El cadáver de la verdad

Por Manuel de Unciti, sacerdote y periodista (EL CORREO DIGITAL, 28/11/06):

La presentación en una cadena de televisión de alcance nacional del documental informativo ‘En el nombre del Padre’ ha causado un profundo malestar en muchos cristianos del País Vasco y, de manera muy particular, en la mayoría de los sacerdotes de las diócesis de Bilbao, San Sebastián y Vitoria. Dejando a un lado el debate, muy vivo y urgente por otra parte, sobre la moralidad y aun legalidad de la utilización de la cámara oculta en las entrevistas a una serie de sacerdotes y aun al propio obispo Setién, la descalificación se ha centrado en el hecho de que el documental se toma la libertad de mezclar en un todo único imágenes y entrevistas obtenidas a cuerpo limpio -con las cámaras a la vista de los entrevistados y de los espectadores- con otras arrancadas a los entrevistados de modo torticero. El espectador medio, si no está muy alerta, se ve inducido a creer que todo se ha hecho con luz y taquígrafos, cuando la realidad es muy otra: hay planteamientos y diálogos a cara descubierta y otros, los más, con cámara oculta e, incluso, mintiendo desvergonzadamente sobre el objetivo de la entrevista. Es el caso, por ejemplo, de los dos o tres jóvenes que entrevistan al obispo emérito de San Sebastián haciéndose pasar por universitarios en trance de preparar una tesis académica sobre problemas de la actualidad del País Vasco.

Una muy buena parte del documental mira a sonsacar a los sacerdotes su personal actitud para con los funerales y misas que algunos presuntos feligreses desean encargar por el eterno descanso de los familiares, parientes o conocidos que han sido asesinados por el terrorismo de ETA o, en su caso, por los que han caído abatidos por la Fuerzas de Seguridad. Los sacerdotes, de modo prácticamente unánime, acogen disciplinada y educadamente la solicitud de celebrar la Eucaristía por los difuntos en cuestión; se cierran, sin embargo, en banda cuando el peticionario pretende que en la celebración de la Eucaristía el celebrante exprese públicamente el nombre y apellido o apellidos del difunto y hasta la connotación dolorosa de que ha sido arrebatado de esta vida de modo violento.

La expresión pública del nombre -Patxi, Txomin, Eduardo, Edurne o Enrique- no presenta ningún problema. La citación de los nombres de los difuntos está contemplada, en efecto, en las rúbricas del Misal Romano y los sacerdotes celebrantes se atienen de ordinario a las normas de la liturgia. Pero cuando el demandante de la misa trata de imponer al sacerdote nuevas exigencias, está claro que éstas -en el contexto concreto del País Vasco- encierran alguna motivación o finalidad política. El sacerdote, en ese caso, hace bien en negarse a las nuevas exigencias del demandante. El ministro de la Eucaristía no puede permitir que la celebración sacra se vea humillada o rebajada por objetivos políticos que, aunque lícitos en sí mismos, resultan inadecuados en el ámbito eclesial porque, consciente o inconscientemente, pretenden prolongar y radicalizar la división entre los ciudadanos. ¿Si hasta los de IU y los Verdes de Cataluña han denunciado estos días que la convocatoria a una misa por Franco en la basílica del Valle de los Caídos tiene una excesiva carga política, por lo que sería bueno que no se diera paso a dicha convocatoria! ¿Pues allá es nada la carga política que encierran algunos encargos de misas y de funerales en Euskadi!

Se comprende fácilmente que las diócesis vascas se hayan visto obligadas desde hace veinticinco o treinta años, más menos, a multiplicar sus normas pastorales sobre la celebración de la Eucaristía. Muchos recordarán aún aquellas celebraciones funerales que en las más diversas parroquias servían de excusa para actos de afirmación patriótica de uno u otro signo. Funerales con un despliegue espectacular de banderas rojo y gualda o de ikurriñas; misas concelebradas por un número alto de sacerdotes a los que se les conocía por estar marcados públicamente con un determinado signo político; féretros que se introducían en los templos arropados con los colores de esta o de aquella nacionalidad No se puede ni se debe poner en tela de juicio la religiosidad de los asistentes a tales ritos porque la Iglesia tiene por principio no juzgar de la interioridad de las conciencias; pero pocas dudas caben -a partir de concretos signos externos- de que muchos, además de por devoción, se congregaban bajo las bóvedas de los templos para afirmarse y reafirmarse en su personal y social opción política. No se acudía a la iglesia sólo a rezar por el eterno descanso del difunto sino con el ánimo de prolongar e incrementar la tensión política. Los obispos vascos, así las cosas, tuvieron que tomar cartas en el asunto. Legislaron que no se podía introducir en el templo bandera alguna sobre los féretros y que debía limitarse a tres el número de los concelebrantes en la misa funeral.

