El camino a la democracia árabe

En el torbellino de la Revolución Francesa surgió un dicho popular: “¡Qué hermosa era la República… hasta la monarquía”. La Revolución apuntó a lograr Libertad, Igualdad y Fraternidad. En su lugar, forjó en Francia -y gran parte de Europa- el terror jacobino, el contra-terror de derechas, décadas de guerra y, finalmente, la tiranía napoleónica. África del Norte y el Oriente Medio, donde la mayoría de los países árabes están experimentando convulsiones masivas, enfrentan ahora un desafío similar.

Históricamente hablando, lo que está ocurriendo no tiene precedentes en el mundo árabe. Por primera vez, los regímenes árabes autoritarios han sido derribados, y otros se han visto amenazados, por manifestaciones masivas que exigen libertad y democracia. Anteriormente, los regímenes árabes habían cambiado a través de golpes militares y otros tipo de golpes de Estado, nunca a través de revoluciones populares.

Durante la gran ola democrática de la década de 1990, que derribó dictaduras en Europa del Este, América Latina, África subsahariana y el sudeste de Asia, nada parecido ocurrió en los países árabes del Norte de África y Oriente Medio. Ahora, sin embargo, la inercia política de la región se ha visto alterada. La Plaza Tahrir de El Cairo se ha convertido en un símbolo de esperanza y “poder popular”.

Sin embargo, aunque la mayoría de los regímenes árabes parecen ahora amenazados, sólo dos gobernantes autoritarios – Zine el-Abidine Ben Alí en Túnez y Hosni Mubarak en Egipto – han sido depuestos hasta ahora. Las suyas fueron autocracias relativamente “suaves” . Gobernantes mucho más opresivos y crueles – el coronel Muammar Gadafi en Libia, Bashar Assad en Siria y Ali Abdullah Saleh de Yemen – aunque seriamente amenazados, han demostrado ser mucho más resistentes (hasta ahora) en la supresión de la oposición popular. Incluso en la pequeñas Bahréin, la minoría suní ha logrado mantener por ahora su dominio sobre la mayoría chií, aunque con la ayuda militar de los países vecinos suníes.

Como siempre, es más fácil derrocar una autocracia que construir y consolidar un régimen democrático. Cuando el comunismo en Europa del Este se derrumbó, sus viejos sistemas, a pesar de algunas diferencias obvias, tenían las mismas características: eran dictaduras de partido único, con control estatal sobre la economía, la educación y los medios de comunicación. Hoy en día, son muy diferentes entre sí. Polonia, República Checa y Hungría, por ejemplo, pudieron realizar una exitosa transición a la democracia y una economía de mercado. Rusia volvió a un sistema neo-autoritario. Las repúblicas ex soviéticas de Asia Central han desarrollado varias formas de gobierno “sultanístico” .

La razón de estas diferencias es simple: la transición democrática requiere no sólo elecciones, sino también varias condiciones previas: una sociedad civil dinámica; tradiciones anteriores, ya sea reales o recordadas, de representación, pluralismo, tolerancia e individualismo; un papel limitado de la religión , y un marco institucional efectivo para un sistema multipartidista. Cuando se dan estas condiciones, puede tener éxito la transición a la democracia; donde faltan, como en Rusia, son escasas las probabilidades  de transición exitosa a una democracia consolidada.

La evolución de los acontecimientos en Egipto será crucial, no sólo porque es el país árabe más grande, sino también porque algunas de las precondiciones necesarias parecen tener una presencia más fuerte que en otras partes de la región. Sin embargo, incluso en Egipto los desafíos son enormes. Con el llamado a elecciones anticipadas para septiembre, existen serias dudas sobre si los grupos de oposición tendrán el tiempo, los medios y la experiencia para organizar partidos políticos eficaces.

Por el momento, sólo el ejército -que en la práctica ha gobernado el país desde 1952- y la Hermandad Musulmana, que tiene la mayor red social, parecen ser los jugadores serios. ¿Estará dispuesto el ejército, cuyo monopolio del poder paradójicamente se ve legitimado por las manifestaciones masivas que derrocaron a Mubarak, a renunciar a la enorme influencia política y económica que ha acumulado durante décadas?

Se oye hablar de un modus vivendi posible entre el ejército y la Hermandad Musulmana. De hecho, algunos activistas ya están de vuelta en la Plaza Tahrir manifestándose contra una alianza incongruente y, sin embargo, posible. En Libia, si cae Gadafi, puede un país así de tribalizado poseer los elementos básicos necesarios para una democracia que funcione?

El problema, habría que destacar, no es el Islam como tal: durante mucho tiempo en Europa, la Iglesia Católica fue el mayor enemigo de la democracia y el liberalismo y, no obstante, los partidos democratacristianos hoy en día son uno de los pilares de la democracia europea. Al igual que las iglesias cristianas, el Islam también puede cambiar, e Indonesia y Turquía podrían ser ejemplos de tal posibilidad. Sin embargo, un contexto en el que un grupo de fundamentalistas islámicos, como la Hermandad Musulmana, es la organización más fuerte en la sociedad, con muy escasos poderes compensatorios, representa un serio desafío.

¿Cómo influirá todo esto en el proceso de paz entre israelíes y palestinos, que parece estancado? Puede resultar difícil de saber, especialmente si los fundamentalistas de Hamás, que hoy controlan Gaza, podría sentirse alentados por el creciente poder de su organización matriz en Egipto. La reciente escalada de violencia a lo largo de la frontera de Gaza con Israel sugiere que los acontecimientos se están desarrollando en una dirección peligrosa.

En cuanto a Israel, inicialmente respondió a las revueltas árabes de una manera confusa. Ahora sus dirigentes sostienen que acogerían con beneplácito los cambios democráticos en la región como un garante de la paz y los valores comunes, a pesar de que expresan su escepticismo sobre si estos avances son en realidad inminentes.

También cunde el escepticismo con respecto a las desconocidas consecuencias de la intervención militar occidental en Libia: puede haber sido solicitada por la Liga Árabe y haber sido legitimada por el Consejo de Seguridad de la ONU, pero el resultado está lejos de ser seguro. Pase lo que pase en Libia, tendrá repercusiones en toda la región.

El camino a la democracia siempre ha sido difícil: baste pensar en un siglo de levantamientos en Europa y las dificultades que EE.UU. enfrentó al tratar con la esclavitud y los derechos de su población de raza negra. Es de esperar que haya una luz al final del túnel también en el Oriente Medio árabe, pero puede que se trate de uno muy largo.

Por Shlomo Avineri, Director General del Ministerio de Asuntos Exteriores bajo el Primer Ministro Yitzhak Rabin y profesor de Ciencias Políticas en la Universidad Hebrea de Jerusalén. Traducido del inglés por David Meléndez Tormen.

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