El caballo de Troya

Desde el resto de España se ha contemplado el espectáculo que ofreció Cataluña durante la semana que siguió a la publicación de la sentencia del Tribunal Supremo sobre la sedición (o rebelión) de la cúpula del Gobierno catalán en el otoño de 2017 con una mezcla de alarma y horror, pero también, fuerza es reconocerlo, de hastío. El drama, o la farsa, separatista lleva años ofreciendo sus extravagantes y apocalípticos capítulos y los españoles se preguntan cuándo terminará el culebrón. La cosa va para largo, pero en gran parte depende de nosotros el que dure más o menos y el que termine volviendo a la normalidad o produciendo la separación de Cataluña.

Los episodios vividos durante la nueva edición de la Semana Trágica y que se volvieron a repetir el pasado sábado por la noche, tras la manifestación independentista, han confirmado algo que ya sabíamos: el sistema educativo catalán es un arma potente, quizá la más potente, de que dispone el separatismo.

Por una parte, hemos visto que una parte muy importante de los manifestantes enfurecidos que han incendiado las calles de Barcelona y otras poblaciones eran muy jóvenes, a menudo adolescentes, con aspecto de estudiantes de enseñanza media o de universidad. La pregunta que se planteaba inmediatamente era cómo estaban haciendo el vándalo en el centro de Barcelona unos muchachos (y muchachas, por cierto, con cuidados peinados y pulcros vestidos, aunque, eso sí, enfundadas en sus correspondientes esteladas) en horario de clase. La explicación estaba, por supuesto, en que las escuelas y universidades echaron el cierre durante la Semana Trágica II, y animaron a sus estudiantes a olvidar sus obligaciones normales e ir a dar rienda suelta a su furia ante la terrible iniquidad de que el Tribunal Supremo dicte sentencia castigando (con mesura) a unos políticos que delinquieron gravemente, traicionando la confianza que el Estado español, al que representaban en Cataluña, había depositado en ellos. Una vez más, el sistema educativo catalán se ponía al servicio del movimiento separatista. Ya lo había hecho en otras ocasiones, notoriamente durante el referéndum de 1 de octubre de 2017, cuando prácticamente todos los colegios se convirtieron en colegios electorales en contravención de las órdenes de los altos tribunales.

Por otra parte, y mucho más grave, el sistema educativo público catalán se ha convertido en vocero adicto del movimiento secesionista, acosando a los alumnos que no comulguen con ruedas de molino, adoctrinando diariamente a sus estudiantes (por supuesto, exclusivamente en catalán) en la convicción de que no son españoles, de que ser catalán es incompatible con ser español, de que España en una potencia invasora extranjera, de que Espanya ens roba (aunque Cataluña deba a Hacienda cifras fabulosas que los separatistas no piensan devolver), todo ello basado en una versión de la Historia de Cataluña y de España repleta de falsedades que han sido denunciadas en ya numerosas publicaciones sin que los historiadores adictos se den siquiera por aludidos. Ya dijo Lenin que «la mentira es un arma revolucionaria» y Goebbels que «una mentira repetida mil veces se convierte en verdad»: los separatistas catalanes, gente muy de derechas, están dispuestos a adoptar cualquier consigna, comunista o nazi, que les sirva; y las mentiras son su especialidad.

Así, el sistema educativo catalán se ha convertido desde hace ya mucho tiempo en un cáncer dentro del cuerpo social español, en un caballo de Troya que nuestros políticos han introducido dentro de nuestras fronteras creyéndose muy listos al apropiarse de este regalo de sus enemigos, sin recordar el verso de la Eneida: Timeo danaos et dona ferentes (Temo a los griegos sobre todo cuando traen regalos). El regalo era un acuerdo momentáneo que mantuviera la paz social y política por unos meses o años, a cambio de acoger al caballo de Troya: manos libres para la Generalidad en educación.

