El camino económico por delante de Alemania

El próximo gobierno alemán enfrentará desafíos en materia de política económica en cinco áreas clave: digitalización y automatización, cambio demográfico, globalización, cambio climático e integración europea.

Con respecto a la digitalización, Alemania tiende a fluctuar entre el entusiasmo excesivo por expandir las redes de fibra óptica y el miedo al impacto de los nuevos modelos de negocios ampliamente desregulados, como los que sustentan fenómenos de la “economía colaborativa” como Uber y Airbnb.

Pero los responsables de las políticas económicas en Alemania no deben responder a esos sentimientos con reacciones impulsivas. Desplegar una red de fibra óptica a nivel nacional, en lugar de simplemente brindar servicio a los residentes locales más necesitados, sería costoso e ineficiente. Y los políticos deberían concentrar sus esfuerzos regulatorios en garantizar que no se interpongan obstáculos a los modelos de negocios digitales sensatos y a la inversión privada.

Con la digitalización también viene la automatización y la robotización que, muchos temen, conducirá a pérdidas de empleos. En consecuencia, hoy uno suele toparse con propuestas para un ingreso básico universal (IBU) incondicional que deberá ser pagado, quizá, con un impuesto a los robots.

Sin embargo, una respuesta de esa naturaleza sería un error terrible -una capitulación a los desafíos que enfrentamos-. En lugar de que una enorme porción de la población dependa de transferencias ganadas por otros, los líderes de Alemania deberían asegurar que todos los trabajadores reciban la capacitación necesaria para buscar oportunidades en el mercado laboral del futuro.

En ese proceso, la población que envejece y la fuerza laboral menguante de Alemania crearán una escasez de mano de obra en los próximos años. Ahora bien, en lugar de aprovechar la oportunidad que tienen frente a sus ojos, los responsables de las políticas en Alemania han estado preocupados por la eliminación de la mano de obra calificada en general. Estos temores no tienen sentido. En 1900, el 38% de la fuerza laboral en Alemania trabajaba en la agricultura; en 2000, sólo lo hacía el 2%. Y, aun así, la automatización a gran escala de la agricultura no se tradujo en un desempleo masivo.

La transformación demográfica de Alemania tendrá implicancias significativas para las finanzas públicas del país, y especialmente para su sistema de seguro social. Pero, en la reciente campaña para las elecciones federales, los dos principales partidos políticos de Alemania descartaron propuestas para elevar la edad de jubilación a los 70 años, aunque existen buenas razones para hacer precisamente eso.

Elevar la edad jubilatoria para apuntalar un esquema de pensiones establecido suele denunciarse como algo injusto, porque no se puede esperar que la gente con empleos que demandan una exigencia física, como las enfermeras y los trabajadores manuales, trabaje hasta los 70 años. Pero ése es un problema que debería resolverse con salarios más altos y seguro por discapacidad, no a través del seguro de pensiones. Y, además, un retiro temprano puede seguir siendo una opción, siempre que se lo rebaje como corresponde.

La globalización -ya sea que cobre la forma de migración o flujos de comercio, capital y datos- plantea un desafío igualmente grande, aunque ha sido una bendición para Alemania en las últimas décadas. En términos generales, la globalización implica un margen más estrecho para las políticas nacionales. Y esto es particularmente válido en el caso de Alemania, porque ha suscripto a acuerdos internacionales negociados por la Unión Europea en su totalidad.

La creciente movilidad entre fronteras ha puesto a Alemania bajo una enorme presión competitiva. Alemania quiere atraer empresas e inversión, pero también quiere crear la mayor cantidad posible de empleos de alta remuneración. Alemania, por ende, saca provecho de los inmigrantes con calificaciones por encima del promedio, porque ganarán lo suficiente para pagar más impuestos de lo que reciben en beneficios estatales. Para atraer capital e inmigrantes altamente calificados, Alemania necesita mantener bajos los impuestos. Pero esto limita su capacidad para usar la tributación como un mecanismo para la redistribución.

Por ahora, Alemania puede seguir financiando su estado de bienestar. Pero con una economía globalizada de estas características, no puede contar con subsidios financiados por los ingresos tributarios generales para compensar futuros déficits de su sistema de seguridad social. Más específicamente, Alemania no puede mantener bajos los impuestos indefinidamente y, al mismo tiempo, ofrecer generosas transferencias sociales a los trabajadores menos calificados. Llegado el caso, su sistema de bienestar colapsará. Y el gobierno debería trabajar con otros países y al interior de la UE para garantizar que la inmigración no esté motivada por un deseo de beneficios sociales.

Para seguir siendo competitiva, Alemania necesita cambiar la manera en que grava la inversión y la innovación. El gobierno del presidente francés, Emmanuel Macron, ha anunciado planes para abolir el impuesto a la riqueza de Francia y reducir significativamente la tasa de su impuesto corporativo. Los gobiernos de Suecia, el Reino Unido y Estados Unidos también han anunciado planes para recortar impuestos.

El gobierno alemán, le guste o no, no puede escapar de los efectos de la competencia impositiva global. Pero, en tanto busca maneras de mejorar su régimen impositivo, no debe permitir que ciertos sectores -sobre todo aquellos con modelos comerciales altamente digitalizados- evadan la tributación por completo.

El cambio climático es otra faceta de la globalización, pero aquí, también, no hay nada que Alemania pueda hacer por sí misma para frenar el calentamiento global. Más bien, el gobierno debe trabajar con sus socios europeos para forjar acuerdos climáticos globales, implementando a la vez medidas para mitigar los efectos del cambio climático en casa. Pero mientras Alemania intenta reducir sus emisiones, no debe perder de vista la relación costo-eficacia, porque ninguna agenda climática puede ser exitosa sin una aceptación social.

Desde esta perspectiva, las intervenciones selectivas, como una propuesta de prohibición de los motores de combustión interna después de 2030, serían, por ende, contraproducentes. Una estrategia mucho mejor sería incluir el tráfico vial en el sistema de medición de emisiones según el acuerdo climático de París, porque esto permitiría reducir las emisiones al menor costo posible.

El último desafío importante para el próximo gobierno de Alemania es su política hacia Europa. Alemania necesita de la UE para superar su crisis actual, profundizar el mercado interno y desarrollar una política de defensa y seguridad común, para que pueda recoger los beneficios de la integración europea. Una adquisición conjunta de armamentos y una cooperación operativa más estrecha redundarían en importantes mejoras de la eficiencia, y reducirían la carga sobre los presupuestos de los estados miembro de la UE.

Es más, la Unión Monetaria Europea necesita desesperadamente una reforma. En lugar de esperar a que estalle la próxima crisis, Alemania debería velar para que los bancos europeos registren menores tenencias de bonos gubernamentales domésticos. En aquellos casos en los que los estados miembro individuales hayan incurrido en demasiada deuda, los acreedores privados -no los contribuyentes de otros países- deberían sobrellevar la carga de una reestructuración de la deuda.

Clemens Fuest is President of the Ifo Institute and Professor of Economics at the University of Munich.

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