El camino que separa el voto rural del urbano

Que Londres votase mayoritariamente por seguir en Europa; que las grandes ciudades estadounidenses apoyaran a Hillary Clinton; que en las grandes ciudades turcas Erdogan perdiera el referéndum; que en la Cataluña francesa los extremistas de izquierda (Mélenchon) y derecha (Le Pen) hayan cosechado excelentes resultados; que el Partido Carlista de Euskalherria gobierne en algunos pueblos navarros… lleva inevitablemente a preguntarse por el peso de lo rural y lo urbano en las papeletas electorales.

En las elecciones que trajeron la Segunda República, los republicanos sólo ganaron en las grandes ciudades. España se había acostado monárquica y, al menos en el campo, también se levantó alfonsina. Unos años atrás, siendo adolescente José María Pemán viajaba en el coche de primera de un tren con destino a Granada. Junto a él, Sol y Ortega, el político republicano que iba a participar en un mitin. Justo antes de llegar al pueblo, se quitó la corbata y el sombrero, se puso una boina y anduvo hasta el coche de tercera clase…

Decía el poeta William Cowper que Dios hizo el campo y el hombre la ciudad. ¿Será mayor, pues, la influencia de la religión en los pueblos? El 52% de los católicos de Estados Unidos votó a Trump; en un pueblo de Nuevo México, la Iglesia de la Comunidad de Cristo quemó ejemplares de Harry Potter por “satánicos”; y en el siglo XIX, cuando en las escuelas texanas se propuso enseñar lenguas extranjeras, un senador arguyó: “Si el inglés le bastaba a Nuestro Señor, entonces tampoco nosotros necesitamos otras lenguas”.

La Vía Augusta, las carreteras, los automóviles, el ferrocarril… ¿han amasado en un mismo paisaje la ciudad y el campo? ¿Hay un paisaje físico y otro sentimental? Siendo Claudio Sánchez-Albornoz anciano, una de sus hijas le contó una anécdota sobre una conocida de Bilbao que le dejó estupefacto: “Fue un día de compras al mercado, tropezó con unas lechugas que le complacieron y se dispuso a comprarlas. Pero la vendedora, una campesina vasca, le dijo: ‘No, señora, no las compre, esas lechugas son extranjeras; han venido de Burgos’”.

El escritor del momento, Fernando Aramburu, dice que en los pequeños pueblos vascos los lugareños suelen defender con mayor tenacidad las esencias y las despensas, por eso hay más racismo. Otro escritor, Félix de Azúa, cuando fue profesor en el País Vasco se dio cuenta de que “los nacionalistas eran los más paletos. Era una ideología de caserío. Del mismo modo, el independentismo catalán tiene más arraigo en las zonas rurales”.

El Génesis habla de la corrupción humana como consecuencia de la construcción de las ciudades. Después fuimos evolucionando: civilización viene del latín civitas, ciudad; en la Edad Media se creía que el aire urbano hacía a los hombres libres (aunque respirarlo pudiera causar epidemias mortales). Sea lo que fuere, la naturaleza ha pagado a menudo nuestras ambiciones y vilezas: para construir los buques de la Armada Invencible fueron talados montes enteros de pinares -vengados luego por una tempestad-; la Selva Negra también sufrió talas indiscriminadas como parte del precio que Alemania tenía que pagar a Francia y Gran Bretaña (la madera de los árboles como penitencia por los crímenes nazis).

La ciudad siempre ha mirado a los pueblos con desdén. En El Manifiesto Comunista se asegura que la burguesía ha sometido el campo al dominio de la ciudad. Sin embargo, mejor que Marx y Engels, nos ilumina el conflicto Delibes en una página inolvidable de El disputado voto del señor Cayo: en una aldea de Burgos con “lechugas extranjeras”, Rafa, un joven militante socialista, intenta convencer al señor Cayo, el alcalde:

-Nosotros aspiramos a redimir al proletariado, al campesino. Mis amigos son los candidatos de una opción, la opción del pueblo, la opción de los pobres.

