El camino a Trípoli

En los días que transcurrieron desde la revolución del 17 de febrero contra el líder libio Muammar el-Qaddafi, las fuerzas de la oposición en Benghazi formaron un Consejo Nacional Transicional y un Equipo de Crisis (TNC y CT, por sus siglas en inglés) para desempeñarse como gobierno interino. Los dos grupos se formaron a partir de un corte transversal de la sociedad. Algunos miembros tuvieron cargos altos en el gobierno de Qaddafi; otros fueron activistas sociales. Ambos grupos hoy son bastante populares entre la población en las partes de Libia controladas por los rebeldes.

Pero si las tropas rebeldes no logran avanzar hacia la capital, Trípoli, y en cambio se quedan atascadas con las fuerzas de Qaddafi entre las ciudades de Ajdabiyya y Brega, la oposición se enfrentará a un serio dilema. Un impasse militar podría erosionar su respaldo y hasta perderían credibilidad.

Al formar los consejos, la oposición buscaba lograr un equilibrio entre la experiencia de gobierno, la pericia técnica y el respaldo tribal. En consecuencia, si bien algunos miembros, como el ex ministro de Justicia y presidente del TNC, Mustafa Abdel-Jalil, integraban el gobierno de Qaddafi, otros, como el jefe económico y financiero del CT, Ali Tarhouni, vivieron fuera de Libia durante casi 30 años. Y los poderosos clanes de Tobruk lograron colocar a sus miembros en puestos militares clave.

Es más, los consejos son en gran medida un asunto regional -los miembros provienen principalmente de la región este de Libia-. Aquellos con raíces en las regiones occidentales son esencialmente disidentes que vivieron en el exterior durante décadas. Los funcionarios del TNC admiten que algunos miembros del consejo viven en la zona occidental de Libia, pero se negaron a identificarlos por razones de seguridad.

Los dos organismos distan de ser uniformes y monolíticos. Ya surgieron conflictos entre los miembros del TNC así como entre los integrantes de la cúpula militar. Impulsado por su alto perfil como ministro de Justicia, Jalil surgió como un líder interino. Pero una vez que el TNC lleve adelante la transición para convertirse en un cuerpo electo, el más carismático director del CT, Mahmoud Jibril, y el astuto portavoz del consejo, Abdul Hafiz Ghoga, pueden surgir como los verdaderos líderes de los rebeldes.

Del lado militar, las crecientes tensiones entre dos oficiales están frustrando la estrategia de combate. El coronel Khalifa Hifter, un cercano seguidor de Qaddafi antes de desertar tras ser capturado por las fuerzas chadianas en 1987 durante la guerra de Libia con su vecino del sur, se negó a caer en la línea por debajo del jefe de estado mayor, el ex ministro del Interior Abdul Fatah Younis. Estas rencillas políticas y militares probablemente continúen conforme los oficiales intentan consolidar sus posiciones.

Los dos grupos están muy presionados para formular una plataforma política y social clara. Los miembros del TNC y del CT están básicamente unidos por su deseo de poner fin al régimen de 41 años de Qaddafi y redistribuir la riqueza del país para que llegue a la región este del país, durante mucho tiempo abandonada. En consecuencia, no han articulado una visión coherente de una Libia post-Qaddafi. Y, aunque los dos consejos están conformados por personas con las credenciales técnicas necesarias para manejar la economía, son pocos los miembros que tienen alguna habilidad o experiencia política en materia de supervisión de organismos burocráticos.

Hasta ahora, estas deficiencias no han impedido que el TNC alcanzara un respaldo generalizado en el este controlado por los rebeldes. Los habitantes de Benghazi elogian a Abdul Jalil y a sus colegas. Los consejos municipales en Bayda, Darna y Tobruk han prometido su apoyo al TNC, y los combatientes que pelearon contra las fuerzas estadounidenses en Irak se alinearon detrás de los líderes militares del organismo.

La gente aquí está feliz de liberarse de las políticas erráticas y los servicios de seguridad omnipresentes de Qaddafi. “Cualquiera menos Qaddafi”, me dijo un hombre en Tobruk. Esto en parte explica por qué los libios están dispuestos a aceptar a los disidentes que vivieron en el exterior durante décadas, sobre los cuales es muy poco lo que saben. Esta bienvenida cálida contrasta con la desconfianza iraquí de los exiliados políticos que regresaron inmediatamente después del derrocamiento por parte de Estados Unidos del régimen de Saddam Hussein en 2003.

Sin embargo, el respaldo al TNC existe esencialmente a nivel de piel –no está ni arraigado en el conocimiento de cómo funciona el opaco consejo, ni basado en un entendimiento de sus objetivos-. Así las cosas, una vez que se disipe la euforia inicial, los libios probablemente se vuelvan en contra del TNC si éste no puede ofrecer triunfos en el campo de batalla. Dado que los rebeldes carecen de un entrenamiento y una disciplina militar profesional, estos logros parecen cada vez más improbables.

Para asegurar que los rebeldes tengan la posibilidad de combatir contra las tropas mejor equipadas de Qaddafi, los países occidentales tendrán que avanzar más allá de los ataques aéreos y de ofrecer un reconocimiento diplomático al TNC. Tendrán que proporcionar cohetes de mediano alcance y vehículos blindados ligeros a las fuerzas que se enfrentan al régimen, además de entrenarlas para usar sus armas de manera apropiada. Una misión de esta naturaleza requerirá enviar cientos de especialistas militares a Libia y no sólo los pocos que prometieron Gran Bretaña, Francia e Italia.

Sin un ingreso importante de instructores y de armas, los rebeldes no podrán avanzar hacia la capital, Trípoli, en los próximos meses. Un punto muerto de esta índole quizás haga que los libios se sientan frustrados con el consejo. Y los eslóganes vagos que sus líderes hoy ofrecen probablemente sean considerados promesas vacías. Como la legitimidad del consejo emana exclusivamente de la buena voluntad y de la fe ciega de los libios, y no del éxito en las urnas, esto podría ser devastador.

En pocas semanas, la oposición libia ha podido ganar el respaldo de la población en el este sin lograr mucho más que formar un organismo político provisional. Para mantener este respaldo, sin embargo, los líderes de la oposición deben asegurar que pueden responder a las demandas de sus electores. Y, sobre todo, esto implica apilar victorias militares en el camino a Trípoli.

Por Barak Barfi, miembro investigador de la New America Foundation.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *