El callejón sin salida de López Obrador

Por Jorge Volpi, escritor mexicano (EL PAÍS, 09/09/06):

A quienes en algún momento simpatizamos con Andrés Manuel López Obrador, o más bien con su causa, no deja de sorprendernos el cúmulo de errores que ha acumulado en las últimas semanas. En este brevísimo tiempo ha estado a punto de despilfarrar todo su capital político; a lo largo de su carrera, López Obrador se caracterizó siempre por su defensa de los desamparados y, sin embargo, ahora parece dispuesto a traicionarlos. Incluso si, como hipótesis, aceptamos su punto de vista -es decir, que fue víctima de un fraude-, su estrategia de confrontación lo ha llevado a un callejón sin salida.

A López Obrador le pesa demasiado la sombra de Cuauhtémoc Cárdenas. En 1988 éste fue víctima de un enorme fraude electoral, pero al final decidió no salirse de la vía institucional y, con la fuerza ganada entonces, forzó una mayor apertura democrática. Este camino, que ahora muchos en el PRD tildan de gradualista o timorato, le garantizó al país un sistema electoral confiable y la derrota del PRI en el 2000 (aunque, paradójicamente, por un candidato de la derecha). López Obrador está decidido a no repetir este modelo; él no quiere pasar a la historia como “líder moral” y, sobre todo, no quiere compartir el destino de Cárdenas, quien trabajó como nadie por el establecimiento de la democracia, sin alcanzar jamás la presidencia.

A mi modo de ver, este miedo es el que ha guiado las acciones recientes de López Obrador, y por tanto del PRD y sus aliados: no el bien del país, ni el de esos sectores marginados por los que siempre ha luchado, sino la ciega voluntad de no convertirse en otro Cuauhtémoc.

Convencido de su triunfo, como Cárdenas en 1988, pero decidido a no repetir su frustrante experiencia, López Obrador no ha encontrado otra salida que forzar una vía “revolucionaria” que la izquierda mexicana había descartado varios lustros atrás. Así, de la noche a la mañana ha pasado a imitar, de forma casi grosera, el discurso y las acciones del subcomandante Marcos, la única figura relevante de la izquierda radical que ha tenido México en el último cuarto de siglo y quien, por cierto, fue uno de los críticos más acerbos de López Obrador durante la campaña. No obstante, en otra de esas paradojas tan comunes en nuestra historia, a éste no le ha importado suplantar a Marcos como luchador social dispuesto a denunciar la corrupción de todo nuestro sistema: de allí su ya célebre, e infame, “¡al diablo con sus instituciones!”.

En el 18 Brumario de Luis Bonaparte, Marx escribió que los grandes hechos de la historia ocurren dos veces, una como tragedia y otra como farsa. Y eso es lo que está pasando con la apropiación de la estrategia zapatista por parte del PRD: su “resistencia civil pacífica” suena hueca y anacrónica. Nadie -sería mejor decir: nadie que no esté de su lado- puede aceptar sus declaraciones de que Vicente Fox es un dictador, de que vivimos en un “Estado represivo”, de que el PAN es un partido “fascista” o de que Calderón ha dado un “golpe”. Con todo lo incómodos y molestos que son, los campamentos del Paseo de la Reforma y el Zócalo recuerdan más a los stands de una feria del libro que a las trincheras de la Comuna de París. Y sus admoniciones épicas, violentas e iluminadas suenan como copias burdas -y desprovistas de humor- de los comunicados del subcomandante. No deja de ser irónico -y penoso- que su mayor iniciativa, la convocatoria a una Convención Nacional Democrática el 16 de septiembre en el Zócalo -y su apuesta porque el “pueblo”, en un acto de “democracia directa”, lo elija como “presidente legítimo”-, no sea sino un remedo de la organizada por Marcos en Chiapas en 1995 (y en la cual la pregunta a la concurrencia, más divertida, era si éste debía quitarse el pasamontañas).

Insisto: aun si creyéramos que López Obrador fue víctima de un fraude, su táctica resulta equivocada. Como ya denuncian las últimas encuestas -en las que por supuesto él no cree- su “resistencia civil pacífica” sólo logrará alienar a la mayor parte de sus votantes. Si en verdad quiere ser congruente con su programa político -y sobrevivir a este trance-, López Obrador necesita replantear sus métodos. Quince millones de personas lo eligieron por un motivo. No puede continuar traicionándolos sólo para conjurar un fantasma (Cárdenas) y resucitar otro (Marcos).

Nadie le pide que reconozca el triunfo de Calderón; ni que transija con quienes detentan el poder; ni que se muestre menos combativo. Pero, si no quiere pasar a la historia como otro líder que despilfarró el apoyo de su gente por arrogancia, debe realizar acciones que en efecto, y no sólo de manera espectacular, incidan en la transformación de esas instituciones que él -y muchos con él- consideran caducas.

Así que debería dejar de bloquear calles y convocar marchas (que incomodan a tantos ciudadanos inocentes), de sabotear los actos de gobierno (el bloqueo del Informe de Fox sólo mostró al PRD como un partido intransigente) y de abjurar de las instituciones (su hipotético nombramiento como “presidente legítimo”) para realizar acciones que en verdad pongan en cuestión los actos de Felipe Calderón.

Su propuesta de un “gobierno paralelo”, si se transforma en un “gabinete en la sombra” como el que existe en otros países, no me parece desdeñable: la idea sería que hombres de probada capacidad examinen de modo implacable cada una de las decisiones del gobierno de Calderón. Luego, no en el Zócalo, pero sí en nuevas conferencias televisivas, el mismo López Obrador podría cada día dar su punto de vista sobre los actos de su rival, asumiendo las funciones de líder de la oposición que existe en otras partes. Y, en fin, debe encontrar cauces legítimos para que el movimiento social que lo ha acompañado pueda mostrar su descontento y contribuir razonadamente a la reforma que México necesita con tanta urgencia.