El canto de los cisnes

Cuenta la mitología que el cisne es un ave consagrada al dios de la música Apolo, porque se creía que antes de morir cantaba melodiosamente anunciado su muerte. Aunque los tiempos han cambiado, en Europa todavía se pueden oír no uno, sino varios cisnes augurando sombríos acontecimientos. Los economistas han adoptado la historia y se refieren a los cisnes negros como los que preludian acontecimientos imprevisibles y a cisnes blancos cuando anticipan acontecimientos probables; en cualquier caso, consideran que ambos anuncian graves daños en la economía.

Nouriel Roubini, el primero en anunciar la crisis de Lehman Brothers, se ha pasado la vida profetizando desgracias y, lo peor, es que ha acertado muchas veces. Hace siete meses alertó de la llegada de una bandada de cisnes blancos (tensiones China-Estados Unidos, salida del Reino Unido de la Unión Europea y conflictos en el Oriente Medio, especialmente, en Irán) que podrían provocar cortes en las cadenas de producción, el encarecimiento del precio de las materias primas y agentes auxiliares importados y, a la postre, una crisis de oferta en toda regla (The anatomy of the economy recession, agosto 2019). Hará menos de un mes, Roubini alertó también de la llegada de otros cisnes blancos en forma de daños medioambientales, conflictos entre Estados Unidos y Corea del Norte y la venta por los chinos de sus activos americanos que podrían agravar la crisis de oferta provocada por sus congéneres.

El canto de los cisnesPero, desde hace una semana, ya nadie habla de los cisnes blancos, porque ha aparecido un cisne negro –el coronavirus– que se lleva todos los titulares, aunque los blancos siguen ahí y pueden enturbiar aun más el horizonte. «Es indudable que el coronavirus va a tener un impacto considerable en la economía y la sociedad» (Xi Jinping, 23 de febrero de 2020). «La propagación del coronavirus supone un riesgo serio para la macroeconomía al provocar parones en la producción, frenos al movimiento de la gente y cortes en las cadenas de producción» (ministro de Finanzas japonés, 24 de febrero de 2020). «Honda Motor Company reducirá su producción en sus dos plantas de la prefectura de Saitama por una o dos semanas, debido a la preocupación por el corte de suministros de China en donde la epidemia continúa interrumpiendo las actividades económicas» (Portavoz de Honda, 03 de marzo de 2020). La guerra del petróleo ha contribuido a complicar la escena: la OPEP quiso reducir la producción para contener los precios, Rusia se opuso y Arabia Saudí reaccionó abriendo el grifo. El resultado pude ser catastrófico para los países exportadores y pienso, sobre todo, en Venezuela.

Con independencia de su impacto sobre la vida de las personas, el coronavirus (Covid-19) se traducirá en una desaceleración económica no sólo en China sino también en la economía mundial. China es a día de hoy el centro de muchas operaciones económicas y cuando China se para se rompen muchas cadenas de producción y el fantasma de la recesión planea sobre todo el mundo. En un artículo de Bloomberg (6/03/2020) se contemplan distintos escenarios que varían en función de lo que allí ocurra. Si China logra contener pronto la epidemia y los brotes en Corea, Italia, Japón y España no van a más, la economía mundial crecerá como mucho en un 2,3% (un 3,1% antes del virus). Si la epidemia se extiende a los países en los que ya ha habido brotes (EEUU, India, Reino Unido, Canadá y Brasil) el crecimiento de la economía mundial no pasará del 1,2%; Japón y la zona euro entrará en recesión. En el peor de los escenarios –una pandemia que se extiende a todo el mundo– la economía mundial no crecerá nada y EEUU entrará en recesión, lo que augura unas elecciones presidenciales más reñidas de lo previsto hasta ahora. Otro cisne blanco que se suma a la bandada.