En este concreto ambiente hay que situar la actitud de los sacerdotes cuyas tomas de postura se muestran en el documental ‘En el nombre del Padre’; y también hay que enmarcar en ese mismo ambiente -apasionado y maniqueo- los requerimientos de los que solicitan una misa con nombres y apellidos del difunto. Un vez más se pretende que, so capa de devoción, se dé paso a la pasión. El documental, al obviar estas referencias al marco social y político de la actualidad del País Vasco, se ha hundido en una grotesca caricatura, molesta e injusta. A todos los muertos que sirven de ocasión y hasta de pretexto para el documental, hay que sumar uno más: el cadáver de la verdad o de la realidad. Y eso sin tener en cuenta que las declaraciones de algunos sacerdotes fueron cortadas con excesiva impertinencia.

Más interesante habría resultado que el documental hubiera puesto sobre el tapete la discusión de si es o no correcto celebrar misas y funerales por los militantes etarras abatidos en la refriega del terrorismo y del antiterrorismo o por cualquier otro etarra que propugna la lucha armada para el logro de sus objetivos políticos. Hay en esta cuestión una asignatura pendiente que la Iglesia vasca no se ha atrevido a abordar. Si el terrorismo merece la descalificación por parte de la ética cristiana de ser una opción injusta e inmoral, radicalmente antievangélica -y los obispos vascos se han hartado de proclamarlo en muchas ocasiones y muy en alto-, ¿cómo podría justificarse que la comunidad cristiana fuera oficialmente convocada a celebrar el tránsito de la muerte a la Vida de uno que, bautizado en su día, ha renegado en la práctica de su condición de seguidor de Jesús de Nazaret al optar por la violencia sistemática como su propio modo de realización personal?

No se trata, una vez más y evidentemente, de juzgar el interior de la conciencia de nadie -cuestión ante la que sólo cuenta el amor de Dios-, pero la Iglesia es también una realidad social, comunitaria y visible, que no puede pronunciar un juicio sobre el terrorismo como hecho radicalmente anticristiano, para -a continuación- dispensar al cadáver del terrorista un trato reservado, en principio, a los cristianos. ¿Claro que los creyentes han de encomendar a Dios el alma de los difuntos, incluidos los difuntos terroristas, pero las exequias públicas han de estar reservadas a los que, santos o pecadores, no han optado por un estilo de vida que permanentemente les aleja de la condición misma de cristianos! El tema es, sin duda, de los que levantan ronchas. Padres y familiares de los terroristas son o pueden ser auténticos cristianos que desean para sus hijos o parientes la caridad de un funeral en el templo. No tienen, además, culpa alguna en que su hijo o su pariente haya tomado un camino que ni siquiera ellos, padres y familiares, comparten. Pero si la Iglesia cede, por piedad, al llanto de unos familiares está rebajando la fuerza del ‘No matarás’ que los obispos vascos se han visto en la precisión de recordarlo en tantas, ay, ocasiones.

P.S. Particularmente odiosa resulta la referencia del documental al sacerdote José Ramón Treviño, en su día arcipreste de Irún. Fue juzgado y condenado, es cierto, por haber albergado durante una noche a dos jóvenes que resultaron ser etarras, autores del asesinato de tres personas en Cantabria. ‘En el nombre del Padre’ podía haber recordado, por amor a toda la verdad, que la parroquia del cura Treviño disponía permanentemente de un local en donde encontraban refugio los españoles y los extranjeros que, por las razones que fuere, habían sido rechazados en el paso de la frontera con Francia y no tenían dónde pasar la noche. Sólo a la mañana siguiente, cuando el informativo de una emisora dio cuenta del atentado perpetrado en Cantabria, al sacerdote Treviño le vino el pensamiento de que los autores del asesinato podían ser, tal vez, los dos jóvenes que habían llamado a la puerta de la parroquia la noche anterior. Salió de su habitación para hablar con los muchachos en cuestión, pero éstos ya habían abandonado el local. Inmediatamente dio cuenta de los hechos y de su sospecha a sus superiores jerárquicos.