El campo de Zaatari, una obra humanitaria admirable

Hace unos días tuve la oportunidad de visitar Zaatari, un campo de refugiados levantado a 90 kilómetros de Amán en el que viven 79.000 personas procedentes de Siria. Jordania ha sido generosa con aquellas personas y familias que han alcanzado el país tras huir de la guerra. La mayoría de los países de la UE también están dando muestras de generosidad, entre ellos España. Pero la generosidad no basta. La imprescindible acogida de quienes huyen no puede ser solución para los millones de personas desplazadas. La raíz del problema está allí, en Siria, y no queda más remedio que influir y presionar para alcanzar unos acuerdos mínimos con el país origen de esta crisis migratoria.

La política exterior de la UE debe ser un instrumento de mediación y de presión, si fuera necesario, ante quienes tienen capacidad para lograr un acuerdo. Sólo la paz detendrá la sangría humana a la que asistimos, no impasibles, pero conscientes de que nuestro humanitarismo, en este caso, no es el final.

Acompañada por el embajador de España en Jordania, Santiago Cabanas Ansorena, he recorrido Zaatari, esa ciudad levantada en medio del desierto a base de caravanas y tiendas de campaña. He conocido a decenas de mujeres y niños que han huido de la guerra y del caos, y a quienes los acogen y atienden.

Pero no todos han logrado llegar. En la huida han quedado atrás hijos jóvenes y maridos, y las mujeres con tres, cinco o más hijos se han refugiado en este campo. Sólo un 10 por ciento de los llegados a Jordania están en estos momentos en campos de refugiados.

A su llegada los recibe Abdelrahman, un coronel jordano que es el jefe del campo, y Hovig, del Comisionado para Refugiados de Naciones Unidas, quien lo dirige. Stephen, de Unicef, que es coordinador del campo, se afana por organizar la escolarización de la población infantil en once escuelas, y Médicos del Mundo –entre ellos varios españoles– atienden el hospital donde jóvenes y menos jóvenes tratan de recuperarse de las graves lesiones y huellas del horror que han padecido.

Giuseppe, del programa de Naciones Unidas para Mujeres, y Amber, del programa de Naciones Unidas para Alimentos, se ocupan de los talleres para mujeres y de los supermercados, y María, española de la Fundación Promoción Social de la Cultura, se desvive por entretener a los niños y se ocupa de la rehabilitación de menores con discapacidad. Pero no hay sillas ni aparatos ortopédicos para estos niños, que pasan el día en brazos de sus padres. España también está presente en Zaatari, a través de la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (Aecid).

La vida en el campo es muy dura, pese a contar con las cosas más básicas. Es una ciudad construida para unos momentos de emergencia porque allí se está más protegido que en la calle, pero no es ciudad para una vida. Ahora, la llegada del invierno preocupa a todos: pueden faltar alimentos, medicinas y ropa. El Gobierno jordano proporciona la seguridad, el agua, la electricidad, las escuelas y el hospital, pero no puede devolver a los sirios ni su ciudad, ni su trabajo ni su familia.

Zaatari es una obra humanitaria admirable, pero produce desolación pensar en el futuro próximo de sus habitantes. ¿Qué va a ser de todas aquellas familias en un país que ya ha recibido a más de 1.400.000 refugiados desde 2011, muchos de los cuales han vendido sus propiedades y sus tierras para el viaje? ¿Podrán regresar alguna vez a su país de origen?

Los jordanos ni protestan ni se manifiestan por la llegada de miles de refugiados, pero piden ayuda a la comunidad internacional no sólo para mantener los campos de refugiados, sino también para las crecientes necesidades de una población local que tiene que compartir escuelas, maestros, hospitales, suministros de agua, electricidad y un sinfín de equipamientos, además de puestos de trabajo, con los recién llegados.

El Defensor del Pueblo de Jordania se pregunta qué va a suceder a partir de 2016, cuando el país no pueda cubrir el incremento de los costes que el aumento de población supone.

Todos, en el campo de refugiados de Zaatari, suplican que pare la guerra porque el final de esta tragedia tiene que ser poder regresar a sus casas y a sus tierras.

Soledad Becerril, Defensora del Pueblo.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *