«El calvario del fulminado»

A lo largo de mi vida, desgraciadamente, he conocido a muy pocos escritores o poetas. Sobre todo me he relacionado con ajedrecistas. Recuerdo que Karpov me besó en la boca. En presencia de Kasparov. Acto irracional, incluso en Moscú. Sucedió en el edificio de la Pravda. Mientras Christina Burrus y la televisión francesa nos filmaban. El 3 de septiembre de 2002. Los boxeadores no-violentos se calzan guantes de chicle.

… a lo largo de mi vida no he conocido a ningún escritor o poeta que viviera de su pluma. Con código de barras. No conocí ni conozco a poetas de postín. Ni a escritores de familia rica. Como, en su día, Raymond Roussel, Marcel Proust o el marqués de Santillana.

… a lo largo de mi vida no conocí a ningún escritor o poeta que hubiera podido figurar en un «palmarés». Ni en la lista de personas más populares. Ni en la de los más acaudalados. Ni en la de los más célebres. Precisamente en la lista de personas «más influyentes» no vienen nunca escritores o poetas. Pero casi todos los años Oprah Winfrey, Obama, Beyoncé, Jing-Jong-un, George Clooney, el presidente de China o Lionel Messi. Obviamente por ello a los anónimos famosos se les conoce. Salvo si, encima, fracasan.

… a lo largo de mi vida no conocí a ningún escritor o poeta que tuviera secretario. Los más afortunados tenían o tienen colaborador. Es decir a un amigo. A un íntimo que benévolamente, a lo «madre Teresa», ayuda al escritor. Con tacto incluso un topo consigue que un hipopótamo se encuentre en la madriguera como en su casa.

… a lo largo de mi vida no conocí a ningún escritor o poeta que tuviera que protegerse. En exclusiva. Con derechos mundiales. Para todos y cada uno de sus escritos. En todas las lenguas. Hasta en volapuk para canarios. Mientras realizaba mi última película con Borges, un espontáneo le preguntó. «¿Cómo se protege contra los editores piratas?». Jorge Luis Borges respondió: «¡¿Protegerme?!, es un placer tan grande y tan inesperado que a uno le editen aquí o allá…».

… a lo largo de mi vida no conocí a ningún escritor o poeta que estuviera «hasta la coronilla» respondiendo a las «mil y una» entrevistas. O redactando prefacios. O escribiendo artículos. O impartiendo conferencias. Los psiquiatras mudos son ideales para boas con dentadura postiza.

… a lo largo de mi vida la mayoría de los escritores que tuve o tengo la inmerecida suerte de conocer o de haber conocido viven o vivían en condiciones precarias. Durante sus últimos cincuenta años de vida André Breton (fundador y creador del surrealismo) vivía en un cuchitril. Entre dos pisos. No habitaba ni en un segundo ni en un tercer piso. Sino en una especie de cacho entre los dos. Al que algunos hoy llaman «estudio». Cuando iba a verle tenía que adaptarme a su mesa. El mueble ocupaba hasta el borde todo el cuarto. En el bulevar del Pont-Royal, Alfred Jarry tuvo otro «cacho». El suyo. Tan similar. También entre un segundo y un tercer piso. Jarry lo bautizó «el calvario del fulminado».

… a lo largo de mi vida ninguno de mis amigos escritores y poetas se quejó de su situación. De «pobres de solemnidad». Nunca. Ni remotamente. Honorífico título que sus compañeros de Academia Militar «alzados» dieron a mi padre. Degradado. Y condenado a muerte. En el penal del Hacho.

… a lo largo de mi vida los mejores escritores o poetas terminaron su vida perseguidos por ujieres. O atosigados por impuestos microscópicos. Gracias a ello (o a pesar de ello) Alfred Jarry escribió «Gestos y opiniones del doctor Faustroll, patafísico». Un libro ejemplar. Un monumento.

Conocí a Allen Ginsberg y Andy Warhol… durante la prehistoria. Es decir en 1959. Allen Ginsberg en cuanto me vio me invitó a su tabuco. Me recibió con su amante Pierre desnudo y defecando. Ese año la Fondation Ford (Institute International of Education) nos había invitado a conocer USA. A seis «escritores noveles europeos que un día llegarían a la celebridad». A pesar de semejante pirueta del tohu-bohu acertaron de forma cuasimágica. Con Günter Grass para Alemania. Con Italo Calvino para Italia. Con Hugo Claus para Bélgica. Y tutti quanti. Solo fallaron con España: pues fui yo el elegido. Invisibles, aún hubiéramos sido más esfumados.

Marcel Duchamp en los Estados Unidos realizó «Etant donné». Su gigantesco y decisivo proyecto. Entonces solo estaba en su cuaderno. Daba clases de francés para pagarse su chamizo en un hotel. En París Man Ray estaba mal protegido contra la lluvia. Y aún peor Giacometti. Un día contaré su noche con Marlene Dietrich en su buhardilla. Que poco tiene que ver con el cuento de la inolvidable. Para morir Topor se ocultó en una portería. Ionesco pasó años en otra parecida. Beckett vivió medio siglo en la calle des Favorites en una «buhardilla para el servicio». Como tantos de sus colegas hoy. Como Cioran. El filósofo, hasta su último día, compartió con Simone diez metros cuadrados. Poco antes Luce le preguntó «¿qué está escribiendo?». Cioran respondió: «No quiero calumniar más al mundo». «No es calumnia, es maledicencia» replicó Luce.

… a lo largo de mi vida los escritores o poetas como André Breton, Andy Warhol, Allen Ginsberg, Duchamp, Topor, Simon Leys, Beckett, etc. no tuvieron problemas con paraísos prohibidos. La mayoría murieron cubiertos de deudas. Para su honor. Hoy sabemos (por recientes estudios médicos) que Alfred Jarry «murió de hambre».

… a lo largo de sus vidas los escritores y poetas adoptaron escribir como quien entra en religión. Sin punto de apoyo. Reclinándose en el vacío. Quizás todos intuyeron que, una vez ocultados, de pronto sus herederos, inesperadamente después de tantas estrecheces, conocerían al fin la fortuna. Como el único e irónico premio que reciben desde el limbo.

Por ello los escritores y poetas «vivos» solo lo son para los demás y únicamente al ocultarse. Definitivamente.

Ninguna civilización fue capaz de desarrollar tal afluencia de evidencias. La confusión ¿es un programa para perpetuarse?

Todos crecieron ¿felices? con el sudor de sus indisciplinas. A la vez aquí y al margen.

Fernando Arrabal, , dranaturgo y escritor.

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