El caos no viene de Grecia

Como casi siempre, hay remedio realista y factible para las situaciones de máximo peligro. La tirantez entre germanófilos y sudistas ha dividido a Europa y a cada país europeo. La diferencia no es tan grave como parece, ya que ni los germanófilos se niegan a auxiliar a los socios sobreendeudados ni los que reclaman ayuda se niegan a la disciplina en las cuentas públicas. Los principios están claros. La forma de aplicarlos, también. Los mismos mercados están tan predispuestos a tranquilizarse que han acogido con un gran suspiro de alivio una noticia, la videoconferencia entre Merkel, Sarkozy y Papandreu, que es tan solo una ratificación. No hace falta ser profeta, y menos economista, para prever que volverán a la carga, siempre en busca de un interés más alto y una garantía más sólida. Pero también tienen necesidad, como los vampiros, de no dejar a la víctima exangüe.

El catastrofismo tiene más predicamento cuando hay dificultades. Nadie niega que la situación sea muy delicada, ni que los riesgos de quiebra griega y contagio al sistema financiero europeo sean reales. Ahora bien, para comprender, y aprobar, la imperturbabilidad y la sensatez del dúo Merkel-Sarkozy tan solo hay que considerar que el pánico de los capitanes sería la mejor receta para hundir un barco sometido al azote del temporal. Si estos dirigentes fueron criticados, con razón, por las dudas y las dilaciones, ahora que se han mostrado resolutivos y coherentes con las anteriores decisiones merecen la aprobación. Las catástrofes pueden llegar siempre y en cualquier momento, pero, al menos por estadística, suelen abatirse de improviso, sin tantos anuncios como debemos sufrir. Además, causan siempre muchos más estragos cuando se abaten sobre los desprevenidos, y no se puede decir que Europa, los organismos financieros internacionales y las otras potencias económicas estén precisamente en la inopia.

Alerta, pues, los y las Casandras, porque una de las falsedades más monumentales que se repiten en nuestros días se ha visto muy a menudo desmentida por los hechos: no todo lo que es susceptible de empeorar empeora. Por el contrario, a pesar de las dificultades, el sufrimiento y los retrocesos, la historia de la humanidad, y más la de Europa, aporta constantes de mejora que el propio presente no se atreve a desmentir.

En síntesis, y explicado por un lego, el mensaje es que la deuda griega se reestructurará con garantía europea, y que los acreedores perderán más del 20% de lo que han dejado a Grecia, sin que el país se vea condenado a la quiebra, o a una larga y forzosa recesión. Los mercados, resignados, porque se aleja la perspectiva del caos, que significa perderlo todo, y se consolida la expectativa de cobrar la mayor parte de lo que han prestado. Si tenemos en cuenta que los bancos franceses y alemanes más entrampados dejaron a los griegos dinero público europeo con un diferencial de dos o tres puntos, y que las primas de riesgo han subido por las nubes, la quita es justa y razonable.

Irlanda, Portugal, España o Italia han cometido errores, pero también aciertos. En cambio, cuesta ver los aciertos de Grecia. El error fue admitirla en la Unión y en el euro. Pero una vez cometido, había que vencer la tentación de aplicar, en vez de un mito griego, un pasaje de la Biblia. En concreto, el temporal que llevó a los pasajeros a echar a Jonás por la borda y así salvarse el resto. Es lo que la tramposa Grecia y los dichosos mercados se merecían, pero Europa demuestra que es seria e idea fórmulas para resolver los problemas, nunca a tiempo pero sí con eficacia y realismo (lo escribo con los dedos cruzados). La dilación nos ha salido muy cara a todos y ha contribuido al caos, pero el origen del caos no es Grecia, ni España, ni el error del primer rescate. El caos -según la mitología griega, el abismo desordenado y tenebroso anterior al mundo y, según nosotros, también el posterior- viene de la avidez del mundo financiero y viene de las ideologías del descontrol de los mercados. El caos se conjura con política y políticos.

Zeus decidió dar vida a Pandora, la criatura más bella y fascinante, para castigar a los humanos. Ya que Prometeo había robado el fuego de los dioses y los humanos se aprovechaban contra sus órdenes, Zeus urdió una estratagema para vengarse. Una vez modelada con arcilla la figura femenina más armoniosa, amasada según el modelo de Venus, convocó a todos los dioses para que la ornasen, cada uno con una virtud o gracia, y a los cuatro vientos para que le insuflaran vida armoniosa. Todo parecía perfecto, pero el padre de los dioses le regaló una caja cerrada (en realidad, una jarra), la orden de no abrirla nunca, un carácter inconstante y una curiosidad desmedida. Pandora fue feliz hasta que la curiosidad pudo más que la cordura y abrió la caja para saber qué había, con el resultado que tan desgraciado ha hecho al género humano: enfermedades, hambre, miseria… Seguro que también los mercados. Y es dudoso que la cerrara antes de liberar el último y el más atractivo de los males, la esperanza.

Por Xavier Bru de Sala, escritor.

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