El califato que no cesa

En el año 2002, el mundo periodístico internacional se conmovía horrorizado: miembros del Movimiento Nacional por la Restauración de la Soberanía de Paquistán habían decapitado, con grabación incluida, a Daniel Pearl, redactor del «Wall Street Journal» acusándole de espía. No fue el primer ni el último periodista asesinado por terroristas, pero la acción se hallaba comprendida en el ámbito local, con el pretexto del espionaje. Sin embargo, la configuración ideológica y moral de los criminales era la misma del pomposo y actual Estado Islámico, cuyas metas son globales y la finalidad de su barbarie es infundir pavor para extenderse. Han asesinado con publicidad a James Foley para aterrorizar al mundo occidental, objetivo bastante fácil, como puede percibirse en cualquier crisis. Por ejemplo, véase la reciente histeria desatada en España por el virus Ébola, tan similar, aunque incruenta, a la desencadenada entre el 11 y el 14 de marzo de 2004, que tan cara nos ha salido.

En realidad –perdónenme la naturalidad escéptica– está todo visto, pese a presentarse los acontecimientos como grandes novedades: han aparecido –gran descubrimiento– los yasidíes, como si a lo largo de los siglos XIX y XX ellos, los judíos, los cristianos de distintas confesiones, los armenios (que también son cristianos) y los kurdos (suníes) no hubieran sufrido persecuciones y matanzas innumerables a manos de turcos y árabes. Todo es prodigiosamente nuevo para tertulianos y espectadores, enfrascados en dilucidar si hay un Islam moderado y dialogante (y fuera de estas dos palabras nadie aporta nada concreto) y, sobre todo, qué parte de culpa recae sobre nosotros u otras causas exógenas a propósito de acciones perpetradas por musulmanes: degüellos masivos, crucifixiones y esclavización de mujeres y niños, el botín de las rapiñas, vaya, como se practica en la región desde antes del Profeta.

Con temperaturas de más de cincuenta grados a la sombra, asesinados y corridos por los cerros, se desplazan cientos de miles de personas, en tanto Estados Unidos y Europa miden, sopesan, calibran. Ante una urgencia inmediata, de vida o muerte, quienes tienen los medios para cortar la catástrofe siguen charlando y, como mucho, escurriendo el bulto con algunas incursiones aéreas. Y los conocedores del espanto climático del estío iraquí, solo podemos indignarnos con un Occidente tan cuidadoso en no ofender a los salvajes: «Esto no tiene nada que ver con el Islam», frase preferida, para curarse en salud, de todo analista político que no sabe qué decir ante la barbarie de sus prohijados, persuadidos como siguen de que defender cualquier causa del Tercer Mundo es de buen tono. Y, por supuesto: el Islam en tanto que creencia o idea abstracta, no mata a nadie. El problema está en sus propagandistas y ejecutores.

El Papa, como es natural, pide la paz, pero al tiempo exhorta a que «se les frene, pero sin bombardearlos», con lo cual debemos esperar su sobrenatural intercesión para conseguir lo uno sin hacer lo otro. Y no parece que este Papa sea un iluso o un tonto, pero sabe que poco más está en su mano. No estamos en el siglo XI para lanzar una Cruzada en serio, primero habrían de darse un convencimiento y decisión generales en los cristianos de Occidente para salvar a los de Oriente, como los hubo entonces. La inhibición como norma, el materialismo por objetivo único y la abducción idiotizada de grandes segmentos de la sociedad en los brazos de la Circe electrónica, han castrado toda capacidad de reacción. Frente al hijo –de ocho o nueve años: «That’s my boy!»– de un australiano converso al Islam, que exhibe la cabeza de un soldado sirio, a quien papá y sus compadres acaban de despenar por oponerse a los designios de Allah, según versión del nuevo Califato, nosotros solo oponemos escapismo y apaciguamiento. El contraste no puede ser más crudo y la conclusión tampoco: si perseveramos por este camino, a medio plazo nuestros hijos estarán perdidos, inmersos en un desarme moral que los incapacita para defenderse de nada y solo alcanza para identificarse con las mariposas o ballenas de acá o allá, y cuidadosamente selectivo en sus solidaridades y dolores, si alguna vez los medios de comunicación los pastorean –en la pantalla, por supuesto– hacia tragedias humanas reales, con olvido, si no ocultación, de todas las demás.

En su día (2003) apoyé el derrocamiento de Sadam Husein –y no me escondo ahora por ello– porque la relativa estabilidad que proporcionaba era tan efímera e insegura como la de cualquier tiranía, pero en modo alguno fui responsable (como otros que también lo apoyaron) de los errores garrafales cometidos por los americanos: entrar en el país con un tercio de las tropas necesarias para sofocar toda resistencia, no sellar las fronteras para impedir la entrada de ayudas (que entraron) y haber liquidado y prescindido de todo el aparato represivo del Ba’at, sumiendo a Irak en el caos, que ellos mismos pagaron más pronto que tarde. Ahora, insisten en idéntico juego: las soluciones a medias que –como decía nuestro injustamente olvidado Nicolás de Azara– arruinan los asuntos grandes, si bien las posibilidades de permanencia del nuevo Califato son escasas, porque los poderes musulmanes auténticos, en especial Arabia Saudí, no lo van a permitir, aunque los instrumentalicen como peones y piezas de presión. Aparte de los cuatro primeros califas («sucesores») de Mahoma, ha habido unos cuantos califatos, sucesivos o simultáneos: Omeyas, ‘Abbasíes, Omeyas de alAndalus, Fatimíes de Túnez y El Cairo, Otomanos…, más unos cuantos Mahdis de enumeración prolija. Todos ellos exhibían algún tipo de legitimidad histórica, por retorcida que fuese, pero no es verosímil que los musulmanes con mando real consientan a un cualquiera erigirse en califa, dado el predicamento rector sobre la totalidad de la umma suní que acapararía.

Pero tampoco entre nosotros faltan los capotes intelectuales, bien que indirectos, las explicaciones traídas por los pelos (pequeños factores que aclararían grandes fenómenos), por ejemplo, sobre la misoginia en el Islam o la violencia de los Hermanos Musulmanes, un elenco amplio de asuntos que requiere más espacio. Aquí y ahora (Europa, 2014) oponerse al llamado diálogo comporta riesgos de persecución y ludibrio como los de Ayaan Hirsi Ali (y otros) o muerte civil y proscripción moral, como Robert Redeker, por decir en voz alta lo que mucha gente piensa: se tunde y margina a quienes estiman que esto no es un mero problema de terrorismo (lo fácil a corto plazo), sino una confrontación entre culturas, concepción del mundo y las relaciones humanas, convulsiones profundas en la frontera establecida ya a fines del siglo VIII: el Mediterráneo.

Serafín Fanjul, de la Real Academia de la Historia.

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