reconocimiento de insignes escritores (Francisco Umbral, Rosa Regás, Luis Antonio de Villena, etc.), pero se culmina de una manera insidiosa con antologías como la mencionada, o zafia, como la del Ayuntamiento de Cádiz. Si en su tierra natal no quieren su busto, estaría bien que lo trasladaran a Málaga, ciudad en la que fue feliz a pesar de las durezas de la época, en la confianza de que allí no haya llegado todavía la guadaña del revisionismo carpetovetónico.

Tuve el placer de conocerla en los últimos años de su vida y admirar en ella el equilibrio intelectual, la triste resignación y el elegante recogimiento de esos españoles magníficos, perdedores de ambos bandos. Fue junto al malagueño Cementerio Inglés, en mayo de 2001, cuando la vi por última vez, despuntando en ella los estragos del alzhéimer. Murió al año siguiente con el atroz consuelo de que su terrible enfermedad la salvara de sufrir la ignominia del olvido; pero peor hubiera sido tener que asistir hoy al desprecio a su memoria.

Salvador Moreno Peralta, Real Academia de Bellas Artes de San Telmo.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *