El cálculo de Putin

Conforme a la mayoría de las opiniones, el Presidente de Rusia, Vladimir Putin, ha sido el vencedor en la crisis de Ucrania, al menos hasta ahora. Su anexión de Crimea, que Nikita Jrushchev transfirió arbitrariamente a Ucrania en 1954, ha sido aplaudida de forma generalizada en su país y su reacción ante las respuestas de los gobiernos occidentales ha sido en gran medida la de encogerse de hombros, pero, desde una perspectiva a más largo plazo, la victoria de Putin no es tan segura precisamente.

La crisis actual de Ucrania comenzó con la decisión del Presidente Viktor Yanukóvich de rechazar un Acuerdo de Asociación de la Unión Europea y optar, en cambio, por un acuerdo con Rusia, que incluía, entre otras cosas, una financiación urgentemente necesaria. Los ucranianos de las regiones occidentales del país, las más pro UE, se sintieron indignados y se produjeron protestas populares prolongadas que acabaron derribando al gobierno corrupto, pero democráticamente elegido, de Yanukóvich.

Pero no todos los ucranianos eran contrarios a mantener vínculos más estrechos con Rusia. De hecho, la decisión de Yanukóvich gustó a muchos ciudadanos rusófonos de las regiones oriental y meridional de Ucrania y, cuando, después de meses de manifestaciones pacíficas en Kiev, estalló la violencia y murieron manifestantes, a Rusia fue adonde Yanukóvich huyó.

Por su parte, Putin no sólo dio refugio a Yanukóvich y se negó a reconocer al nuevo gobierno de Kiev, sino que, además, se puso a ayudar a organizar –e incitar– la resistencia entre la mayoría de etnia rusa de Crimea. Desplegando tropas rusas (con frecuencia disfrazadas y sin insignias) de la base de la flota del mar Negro en Sebastopol, que Rusia había arrendado a Ucrania, Putin pudo tomar el control de la península sin pérdida de vidas.

Cuando los dirigentes occidentales expresaron su indignación ante los cambios de fronteras europeas por la fuerza, Putin no se inmutó y citó el uso de la fuerza por parte de la OTAN en Kosovo hace quince años y su posterior apoyo a su secesión oficial respecto de Servia, como ejemplo de su hipocresía. Occidente respondió con sanciones selectivas contra algunos funcionarios rusos de alto nivel, ante lo cual Putin reaccionó, a su vez, con sanciones que prohibían la entrada a su país de determinados políticos occidentales.

En resumen, se han congelado las cuentas de algunos bancos rusos; se han interrumpido los envíos de algunas mercancías estratégicas y el rublo y el mercado de valores ruso han sufrido pérdidas, pero en conjunto las repercusiones de la respuesta occidental han sido moderadas.

La renuencia de Occidente a intensificar las sanciones se debe en gran medida a países europeos que mantienen fuertes vínculos económicos con Rusia. Si bien los Estados Unidos, que comercian poco con Rusia, y la UE han prometido establecer un marco para sanciones suplementarias, que se activará, si Putin envía fuerzas a la Ucrania oriental, no será fácil formularlas de forma que no perjudiquen a Europa.

No obstante, Rusia ha pagado un alto precio por sus acciones en cuanto a su reputación internacional. La buena voluntad y el poder blando obtenidos con los Juegos Olímpicos de Sochi se agotaron inmediatamente y ahora Rusia ha quedado prácticamente expulsada del G-8. En la Asamblea General de las Naciones Unidas, Rusia tuvo que afrontar una votación embarazosa en la que 100 países condenaron sus acciones y, al final de la cumbre sobre la seguridad nuclear de La Haya, el Presidente de los EE.UU., Barack Obama, citó a Rusia como una potencia regional cuyas políticas agresivas para con sus vecinos revelaban debilidad.

¿Importa algo de todo eso a Putin? La respuesta depende de cuáles sean sus objetivos.

Si, como afirman algunos observadores, las acciones agresivas de Putin se deben a sensaciones de inseguridad, ha tenido un éxito desigual. En ese sentido, Putin temía una menor influencia en un país vecino con el que Rusia tiene profundos vínculos históricos, pero, pese a la evidente influencia de Rusia entre los ciudadanos rusófonos de la Ucrania oriental, la repercusión general de la anexión de Crimea ha sido la de reducir la influencia de Rusia en el país, al tiempo que reavivaba la bête noire de Putin, la OTAN.

Putin puede haber estado preocupado también por que una revolución lograda en Ucrania pudiera alentar una reactivación de las protestas que le causaron tantos problemas en 2012, cuando volvió a hacerse cargo de la presidencia, tras la de Dmitri Medvedev. Después de su anexión de Crimea, la tasa de aprobación interna de Putin se ha disparado y las posibilidades de que cualquier protesta logre socavar de verdad a su gobierno –y mucho menos aún derribarlo– son muy escasas.

Otros afirman que la motivación primordial de Putin fue la de restablecer la condición de “gran potencia” mundial de Rusia. Al fin y al cabo, Putin, ex agente del KGB en la Alemania oriental, lamentó la disolución de la Unión Soviética como “el mayor desastre geopolítico del siglo XX.”

En realidad, se ha dicho con frecuencia que Putin estaba irritado con Occidente, asaltado por una sensación de traición y humillación a consecuencia de un trato a Rusia que considera injusto. Para Putin, gestos como los de incluir a Rusia en el G-8 , el G-20 y la Organización Mundial del Comercio e invitar al embajador ruso a los debates de la OTAN en Bruselas no podían compensar la expansión de la OTAN hasta las fronteras de Rusia, la instalación de misiles antibalísticos en la Europa oriental o la desmembración de Servia. El derrocamiento del coronel Muamar El Gadafi de Libia y los intentos actuales de socavar el régimen del Presidente de Siria, Bashar El Assad, satélite del Kremlin, no han hecho sino empeorar la situación.

Si el prestigio fue un motivo importante para las acciones de Putin en Crimea, la respuesta de Occidente puede tener una repercusión mayor de lo que muchos creen. Antes de los Juegos Olímpicos de Invierno celebrados en Sochi (donde estaba previsto que en el próximo mes de junio se reuniera el G-8), Putin citó un poder blando cada vez mayor como objetivo importante de Rusia y que su utilización del poder duro en Ucrania ha hecho mucho más difícil de alcanzar.

En ese sentido, la declaración de Obama de que Rusia es una potencia regional que actúa por debilidad, no menos que la suspensión de la participación de Rusia en el G-8, puede haber afectado a Putin donde es más vulnerable. No cabe duda de que sus acciones en Ucrania han brindado a Rusia beneficios tangibles a corto plazo, pero también entrañan costos menos evidentes. Falta por ver si la audaz iniciativa de Putin ha valido la pena.

Joseph S. Nye Jr., a former US assistant secretary of defense and chairman of the US National Intelligence Council, is University Professor at Harvard University. He is the author, most recently, of Presidential Leadership and the Creation of the American Era. Traducido del inglés por Carlos Manzano.

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