Pero, apuestas aparte, lo que importa es diagnosticar la naturaleza de la crisis a la que nos vamos a enfrentar porque la terapia a aplicar no será la misma si se trata de una crisis de demanda como la de Lehman Brothers que si se trata de una crisis de oferta. No cabe la menor duda que la epidemia desembocará (ya lo está haciendo) en cuarentenas, cierre de fábricas, disrupción de las cadenas de producción, menor movilidad y, a la postre, en una crisis de oferta. Los efectos sobre la demanda son más difíciles de valorar aunque lo que sí sabemos es que los precios de las materias primas –el mejor indicador disponible– no han subido, lo que indica que la inflación no va a ser el problema en un próximo futuro. Un alivio para mis colegas alemanes que sueñan con Weimar y que ponen pies en pared cada vez que pedimos políticas monetarias o presupuestarias más alegres.

Así las cosas, ¿qué puede hacer la Unión Europea? En primer lugar, debería actuar con contundencia cuanto antes para no repetir el error que cometimos en la crisis de Lehman Brothers. La respuesta de la Comisión ha sido, de momento, limitarse a prometer la movilización de 7.500 millones de euros para las pymes y el sector sanitario aunque parece que quieren llegar a los 25.000 millones en el próximo futuro. El chocolate del loro si lo comparamos con los 35.000 millones de euros que va a destinar Reino Unido para mitigar el impacto del coronavirus o los 25.000 millones de Italia.

¿Qué hacer a partir de ahora? Los que recuerdan que fue Draghi, el presidente del Banco Central, el que rescató el euro se encomiendan a Fráncfort. Subrayan que tanto la Reserva Federal como el Banco de Inglaterra han bajado ya los tipos de interés y piden que nosotros hagamos lo mismo. Los alemanes no están de acuerdo y yo, por una vez, coincido con ellos, porque nuestros tipos de interés ya están muy bajos y seguir bajándolos podría hundir a unas entidades financieras que ya han sufrido lo suyo.

Pero una cosa es que no haya que tocar los tipos de interés y otra que el BCE pueda permitirse el lujo de no hacer nada; debería hacer tres cosas: evitar tensiones en los mercados de tipos de cambio; abrir la mano en la concesión de los préstamos a largo plazo (TLTRO) para aliviar la situación de los sectores (automoción, servicios, turismo, hoteles, etc.) y las empresas (especialmente las pequeñas) más afectados por la crisis; y, finalmente, seguir con medidas no convencionales para garantizar la liquidez. Es obvio que tanto el Banco Europeo de Inversiones como el Fondo Europeo para Inversiones Estratégicas (EFSI) tendrán también que echar su cuarto a espadas para sortear la recesión.

Como he apuntado antes, en una crisis como la que estamos viviendo, la política monetaria no es la medicina más adecuada y debe complementarse con una política presupuestaria más alegre por mucho que eso disguste a mis colegas alemanes. Y eso supone flexibilizar el Pacto de Estabilidad y Crecimiento (Reglamento 1175/2011) para permitir a los países miembros más gasto en sanidad y más apoyo a los sectores más afectados por la crisis, sin que la Comisión les saque tarjeta amarilla. También hay que dulcificar las normas sobre competencia que hacen que muchas veces las ayudas (subvenciones, desgravaciones fiscales o aplazamiento de impuestos) no lleguen a tiempo.Y es que no está la Magdalena para tafetanes.

Como me temo que lo antedicho no será suficiente para atajar la crisis que se nos viene encima, la Comisión Europea hará bien en empezar a pensar cómo movilizar fondos –incluso como allegar nuevos recursos– para ayudar a sobrevivir a las empresas que se vean cortas de liquidez antes de que entren en quiebra. O actuamos pronto o no servirá de nada. Muerto el enfermo, suspender la medicación.

José Manuel García-Margallo y Marfil es eurodiputado del PP y ex ministro de Asuntos Exteriores. Su último libro es Memorias heterodoxas de un político de extremo centro (Península).

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