Frente a la visión miope, cortoplacista, de los políticos de Madrid, el gran conspirador sigiloso del separatismo catalán, el artero Jordi Pujol Soley, el Doctor No gerundense, planeaba sus jugadas con visión de largo alcance, con el objetivo final de separar a Cataluña de España en las mentes y los corazones de los niños y jóvenes catalanes, lo que les convertiría cuando fueran mayores (y no tan mayores) en dóciles peones de los políticos separatistas. Y nuestros presidentes desde Adolfo Suárez hasta el actual en funciones, Pedro Sánchez, pasando por Felipe González, José María Aznar, José Luis Rodríguez Zapatero y Mariano Rajoy (el mandato de Leopoldo Calvo Sotelo fue quizá demasiado corto para que pudiera caer en la trampa pujolista) fueron cediendo competencias educativas o haciendo la vista gorda ante las incursiones de Pujol en terreno que debió serle vedado. No advirtieron que el artículo 15 del Estatut de Sau (1979) ya ponía en manos de la Generalidad todo el tinglado educativo aunque la competencia no estuviera transferida. Luego fue Aznar quien en 1996 le cedió las competencias educativas no universitarias creyéndose muy listo porque así lograba aprobar los presupuestos. Las universitarias estaban transferidas por decreto, no por ley, desde antes. También hicieron González y Aznar la vista gorda ante las leyes de normalización lingüística y política lingüística (claramente anticonstitucional la segunda) que de hecho colocaba al castellano no como lengua cooficial, sino como lengua extranjera en Cataluña.

El rey araña del separatismo, Jordi Pujol, fue tejiendo su red pacientemente. Él no quiso dar el paso definitivo porque había que esperar a que llegaran a la edad adulta las primeras generaciones sometidas al adoctrinamiento escolar. Eso ocurrió ya entrado el siglo actual, cuando las energías físicas y el empuje electoral de Pujol comenzaron a decaer. Entonces dio la alternativa y el bastón de mando a Artur Mas, el favorito de Marta Ferrusola, que a la larga resultó no estar a la altura de las circunstancias, porque se entregó a la tarea separatista con más entusiasmo que acierto. Pero los últimos tiempos nos han demostrado que, por más que la capacidad de los líderes haya decaído progresivamente, el entusiasmo de los soldaditos del separatismo no decae: vienen con la fe indestructible de fábrica. Se tragan todas las trolas enteras y sin atragantarse: la separación traerá la prosperidad, Cataluña siempre ha sido una nación, en Europa se espera a la Cataluña independiente con los brazos abiertos, las empresas están deseando establecerse en una Cataluña independiente, el Estado español es franquista, el mundo vive pendiente de Cataluña, los delincuentes son presos políticos, etcétera. Están dispuestos a creerse cualquier cosa que les digan la ANC, el Òmnium y/o TV3. Y no sólo eso. Como en El aprendiz de brujo, han adquirido fuerza inercial, y ahora son ellos los que presionan a sus creadores para que cumplan sus promesas separatistas.

A esta situación hemos llegado por la imprevisión de los políticos nacionales, presidentes y ministros de Educación, que han sido invariablemente incompetentes con la única excepción de Luis González Seara y, quizá, Javier Solana. La actual ministra en funciones es excepcionalmente inepta y su negativa a intervenir en los abusos de la educación catalana ha conllevado un rosario de mentiras y contradicciones que resultaba bochornoso oír y leer. Porque el remedio inmediato a corto plazo sería, simplemente, negarse a financiar aquellas escuelas (catalanas o no) que violen flagrantemente la Constitución o desobedezcan las sentencias de los tribunales. Para esto no hace falta ni siquiera un decreto: bastaría una orden ministerial. ¿Por qué tiene el Gobierno español que subvencionar escuelas que violan la ley diariamente? ¿No le convierte eso en cómplice del delito que ellas cometen? A la larga, por supuesto, se requiere una ley que recorte severamente las competencias educativas de todas las comunidades autónomas, no sólo la catalana, por el mal uso que han hecho de ellas. Sin una política radical de este tipo, el problema del separatismo catalán no tiene remedio.

Mariano Rajoy decía, con su inimitable acento y cachaza: «Yo no quiero líos». Es increíble que un presidente de Gobierno diga eso, como si la presidencia fuera una sinecura cuyo principal cometido sea leer el Marca. Rajoy lo decía, pero sus antecesores y sucesor parecen pensar lo mismo: dejemos ahí el caballo de Troya y no nos metamos en líos. Pero de las entrañas del caballo siguen y seguirán saliendo legiones de soldaditos separatistas decididos a toda costa a acabar con la democracia española, y su peso social aumentará con el paso de las generaciones. O acabamos con el caballo, o él acabará con nosotros.

Gabriel Tortella, economista e historiador, es autor (con J.L. García Ruiz, C.E. Núñez y G. Quiroga) de Cataluña en España. Historia y mito (Gadir).

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *