El caótico nacimiento de Sudán del Sur

El Acuerdo General de Paz (CPA) que se alcanzó en 2005 entre el sur de Sudán, en su mayoría cristiano, y el norte musulmán del país, puso fin a una de las más sangrientas guerras civiles de los tiempos modernos. Con una duración de de 22 años, dejó más de dos millones de muertos. Ahora, la CPA se enfrenta a su prueba más importante: el referéndum sobre la independencia del Sur, previsto para el 9 de enero.

El que nazca o no un nuevo estado en una de las zonas más estratégicamente sensibles del mundo es de sumo interés para los vecinos de Sudán y otros países. Hay en juego asuntos vitales: la lucha por el petróleo, la fuerte presencia de China en Sudán, el deseo de Occidente de que un estado mayoritariamente cristiano quiebre en la región la contigüidad de los regímenes musulmanes – y la consiguiente amenaza del radicalismo islámico-, la distribución regional de las aguas del Nilo y la posibilidad de que la independencia para el Sur pueda conducir a la desmembración total de Sudán a lo largo de líneas étnicas y religiosas.

El hecho de que Omar al-Bashir, presidente de Sudán, no esté especialmente dispuesto a aceptar el plan de las Naciones Unidas para reforzar su fuerza de paz en el país antes del referéndum genera preocupación acerca de sus intenciones. Sin duda estaría feliz de retrasar la votación y, si se lleva a cabo, impugnar su legitimidad.

No le resultaría muy difícil. Los preparativos para el referéndum están atrasados y son inadecuados. Las provocaciones y el incumplimiento de los acuerdos amenazan con convertir las dificultades técnicas y políticas del referéndum en un nuevo desastre para el país. Los 2,5 millones de sudaneses del sur que se sabe que viven en el Norte se encuentran bajo instrucciones expresas del Ejército Popular de Liberación de Sudán del Sur de boicotear el referéndum, ya que tiene motivos para creer que Bashir usaría su registro de amañar los resultados a favor de la unidad.

De hecho, si no es disuadido de manera convincente por la comunidad internacional, es extremadamente difícil creer que Bashir permitiría la secesión del Sur sin dar la lucha. Un punto de disputa crucial que podría desatar una nueva guerra es el futuro de la industria petrolera del país y la demarcación de la frontera Norte-Sur. Hasta ahora, los buenos oficios del gobierno de Noruega no han podido generar un acuerdo sobre la cuestión clave de la distribución posterior a la independencia de los ingresos petroleros entre el Norte y el Sur.

Dado que la mayor parte de la riqueza petrolera de Sudán está concentrada en el Sur, el control de la industria del petróleo y sus ingresos después de la secesión es un problema existencial para el régimen de Bashir y su capacidad para controlar su vasto y étnicamente diverso país. Es en las zonas fronterizas ricas en petróleo donde podría estallar una nueva guerra.

Como uno de los países más pobres y necesitados en el mundo, para el que el petróleo sería la única fuente de ingresos en los años venideros, no es realista esperar que un Sudán del Sur independiente rescate al endeudado Norte. Su propio reto es reformar toda la industria petrolera, que durante años ha sido brutal e irresponsablemente explotada por empresas chinas y malaya con consecuencias devastadoras para el medio ambiente.

El régimen de Bashir se ha visto descalificado a los ojos de sus vecinos de África y el mundo árabe a un grado tal que hace que la secesión del Sur sea una opción más aceptable que nunca para los principales actores regionales. De hecho, el mundo árabe en su conjunto parece haber renunciado a seguir intentando que Bashir entienda de razones. Algunos líderes árabes todavía juegan con la idea de que derrocarlo pueda salvar un Sudán unido, pero probablemente sea demasiado tarde para eso.

Después de no haber podido moderar a Bashir para que acepte un Sudán secular descentralizado o confederado, Egipto, actor árabe clave preocupado por la estabilidad de su frontera sur, ha llegado a aceptar la inevitabilidad de la secesión, siempre y cuando el nuevo estado se alinee con él en el tema de las aguas del Nilo.

Los temores de Egipto son principalmente la desintegración de Sudán en un caótico tapiz de miniestados controlados por señores de la guerra y sumidos en la anarquía y sangrientas disputas tribales. En ese caso, lo que quede de “Sudán” – Jartum, Gezira y los dos estados del norte – podrían degenerar aún más, probablemente convirtiéndose en una base para el terrorismo islámico global.

El África negra, en particular la Comunidad del África Oriental, no puede pensar en otra solución que la secesión. Para los miembros de la CAO, se trata de una cuestión de descolonización, ya que el pueblo del sur de Sudán ha sido esclavizado, deshumanizado y humillado durante siglos por los árabes.

Por lo tanto, como plantean los keniatas, la frontera entre el norte y el sur de Sudán se debería convertir en el límite entre el África negra y el mundo árabe. Preocupados por las tácticas dilatorias de Bashir, Kenia y Uganda han aconsejado a sus amigos del sur de Sudán no hacer de la demarcación de la frontera una condición previa para el referéndum, ya que hacerlo sólo sería funcional a las intenciones de Bashir.

La Secretaria de Estado de EE.UU. Hillary Clinton definía con acierto el próximo referéndum como una “bomba de tiempo”. Sin embargo, también dejó en claro que el resultado, la independencia para el Sur, es “inevitable”.

No obstante, para evitar un cataclismo, EE.UU. y sus aliados deben desactivar la bomba mediante la aplicación de las disposiciones del Acuerdo General de Paz de 2005, que respaldan en su totalidad. Además, tendrían de su lado prácticamente a todos los actores regionales.

Shlomo Ben Ami, ex Ministro israelí de Asuntos Exteriores y en la actualidad Vicepresidente del Centro Internacional Toledo por la Paz. Es autor de Scars of War, Wounds of Peace: The Israeli-Arab Tragedy (Cicatrices de guerra, heridas de paz: la tragedia árabe-israelí). Traducido del inglés por David Meléndez Tormen

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