-Pero yo no soy pobre.

-¡Ah! Entonces usted, ¿no necesita nada?

-¡Hombre!, como necesitar, mire, que pare de llover y apriete el calor.

¿Puede ser más sabio un analfabeto de aldea que un catedrático de universidad? Sergio del Molino, en su brillante ensayo La España vacía, reflexiona: “La democracia ofreció a ese campo vacío una ocasión para vengarse en forma de ley electoral. De repente, las huertas arruinadas y los pueblos rotos tenían poder. La Constitución de 1978 y el sistema electoral otorgaron a las provincias menos pobladas la capacidad para formar mayorías parlamentarias”.

El campo ha mirado la miscelánea urbana con anhelo -las fábricas, los puestos de trabajo, los grandes espectáculos…-, pero, también, con recelo: en Viaje a la Alcarria, Cela habla con un arriero y llegan a la conclusión de que lo mejor es casarse con una chica del pueblo, pues las que se han ido a servir a Madrid “tienen unos humos que parecen condesas”. Sería esa visión heredada de Rousseau, según la cual la ciudad contamina la pureza natural del ser humano. Asomado a un balcón de una urbe cualquiera, Paul Valéry descubrió que los hombres de las ciudades se alimentan de humo.

Hay un pueblo medieval en Valladolid, Urueña, que tiene más librerías que bares y un Museo del Libro, como si sólo hubieran fructificado allí las Misiones Pedagógicas. Me pregunto si sus habitantes habrán creado algún partido político cuyo principal objetivo sea el estímulo de la lectura; Internet me da la respuesta: el alcalde es del PP. La Francia de Luis XIV fue modelo de país ilustrado, lo cual no impidió que sus soldados quemaran vivas a familias enteras de hugonotes. Dos siglos después, en el Palacio de Versalles, Bismarck proclamaría el Imperio Alemán, locomotora científica, artística e industrial que acabaría formando cráneos supuestamente privilegiados que votaron a Hitler.

Por desgracia, el progreso y la cultura no siempre garantizan electores adecuados, ya sea en la ciudad, ya sea en el campo. Decía Churchill que la democracia es magnífica, lo malo es conocer a un elector. Las únicas luces que pueden mostrarnos el camino o la avenida son la educación, el conocimiento, el esfuerzo… nunca los fanatismos religiosos ni patrioteros. Desconcierta saber que aún existen pueblos en el Amazonas que disparan flechas a las avionetas; que los judíos ultraortodoxos de Jerusalén apedrean automóviles los sábados.

Quizá los males del mundo provengan de la escasez de auténticos sabios como el señor Cayo; sabios como el abuelo de Saramago, que cuando iba a morir se despidió -llorando- de todos los árboles de su huerto; como el jornalero andaluz que, en la Segunda República, despreció el dinero de un capataz que compraba votos (“en mi hambre mando yo”); sabios como el hijo de Emiliano Zapata, Mateo, que murió hace diez años, casi nonagenario, sin más riqueza que una pequeña casa, una camioneta, un tractor y una hectárea de tierra. ¿Cuántos auténticos sabios habremos perdido con la desaparición de tantas aldeas?

Diez años hace, también, que la mayoría de los seres que habita la Tierra vive en grandes ciudades. ¿Cuántos proyectos de sabios se habrán abortado en la vorágine de las capitales? ¿Cuántos en las redes sociales?

Hoy en día se confunde al sabio con el charlatán, con quien habla bien, pero no dice nada profundo, interesante. Damos demasiada importancia a los políticos. Al fin y al cabo, ya en el siglo XIX, el periodista francés Octave Mirbeau se sorprendía de que alguien pudiera ir a votar sin que le hubiesen pagado o emborrachado.

José Blasco del Álamo es periodista y escritor.

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